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Detrás del sueño, el infierno

“No permitan fotografías”, cuentan que externó ante el teléfono Luís Echeverría Álvarez, al recibir el primer informe de lo que estaba sucediendo sobre la avenida de los Maestros, en las cercanías del casco de Santo Tomás, en la avenida México Tacuba y frente al cine Cosmos, el jueves 10 de junio de 1971.

Las imágenes podrían delatar, evidenciar, denunciar, guardar para la memoria, como sugiere el material de Armando Salgado, quien logra escabullirse, huir, salir del campo de batalla indemne; son la representación de la impunidad, de la barbarie, la crueldad de un sistema político, de un hombre, de una aberrante institución que golpea por debajo, en la espalda, que miente, traiciona, se acobarda frente al ímpetu juvenil por volver a tomar las calles.

Existieron dudas, zozobra, miedo, precaución, ansiedad, pero la calle estaba vacía desde el 3 de octubre de 1968 y había que recobrar los vientos, el ánimo, aquel entusiasmo aniquilado; por su parte, el hombre de Los Pinos también deseaba demostrar su fiereza, a él nadie le retaba, le desafiaba, le provocaba, a final de cuentas para ese instante Octavio Paz, Carlos Fuentes, Fernando Benítez y Víctor Flores Olea ya mostraban su beneplácito, le aplaudían y reverenciaban. ¿Quién iba a protestar si ningún uniforme estaría en la trifulca?

Además eran también jóvenes, los armados con varas, kendos, chacos, pistolas y armas largas quienes apaciguarían a los otros, ahora sí no hay instituciones oficiales, los Halcones no existían, eran un invento, un mito, versión de los enemigos de la nación, los cuales con saña arribaron incluso hasta los hospitales Rubén Leñero y el de traumatología de Balbuena, en éste último había que sacar a sus compañeros heridos, y de paso borrar a los manifestantes que hubieran arribado con sus heridas a cuestas.

Ubicar un acta de nacimiento para la historia es poco astuto, pero el horror de nueva cuenta en la arena pública, induce que un puñado de jóvenes abrace la clandestinidad, las armas como opción de lucha y desesperación.

Rock y Ruedas en Avándaro de nueva cuenta va a estremecer los pilares del autoritarismo el 11 y 12 de septiembre de 1971; “tenemos el poder” es un grito que inquieta, incomoda, asusta, el decreto de nunca más otro concierto masivo que convoque los ímpetus juveniles se asoma en la inmediatez.

Las imágenes no sólo volaron por diversos rincones del mundo y de México, el rostro desquiciado de “El Gene” con la boca abierta exhalando un grito con furia, y portando con las dos manos la vara de Kendo esperando asestar los golpes, como fundamento evidente de la actuación premeditada, concertada, diseñada desde los altos círculos del poder, sino que también las grabaciones de comunicación oficial de los policías son testimonios con evidencias irrefutables, ¿y luego? ¿Los responsables? ¿Los sentenciados? ¿La ley?

Cinco décadas suman 18 mil 250 días de impunidad, de huellas sin castigo, de memoria agazapada, de agravio acumulado, de sueño con infierno.

*Historiador y director de Educal. Autor del libro Los años heridos. La historia de la guerrilla en México, 1968-1985.

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