Invitados

Asalto al cuartel militar de Madera: memoria de las subjetividades críticas y la organización colectiva

En los años sesenta, en México emergió un nuevo tipo de disidencia política y social que pugnó por la transformación radical de algunos aspectos del ordenamiento social, económico y político.

En la madrugada del 23 de septiembre de 1965, un grupo de 13 hombres militantes del Grupo Popular Guerrillero intentaron tomar el cuartel militar de ciudad Madera, Chihuahua. Durante el enfrentamiento con miembros del ejército, fueron muertos Arturo y Emilio Gámiz, Pablo Gómez, Salomón Gaytán, Óscar Sandoval, Rafael Martínez y Miguel Quiñones. La operación político-militar fracasó y los sobrevivientes —Antonio y Guadalupe Scobell, José Juan Fernández, Florencio Lugo, Ramón Mendoza y Francisco Ornelas— se refugiaron en los ranchos de la zona y en una localidad ubicada al noreste, gracias a que el GPG nació en el seno de un movimiento político amplio con bases sociales en la región.

A pesar de que no cumplió su objetivo, esta acción adquirió nombre propio y a partir de 1965; año con año, diferentes colectivos y organizaciones conmemoran el Asalto al cuartel militar de Madera. En este breve texto, me referiré a las formas en que esta acción político-militar ha sido incorporada a las memorias de las luchas sociales y de la izquierda en México, y cómo se han creado nuevos sentidos desde la trinchera de las luchas por la memoria en México, a 55 años de distancia.

La noticia de la muerte en combate de los siete militantes del GPG llegó velozmente al seno de sus familias, a las y los compañeros del Grupo y al amplio movimiento social que estaban en las ciudades y otras localidades rurales. Los siete combatientes que murieron fueron inhumados en una fosa común por órdenes del Ejecutivo estatal de Chihuahua, Giner Durán, y de esta manera el Estado truncó la posibilidad de que las familias dispusieran de los restos de su padre, hijo, esposo, hermano para realizar una ceremonia fúnebre en el lugar, la forma y con la compañía necesaria para abonar a un proceso digno de duelo.

Por su parte, las y los miembros y colaboradores del GPG iniciaron un repliegue estratégico y entraron en la clandestinidad; es decir, suspendieron toda actividad pública y, con esto, concluyó una etapa de organización y movilización abierta con vías legales y contenciosas en el estado de Chihuahua.

Sin embargo, mientras el Estado ocluía el derecho a la identidad y el duelo, y el grupo pasaba definitivamente a la clandestinidad, estudiantes y miembros del magisterio iniciaron la construcción de memoria pública sobre el Asalto al cuartel, con la publicación de múltiples desplegados en diarios de circulación local y homenajes en espacios educativos y organizaciones partidarias.

En los años sesenta, en México emergió un nuevo tipo de disidencia política y social que pugnó por la transformación radical de algunos aspectos del ordenamiento social, económico y político. Esta disidencia fue organizada bajo diferentes premisas teórico-políticas sobre el sujeto y proceso revolucionario y, en consecuencia, desarrolló diferentes estrategias de trabajo popular y político-militar en los medios urbanos y rurales, y se inscribió en diferentes genealogías de lucha social e izquierda en México, América Latina y el mundo: marxistas-leninistas, trotskistas, maoístas, guevaristas, también se vinculaban a memorias populares de la Revolución Mexicana y los movimientos estudiantiles, ferrocarrileros, magisteriales y campesinos que ascendieron en México a finales de los cincuenta.

El Grupo Popular Guerrillero fue una de las primeras agrupaciones de México que argumentó que el proceso revolucionario no advendría naturalmente con la evolución de la estructura de producción; por el contrario, requería la conformación de una organización política de vanguardia desde que incentivara la transformación de las condiciones subjetivas.

El Asalto estaba inscrito en este marco teórico-político como una acción que ya no solo confrontaba los poderes de facto y locales, sino que cuestionaba la legitimidad del Estado mexicano y pretendía ampliar la base de apoyo del movimiento revolucionario.

