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Esqueleto Romano

Uno de los esclavos, señala Petronio, era el encargado de colocar un esqueleto de plata, dispuesto con articulaciones y vértebras flexibles.

En estos días en los que los mexicanos comemos pan de muerto, saboreamos calaveritas de azúcar, leemos o redactamos satíricas calaveras literarias, llevamos música, flores y alimentos a nuestros muertos a los panteones, jugamos con esqueletos de cartón y colocamos altares a nuestros difuntos, en un culto en el que converge sincréticamente nuestro pasado prehispánico con elementos del cristianismo, conviene leer El Satiricón, escrito por Petronio, el padre de la sátira, quien refiere una de las costumbres de los romanos relacionada con la muerte.

‘El Satiricón’ ironiza las costumbres y los valores sociales de su momento, en un tono que ahora llamamos satírico o picaresco y apareció en el año 60 de nuestra era. De Petronio también sabemos que fue un sibarita y su mecenas fue Nerón, quien le adjudicó el título de ‘Arbiter Elegantetiae’ (el árbitro de la elegancia); por lo que en algunos autores lo citan como ‘Petronio Arbiter’; lo que en la Roma de Nerón tenía que ver con una manera de ser y de vivir definido por una extraordinaria inteligencia y un sentido del humor desbordante, creativo, amoral, brillante, cínico y profundo en su pensamiento, pero ligero y hedonista en su conducta.

Petronio describe los grandes y suculentos banquetes que los romanos pudientes gozaban, en donde, los invitados eran atendidos por esclavos para lavarles manos y pies con agua de nieve y les limpiaban con destreza las uñas. Mientras cumplían con tan desagradable tarea, cantaban alegre y destempladamente, refiere el autor.

Durante el banquete los esclavos tenían la obligación de cantar a coro. Servían vino-miel, ánforas de vino añejado de cien años, pan caliente recién horneado. En los entremeses, en bandejas de plata, colocaban aceitunas verdes y negras, así como lirones condimentados con miel y adormideras; salchichas humeantes sobre una parrilla de plata y, bajo esta, ciruelas y granos de granada.

Uno de los esclavos, señala Petronio, era el encargado de colocar un esqueleto de plata, dispuesto con articulaciones y vértebras flexibles que podía ser colocado con toda suerte de posiciones. Los comensales, de buen ánimo por el vino ingerido, lo arrojaban sobre la mesa, en donde tomaba las más diversas actitudes gracias a la flexibilidad. La gente exclamaba: “¡Ay pobres de nosotros! ¡Fugitivo, débil, nada es el ser humano! ¡Cómo esto seremos todos cuando el Orco nos arrebate! Disfrutemos, pues, de los efímeros y cortos instantes de nuestra existencia”.

A creer de Heródoto, la costumbre del esqueleto los romanos la tomaron de los egipcios, quienes, después de las comidas, un individuo llevaba la imagen de un muerto en un estuche —imagen tan parecida al natural como era posible y del tamaño de uno o dos codos— y, mostrándoselas, a los asistentes les decía: “Bebe y disfruta, pues una vez muerto no serás más que esto”. Los romanos también colocaban en los comedores calaveras o esqueletos con el fin de mover a los convidados a disfrutar de la vida mientras tenían salud y a no desdeñar los placeres, ya que muy pronto la muerte acabaría por llevárselos.

Es muy probable que la costumbre romana de juguetear con los esqueletos —tal y como lo refiere Petronio en ‘El Satiricón’— haya finalizado cuando el Imperio Romano de Teodosio El Grande erradicó el paganismo y oficializó al cristianismo como la religión del Estado. Lo cierto es que, en nuestros días, el muy mexicano Día de Muertos se manifiesta como una poderosa y profunda manifestación cultural que, desde 2008, es Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

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