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La última y nos vamos: La sociología en Querétaro y la despedida de Juan José Lara

Hoy hay un edificio frente al salón de cómputo y el auditorio de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Antaño, ese terreno era solo una pequeña plancha de concreto que nos servía de canchita de voleibol o fútbol. Con un esmero casi cariñoso, cada determinado tiempo, era menester dar una retocada de pintura al grafiti del pulpo que había ahí. El Pulpo Santo ya no canta más goles. Y el pasado 29 de febrero, en el interior del viejo auditorio, otro molusco entonaba su último discurso. Juan José Lara Ovando dio ese mediodía el cerrojazo con broche de oro a su carrera como docente.

La ciencia social cumple cuarenta años en la UAQ, casi los mismos que Lara Ovando —llegado en 1988 al Cerro de las Campanas— llevaba dando clases en las aulas de sociología. Juan José ha sido, pues, una pieza fundamental de la facultad. Tal vez no sea exagerado pensar que fue profesor de prácticamente todos los estudiantes de sociología de las primeras treinta generaciones de la carrera. Pero además de la transmisión de conocimientos y competencias, muchos de nosotros le debemos no pocos recuerdos y anécdotas. Además de deberle respeto, a Juan José le profesamos cariño.

A mi generación, por ejemplo, impartió un par de semestres de historia del México precolonial. En ese sentido, resultan inolvidables los tours que Lara Ovando solía gestionar para que sus grupos visitasen al menos una zona arqueológica mientras daba su curso. La pirámide de El Pueblito era obligatoria; pero lo bueno venía en Semana Santa, cuando se organizaban viajes de estudio de varios días hacia arqueologías más lejanas. Los grupos eran pequeños y los camiones grandes, por lo que era usual que alumnos de otros grados y carreras se apuntaran para viajar con Lara Ovando. Personalmente me tocó ir al Tajín, Xochicalco, Cholula, La Venta, Palenque-Yaxchilán-Oventic. El viaje a Chiapas marcó todo un hito para algunos de nosotros. Me gusta imaginar que para Juan José también fue un viaje significativo. De algún modo, especulo yo, al regresar a su tierra, nos la compartía a toda la comitiva con humildad y generosidad. Nunca supe, por cierto, cómo se consumó la odisea que, en primer lugar, lo trajo del sureste mexicano al Sangremal. Así como tampoco sé quién fue su sociólogo ejemplar y definitivo. Ojalá se lo pudiera preguntar algún día.

Sus conocimientos sobre el séptimo arte eran abrumadores. Varios años mantuvo una columna de crítica y reseña cinematográfica en este semanario. Yo varias veces le supliqué, primero, y le reproché, después, que nunca abrió una sociología del cine, al menos como materia optativa.

Tras la ventana de la coordinación de la carrera de sociología, Lara Ovando recibió mi documentación cuando hice trámites de ingreso a la facultad. Algunas semanas después, él mismo se encargó de aplicarme una pequeña entrevista vocacional como parte del formulismo que los aspirantes debíamos cumplir. Nunca concluí mis estudios, pero cada vez que iba de metiche a la facultad, no perdía ocasión de asomarme a su cubículo y pasar a saludarle. A decir verdad, no recuerdo si realmente disfrutaba sus clases. En ese entonces era yo un cretino, y poco o nada de lo que me ofrecía la escuela llenaba mis expectativas. De lo que sí estoy seguro es que, en las charlas de pasillo, o al furor de alguna bebida espirituosa al concluir la jornada, alguna que otra cosa aprendí de Juan José acerca de la ciencia social; del oficio del sociólogo, como diría Pierre Bourdieu. No contento con eso, Lara Ovando también me presentó a Jodorowsky, a Fernando Benítez, a Guillermo Samperio y a su reverenciado Ricardo Pozas.

