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El viaje de Sergio Pitol

Los colegas de Pitol lograron transformar el dolor físico y mental en libros increíbles. Sin embargo, no siempre la enfermedad deviene en productos tan grandiosos, igualmente puede echar a perder una brillante carrera.

El pasado jueves 12 de abril falleció Sergio Pitol. Me imagino que en las librerías, justo en estos momentos, mientras usted lee esta página (impresa o digital) una persona está esperando el momento de preguntarle al vendedor:

– ¿Tendrá libros del escritor que se acaba de morir?

– ¿Cuál de todos?

–El que anunciaron en Aristegui. Uno muy bueno, muy ingenioso, que vivía en Xalapa.

– ¡Ah! ¡Pitol! Sergio Pitol. Claro, tenemos ‘Domar a la divina garza’, ‘El tañido de una flauta’, ‘Juegos florales’, ‘El arte de la fuga’… y creo que ya.

–Son varios. ¿Cuál me recomienda usted para entrarle?

Esta pregunta se ha hecho miles de veces alrededor del mundo desde que existen librerías. Es muy común que el fallecimiento de un personaje desencadene interés y sus libros (u otros productos artísticos) obtengan un impulso comercial importante. Hay casos en los que el artista sabe que la muerte se aproxima y realiza una obra de despedida. ‘Blackstar’ (2016) de David Bowie es un ejemplo, se escucha una voz grave y serena que se despide del mundo. El disco salió dos días antes de deceso del cantante inglés.

Para regresar a la última pregunta del cliente (¿Cuál me recomienda usted para entrarle?) quiero recomendar un libro que reunió tres libros de Sergio Pitol. Se llama el Tríptico del carnaval’ (Anagrama). La editorial mexicana también tiene esos títulos pero los distribuye por separado, así que recomiendo la edición que los reúne. La trilogía la componen El desfile de amor’, ‘Domar a la divina garza’ y ‘La vida conyugal’. De las tres obras la segunda es considerada por la crítica como su cima literaria, la mejor muestra de su obra.

“Para entrarle” a la literatura de Pitol hay que dejar de lado todo pensamiento preconcebido, porque Sergio Pitol es un escritor que confunde, que no permite pisar terreno firme al momento de leerlo, de un capítulo a otro nos hace dudar de lo leído previamente y vemos cómo los personajes pasan de un lugar a otro de forma mágica. Es una literatura dotada de alegorías, es un juego de espejos que desafía la “realidad”. Al terminar de leer una novela de Pitol uno siente que ha sido engañado, en el buen sentido de la palabra. Feliz pero engañado. Sin duda es un autor difícil.

La enfermedad lo rondó en dos momentos clave de la vida de cualquier persona. En la infancia y en la vejez. De chico contrajo malaria y estuvo postrado en cama por largos periodos. Desde su habitación se sintió impotente al no poder salir a recorrer el mundo y su medicina fueron los libros. Devoró toda la literatura que pudo y cuando recobró la salud se volvió un viajero compulsivo. Lamentablemente en sus últimos años de vida la enfermedad regresó a saludar a su viejo amigo y lo acompañó hasta el final. Una afasia primaria progresiva.

La enfermedad como detonante o como inspiración de la creación literaria está presente en Sergio Pitol. El ansia de viaje fue una respuesta lógica al estado de reposo absoluto que aquejó al joven escritor. Un factor negativo y destructivo se convierte en algo maravilloso. Esta alquimia azarosa ha dejado su huella en la literatura. Para muestras los siguientes tres personajes:

El argentino Julio Cortázar fue un niño enfermizo, que al igual que Pitol, pasó mucho tiempo en cama. Fue ahí donde conoció a Verne, a Poe, a Víctor Hugo. El gigantismo fue una enfermedad que marcó su físico de por vida y esa naturaleza desproporcionada influenció en algún grado su narrativa fantástica.

La estadounidense Sylvia Plath sufrió depresión en la universidad, razón por la que fue hospitalizada y estuvo bajo tratamiento de terapia de choque. La hospitalización fue descrita por Plath como algo “tan negro como el infierno de la mente humana puede ser”. La poeta intento varias veces suicidarse antes de finalmente lograrlo en 1963. Estos acontecimientos traumáticos salpicaron su obra, la cual aborda temas como el suicidio, el odio a sí mismo, la disfuncionalidad y el tratamiento de choque.

El checo Franz Kafka también tuvo una desafortunada acompañante durante gran parte de su vida: la tuberculosis. A los 34 años comenzó con los padecimientos, lo que le requirió una convalecencia frecuente. A propósito de su enfermedad, temía que los demás consideraran repulsivo (un guiño obvio a su obra maestra, La metamorfosis). Además, sufrió depresión clínica, fobia social, insomnio, estreñimiento y migrañas, la mayoría de las dolencias causadas por la ansiedad.

Estos colegas de Pitol lograron transformar su dolor físico y mental en libros increíbles. Sin embargo, no siempre la enfermedad deviene en productos tan grandiosos, igualmente puede echar a perder una brillante carrera. La manera en que nosotros podemos honrar a estos genios enfermizos es, en primer lugar, identificar sus nombres cuando estemos en la librería y, en segundo lugar, “entrándole” a su mundo, leerlos.

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