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Sólo dos horas… y un poco más

Por: Juan Rojas

Viernes 13. Faltan 10 minutos para las 11 de la mañana. Los rayos del sol iluminan y abruman a la ciudad de Querétaro.

Se percibe un día diferente en las calles. Hay un color que predomina en la vestimenta de la gente: hombres, mujeres, niños, portan una playera verde y caminan por las principales avenidas del Centro Histórico. La Selección Mexicana de Futbol se presentará en la Copa del Mundo Brasil 2014.

El tránsito vehicular desquicia los alrededores de Plaza de Armas, hay un cerco policial que anuncia con alevosía un acontecimiento muy similar a un concierto.

Una fila para representantes de la clase política: sentado a la derecha del gobernador José Calzada Rovirosa se encuentra Braulio Guerra Urbiola, presidente de la LVII Legislatura. Al lado izquierdo del gobernador, su esposa Sandra y el secretario de Gobierno, Jorge López Portillo Tostado.

Como si la patria estuviera de por medio, la gente presente en el lugar entona el Himno con entusiasmo: unos cierran los ojos, otros aprietan el puño, inclusive la señal satelital muestra a mexicanos desde Brasil llorando en el estadio Arena das Dunas, en Natal, Brasil.

Minuto uno, hay tensión y no se escucha mayor ruido que el de los autos, hasta que en el sonido de la pantalla gigante se escucha un canto que como ceremonia de identidad mexicana emula las grandes hazañas de México en el ramo futbolístico, El “Cielito Lindo” es recitado por las familias que acudieron a la plaza.

Se escucha el grito de “¡Gol!”. Vuelan las serpentinas, brincan los niños, cantan las mujeres y se alza la fiesta. Anulado.

Es momento de seguir caminando por las calles del Centro. Hay una cantina llena de aficionados, apenas son las 11:20 de la mañana y el alcohol afloja la lengua de la gente apasionada que furibunda clama un gol de su Selección.

Ríos de cerveza corren por el bar, ahí donde todos los presentes son directores técnicos de la Selección: “Guardado debería de profundizar más por la banda izquierda”, “Héctor Herrera, muy bien en el partido” “Dos Santos debe soltar antes la pelota”… son sólo algunas frases que suenan en las mesas del establecimiento.  “¡Gooooool!”… anulado.

Como si se tratara de un despojo nacional, la gente reclama eufórica el arbitraje que se observa en el encuentro, -mientras tanto… en San Lázaro- incrédulos emiten insultos a los árbitros y a todo aquel camerunés que atente contra los intereses de su Selección.

Final del primer tiempo, ocasión perfecta para ir al baño. Suena el debate sobre los cambios que debe hacer Miguel Herrera para la segunda parte, hay un nombre en particular que se menciona en prácticamente las 22 mesas del local: “Chicharito”.

Se reanuda el partido, y con él inicia una tensión que llega a ser contagiosa, la Selección Mexicana debe anotar para alivio de todos los presentes.

No hubo alguien que se mantuviera en la silla, una botella de vidrio cayó al piso anunciando la anotación mexicana que asemejaba un júbilo de victoria de una pequeña masa concentrada en el bar con la ansiedad de ganar en algo. Los últimos minutos son de agonía, pero se respira una ilusión de triunfo, de sed consagratoria.

Fin del partido.

En 1986, después de vencer a Alemania en la final del Mundial en México, Diego Armando Maradona habló sobre aquel triunfo: “Había que tomarlo como lo que era y lo repito ahora: fue un extraordinario triunfo del fútbol argentino, pero no más que eso… No bajó el precio del pan”. Como lo puntualizó Eduardo Galeano, “yo me quedo con la melancolía que sentimos después del amor… y al final del partido”.

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