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Otro 8 de marzo

El feminismo ha buscado llevar la democracia hasta sus últimas consecuencias, transversalizando algo llamado perspectiva de la igualdad de género, en toda política, en todo programa y en todo proyecto de gobierno.

Me gusta recordar cada 8 de marzo el motivo por el cual la Organización de las Naciones Unidas lo estableció como Día Internacional de las Mujeres. Me hace pensar otra vez en aquellas mujeres que impulsaron en sus respectivos países la conmemoración oficial, lo hicieron siempre pensando en las obreras, las cuales luchaban por condiciones dignas de trabajo, y, en general, en todas aquellas que luchaban por igualdad de derechos.

La historia muestra que los orígenes de este día se encuentran en el movimiento de mujeres que nace en el siglo XIX contra la opresión genérica, tanto en Europa como en Estados Unidos; fue en este país, en 1909 que nació el Día Nacional de la Mujer.

En 1910 se proclamó el Día Internacional de la Mujer trabajadora, en el contexto de la II Conferencia Internacional de las Mujeres Socialistas; fue la socialista y feminista Clara Zetkin quien propuso el día 19 de marzo.

Al año siguiente, se realizó la primera conmemoración en varios países de Europa, y un poco después, el 25 de marzo en Nueva York, el patrón incendió una fábrica de camisas con las trabajadoras dentro, las cuales luchaban por mejores condiciones laborales. Esta circunstancia generó una lucha más férrea por parte de las feministas de la época, cuya expresión más acabada desembocó en el movimiento feminista de los Estados Unidos durante la década de los sesenta.

En Europa, durante el año 1914, Alemania, Suecia y Rusia conmemoraron el Dia Internacional de la Mujer, pero el 8 de marzo; fecha que la ONU eligió para institucionalizar el Día Internacional de la Mujer en 1977.

El origen obrero y socialista del día internacional me remite tanto a las demandas feministas que empiezan con gran fuerza durante el siglo XIX y que se consolidan en el XX, y también, a las conquistas obreras en el Estado de Bienestar, que introducen ciertas garantías en el trabajo como son la jornada de 8 horas y los permisos por maternidad (claro, no sólo ganaron esos derechos, pero deben saber que nada más la lucha por 8 horas de trabajo en lugar de 16, costó muchas vidas).

Algunos derechos ganados por las mujeres o que tienen que ver específicamente a su necesidades de género, por un lado, se pueden contar con las manos en la Ley Federal del Trabajo en México, por el otro, se observa cómo los patrones hacen caso omiso lo que establece la ley. Así obligan a sus empleadas a renunciar a derechos que legalmente les corresponden, como es el caso de los salarios más bajos por igual trabajo o el caso de jornadas de más de 8 horas.

Sin embargo, por un tiempo durante el siglo XX las mujeres en México, sobre todo las que estuvieron bajo el cobijo del Estado Clientelar Corporativo, como fueron las trabajadoras afiliadas al ISSSTE y al IMSS, tuvieron licencias de maternidad, ajuar para el bebé recién nacido, apoyo para guarderías, etc. Todo lo ganado a pulso en ese Estado Clientelar, fue escurriéndose como el agua entre los dedos cuando llegó el Estado Neoliberal.

Al caer el Estado Benefactor, el movimiento feminista empieza a luchar más que nunca para conquistar la igualdad de derechos y, en el inter, luchar por el respeto a la diferencia. Pareciera una paradoja (Igualdad/Diferencia) pero no lo es, porque cuando se exige igualdad se habla de un cambio estructural y cuando se exige respeto a la diferencia, se interpela a lo subjetivo.

El feminismo ha buscado llevar la democracia hasta sus últimas consecuencias, transversalizando algo llamado perspectiva de la igualdad de género, en toda política, en todo programa y en todo proyecto de gobierno.

Así como dentro de todas las organizaciones sociales, públicas y privadas (esto significaría, entre otras cosas, que habría paridad de género en todos los niveles de gobierno y en toda empresa).

El feminismo busca un modo de organización social en el que las necesidades de las mujeres se consideren, primero las prácticas, como se llama a las necesidades que tienen que ver con el rol que la sociedad tradicional les asigna, como el ser madres, esposas, empleadas domésticas no remuneradas, cuidadoras no remuneradas, etc.

En ese sentido, se exigen guarderías, comedores colectivos, lavanderías, centros de día para adolescentes con madres trabajadoras, entre otras cosas.

Después, las necesidades estratégicas, que se relacionan con la potenciación de las mujeres, como es el derecho a la educación (si bien hoy día las universidades alojan a una buena cantidad de mujeres, las hay que no tienen dinero ni una oportunidad para seguir preparándose), al trabajo digno (con las condiciones suficientes para hacer de lo laboral una fuente de satisfacción y no una mella), el derecho a la corresponsabilidad en las tareas domésticas y al cuidado, el derecho a una vida libre de violencia.

Si bien la transversalidad de la perspectiva de género considera las necesidades de los hombres, se sabe por las estadísticas que las mujeres son las que más carecen y las que más sufren las diversas desigualdades. No son demandas desmedidas, pues muchas de ellas no requieren gran presupuesto, sólo voluntad política.

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