En la segunda mitad de los sesenta y durante los setenta, el GPG, algunos de sus militantes y el Asalto fueron incorporados a las genealogías de nuevas organizaciones armadas. Las conmemoraciones del Asalto y nombrar agrupaciones a partir de este hecho (“Grupo Popular Guerrillero – Arturo Gámiz”, “Movimiento 23 de Septiembre”, “Liga Comunista 23 de Septiembre”) fueron un trabajo de la memoria que sirvió para crear sentido de pertenencia, afectos y ordenar las expectativas de otras mujeres y hombres jóvenes; en este marco, el Asalto sirvió para definir vanguardia y entrega revolucionaria, y el inicio de la nueva etapa en la lucha por el socialismo.

No obstante, así como ayudó a crear sentidos políticos y afectos compartidos, estas memorias desplazaron (silenciaron) la movilización campesina, estudiantil y popular en donde tuvieron lugar heterogéneos procesos de politización y radicalización de mujeres y hombres cuya militancia transitó a otras organizaciones o que no cruzó por la guerrilla.

Después de décadas en que el Asalto fue sinónimo de guerrilla o en que incluso fue equiparado a un intento de emular el Asalto al Moncada, en Cuba, otras sensibilidades, investigaciones y voces de protagonistas están tomando la palabra para destacar que el GPG fue habilitado por un movimiento en el que convergieron solicitantes de tierras con derechos a salvo, estudiantes (especialmente normalistas), maestros, campesinos y militantes de filiales locales de organizaciones partidarias y obrero-campesinas, como el Partido Popular Socialista, el Partido Comunista de México y la Unión General de Obreros y Campesinos de México.

A mediados de los 2000, Carlos Montemayor, autor de una recreación novelada de las discusiones y decisiones previas al Asalto, fue convocado por algunas de las mujeres que estuvieron en los márgenes de la acción y el GPG; cuando tomaron la palabra, al final de la primera década de los 2000, estas mujeres problematizaron la exclusión de la vida cotidiana y las relaciones primarias en la definición del quehacer revolucionario.

Otros investigadores, desde la historia social y global, han estudiado y llevado al terreno público la memoria de la primera caravana de solicitantes de tierras que partió de Madera y arribó a la capital de Chihuahua en noviembre de 1960, la de las tomas de tierras que se sucedieron a lo largo de 1962, 1963 y los primeros meses de 1964, los encuentros de la sierra entre campesinos, estudiantes, maestros y obreros en enero de 1963 y febrero de 1965.

Estas últimas investigaciones destacan que los solicitantes de tierras, estudiantes y miembros de organizaciones diversas convergieron y se transformaron dialógicamente, cuestión que fue plasmada en la experiencia y los documentos que resultaron de los encuentros de la sierra: el saber cotidiano que los solicitantes habían construido sobre las leyes agrarias y el uso de las tierras en disputa, la experiencia de la represión y las acciones para denunciarla, fueron articuladas en un único discurso político y de estrategia por los militantes de la UGOCM de Chihuahua y Durango.

Durante la experiencia de organización y especialmente durante las tomas de tierras, las líneas que distinguían solicitantes de estudiantes y militantes fueron desdibujándose, toda vez que juntos crearon expectativas de futuro comunes.

Actualmente, el 23 de septiembre es una fecha emblemática de la emergencia de subjetividades críticas y dispuestas a comprometerse con la conformación de un nuevo proyecto social que demandaba la transformación radical del mundo.

Mujeres y hombres de una generación, sin restricciones de clase social, pertenecientes a medios urbanos y rurales, muchos de ellos los primeros en estudiar más allá de la primaria, convergieron en diferentes movimientos sociales a lo largo de los años sesenta y setenta. Las diferentes instituciones estatales respondieron repetidamente con violencia política; en la experiencia social de la represión, las mujeres y hombres organizadas comprendieron que sus expectativas no tenían cabida en el ordenamiento social vigente y concluyeron (en la práctica y en discursos teórico-políticos) que era preciso iniciar una nueva revolución.

A esta conclusión abonaron también las experiencias globales de liberación colonial, el triunfo revolucionario de China y Cuba, y la resistencia de Vietnam. En un presente en donde nuevas formas de desaparición forzada y violencias políticas rondan nuestra cotidianidad, el nuevo trabajo de memoria sobre el Asalto al Cuartel, va más allá de la acción político-militar, y se pregunta de manera crítica por el proceso social y subjetivo generacional que habilitó la crítica y el compromiso de construir futuros colectivos más dignos.

 

*Autora de La revolución que llegaría. Experiencias de solidaridad y redes de maestros y normalistas en el movimiento campesino y la guerrilla moderna en Chihuahua, 1960-1968.

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba