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La intergeneracionalidad aliada de la igualdad: Una utopía que nace de superar la miopía…

Crecí en una época donde no había sillitas para los en el auto y ni por error los adolescentes éramos
segmento de mercado. T
e cepillabas los dientes con la misma pasta dental que tus padres
(horriblemente picante) y en tu primera menstruación tocaba usar las mismas toallas femeninas
incómodas, cuadradas, que usaba tu mamá (ni en sueños toallitas teens delgadas con altas y
envoltura de Kitty, ya no digamos copas menstruales). Las jóvenes no vivían solas, pasaban de la
casa de sus padres a su vida de casadas. Las jóvenes no se cuestionaban si eran heterosexuales… lo
éramos y punto. Las jóvenes no se planteaban ser mujeres-no madres. Decir «todes» era
impensable, aunque la moda de los ochentas era unisex y la verdad, a veces no sabíamos quién era
“más masculino” o “femenino”.

Nunca pasó por mi cabeza que existía sexismo en el lenguaje y que miles de refranes, dichos
populares, canciones y expresiones, tenían tal carga de discriminación o violencia de género.

En mi generación no sabíamos que el abanico de violencias tenía nombre (económica, laboral,
institucional, psicológica, y un largo etcétera). No le tenía nombre al gaslighting, al sexting o al
mansplaining. Teníamos cierta consciencia estereotipada del machismo pero ni idea de los
“micromachismos”.

El concepto más cercano a mí de feminismo era tener una profesión para ser independiente
económicamente.
Elegí una profesión «muy femenina» los hombres eran minoría en mi salón de
clases en la UNAM y recuerdo que el concepto de desigualdad social que más me dolía era el
económico: como buenos estudiantes, utópicos e idealistas, nuestros compañeros de lucha eran los
campesinos y obreros explotados, los indígenas discriminados y los de la banda de la cuadra.

Todas las formas y modalidades de violencia existían. Todas las formas y grados de discriminación
también, pero no eran visibles, no tenían nombre.
Eran parte del: “aquí nos toó vivir” y “así son las
cosas, hay que aprender a sobrevivir”
frases normalizadas en el tuétano de la cultura aún hoy. Era
una especie de miopía social, es decir, en lo cercano creíamos ver y entender pero si tomabas
distancia, en realidad aparecía lo borroso… lo difuso… lo que hoy, las juventudes ven y nosotros no
con esa nitidez.

Hoy, aprendo de las generaciones jóvenes que nombrar las cosas importa porque se hacen visibles,
porque reconoces su existencia y gravedad.

La perspectiva de género desde los Derechos Humanos nos permite usar las gafas contra nuestra
ceguera. Hablar de masculinidades no es un lujo rebuscado, es una necesidad fundamental.

Reconocer el feminismo en toda su riqueza histórica y social es una responsabilidad colectiva.
Agradezco que mi madre (80), mi hija(20) y yo (50)… podamos poner nombre a las violencias,
señalarlas, identificarlas y combatirlas. Pero aún más que, desde la intergeneracionalidad
aprendamos a respetar las luchas de cada una, ninguna es asíncrona, cada una fue un escalón para
que la más joven libre batallas-otras o incluso, ya no tenga más que pelear por la equidad, la igualdad
y la justicia. Cada mirada tiene su miopía, pero si buscamos una “actitud visual” de alta intensidad
seguramente el especto será exponencial y podamos mirarnos sin polaridad, sin exclusión ni
desprecio.
Que cada vez estén más reconciliados géneros y generaciones en las charlas de
sobremesa, los debates que hay en clase o entre el grupo de amistades, esa pareciera ser una utopía
hoy…

¿Hay espacio aún para ella en el mundo de hoy?

Tal como Eduardo Galeano lo expresa retomando la frase del maestro Fernando Birri: “La utopía
está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos, y el horizonte se corre diez pasos
más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”.

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