Al grupo de estudiantes y amigos al que se adscribió desde sus años como alumno universitario, Juan José Lara Ovando lo designó Los Moluscos. Ni más ni menos, cual, si fuera un molusco, abrazó con unos largos tentáculos sociológicos y epistemológicos distintos objetos de estudio y enseñanza: el periodo prehispánico en este país, la lucha obrera en Hércules, la cronología de la sociología en México, el análisis político-electoral, el cine, la Queretanidad. Fue un verdadero deleite compartir un mismo tiempo y espacio académico e intelectual con Juan José. Y privilegiado he sido por presenciar la charla «La última y nos vamos… por ahora/ La sociología en Querétaro».

Recordando a Carlos Dorantes (1942-2008), Juan José destaca la enorme paz y tranquilidad con las que el doc. dirimía controversias, conflictos y desencuentros en aquellos años fundacionales de la ciencia política, el periodismo y la sociología en la autónoma queretana. Creo que más o menos el mismo rasero puede aplicarse para juzgar la impronta de Lara Ovando. Si alguna cualidad o característica lo define es precisamente la ecuanimidad.

Con el retiro de la docencia a tiempo completo de Juan José Lara Ovando, se cierra ya definitivamente un ciclo histórico de la FCPyS. Él es el último de aquella vieja guardia de profesores que, cuando yo fui alumno, andaban justo en el ecuador de sus carreras como maestros e investigadores. Creo que todavía anda por ahí el doctor Gabriel Muro; y hoy tuve la oportunidad de mirar a Stefan Gandler, el de las kilométricas rastas de oro. Con Efraín Mendoza no coincidí: cuando yo era alumno regular, el maestro se desempeñaba como funcionario electoral. Ya no quedan, pues, demasiados rostros conocidos para mí. Varios de los compañeros que tuve representan ya el relevo generacional tras los escritorios. Tengo casi los mismos años que tenía Lara Ovando cuando lo conocí; él araña la edad de Dorantes cuando este murió. Algo más joven que Juan José, Gerardo Vázquez Piña, antes de cederle el micrófono, le definió como un devorador de libros, devorador de películas y devorador de comida. Si lo sabremos nosotros, que nos bebimos hasta el último centavo de los viáticos, así que, pegados en la ventana del modesto restaurante a orillas de la carretera, nos tuvimos que conformar con verlo devorar, sin ayuda de nadie, hasta la última hebra de un medio kilo de barbacoa, en la serranía que une Puebla con Veracruz.

Pero además del apetito feroz, Juan José Lara Ovando siempre está ávido de charlar y supo sembrar amistades, afectos y estimas. El emotivo acto de homenaje y despedida que aquí reseño no deja lugar a dudas. Maestro carismático que, además de alumnos y colegas, pudo y supo hacer comunidad durante su largo período en la UAQ. Pablo Concepción, con la voz quebrada y las lágrimas apenas contenidas, fue incapaz de dar lectura al diploma que entregó a su mentor. Desde mi asiento en el auditorio, también se me formó un nudo en la garganta. Mientras le oía hablar, con su tono siempre parsimonioso, mi mente evocaba esas charlas y andanzas con este queretano-chiapaneco, en quien siempre advertí claridades luminosas más que a un maestro gris.

En el fondo, la vida académica nunca fue mi vocación o mi destino. Lo que no obsta para sentir, de vez en cuando, que quedé a deberles un probable colega a varios maestros inolvidables. Aquellos ayeres universitarios no desembocaron en una cédula profesional con mi nombre inscrito. Mientras tecleó esto pienso en Carlos Ramírez, en Oliva Solís, El Tocho y, por supuesto, en Juan José Lara Ovando.

Juan José Lara Ovando me recibió en la facultad, así que me pareció de lo más natural regresar y despedirlo en este espacio, fuente de hiel y miel en mí existencia. Muchas gracias por todo, Lara Ovando. Suerte y buen camino, querido y admirado Pocholo. Que los largos tentáculos sociológicos del molusco encuentren un creativo y buen afán ahora, en el ocio. Sigue devorando sabiduría para eructar felicidad, Juan José.

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