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Prólogo al libro de Sabina Pacheco Guerrero

Los cuatro capítulos también representan a la rosa de los vientos que marca los puntos cardinales que orientan su escritura; una escritura que conmueve al lector hasta el punto de incomodarlo.

Para quienes seguimos de cerca la narrativa de Sabina Pacheco Guerrero, primero con El Charape, pueblo migrante y después Flores caídas, ahora tenemos en nuestras manos Detrás de la cordillera; libro que nuestra autora ha dividido en cuatro capítulos que en conjunto nos muestran los rumbos del universo mesoamericano en términos míticos, en donde el sur representa la máxima expresión de la luz, el norte la oscuridad más impenetrable, el este la dimensión diurna de la vida en donde se alcanza la plenitud y el oeste que marca el fin de la existencia humana y el reingreso al seno de la tierra.

Los cuatro capítulos también representan a la rosa de los vientos que marca los puntos cardinales que orientan su escritura; una escritura que conmueve al lector hasta el punto de incomodarlo. No podría ser de otro modo, porque los textos de Sabina son crudos y desgarradores, pero también sensibles y afectuosos. Sabina plasma en estas páginas sus recuerdos, así como otros que son prestados, echando mano a la licencia literaria como técnica narrativa.

La lectura de la prosa poética de Sabina me recuerda a Hambre, novela del escritor noruego Knut Hamsun; premio Nobel de literatura en 1890, quien describe la miseria de una ciudad europea del siglo XIX.

En el primer capítulo El llamado de la tierra (en el campo), Pacheco Guerrero nos sitúa en el génesis de su vida y en el drama de la vida de los campesinos queretanos, únicamente amparados por la voluntad divina en cuanto a la pertinencia de la lluvia en las tierras de temporal. Es un mundo rulfiano en el que Alfonso, un anciano de manos callosas, sueña entusiasmado con la lluvia que no cayó el día de San Juan y, ya se sabe, sin lluvia no hay maíz y sin este no hay vida, a grado tal que los angustiados campesinos, creyéndose culpables de su destino emigran porque, como lo señalan ellos mismos “En este rancho ya no hay nada para nosotros”.

En el segundo capítulo Cualquier gente (sobre la ciudad), encontramos los dramas cotidianos de los humillados y ofendidos de la urbe; seres que el alcohol, la soledad, las “monas”, las drogas ilegales, la pobreza y la indiferencia de sus semejantes, los arrastran de un lado a otro sin encontrar reposo, aunque cada uno de ellos sueñe con un techo, un empleo, una familia, escuela para sus hijos y una iglesia para acudir a misa los domingos.

Sabina Pacheco nos recuerda a Los nadies, de Eduardo Galeano, cuando describe en Cualquier gente a los miserables de la zona urbana: “Duermen abrazados a sus mercancías, / o a sus escasas pertenencias, / cubriéndose el frío con las mismas mantas / que de día les cubren del sol, / en sus puestos de dulces o artesanías”.

Sabina, al igual que Dante, nos lleva de la mano para conocer las profundidades del drama humano, presentándonos su reencuentro visual con Óscar, ‘El Chicho’, un antiguo amigo perdido en el mundo de las drogas; al hombre que hacía vida marital con tres hermanas y que también procreó a un ser de sus entrañas con su propia hija; a Cintia, perra pastor alemán que encontró en la casa a la que llegó a vivir porque sus antiguos amos ahí la abandonaron y que, después de 15 años le recetaron un tiro en la cabeza para acabar con el dolor artrítico que la torturaba.

En el tercer capítulo Vulnerables (los viejos, la muerte), están enterrados algunos de los difuntos que Sabina lleva en su memoria, empezando por su propia madre Remedios Guerrero Pacheco, así como su tío, hermano menor de su mamá, quien fuera asesinado en 1994; también yacen aquí Roque, su esposa y los cuatro hijos de ambos, que murieran atropellados.

En este apartado también encontramos las sabias y filosóficas reflexiones de doña Maru, anciana que durante la Segunda Guerra Mundial tejiera guantes para los soldados, quien nos dice: “¿Cómo es la vida, verdad? nos creemos tan chingones, poderosos y dueños del mundo y en realidad, solo somos un costal de mierda, y si se nos sale, nos morimos”.

En el cuarto capítulo Fragmentos de tiempo (sobre el amor y la amistad), encontramos los referentes a un tema tan antiguo como la humanidad, la dolorosa partida de los hijos que se van en busca de ser ellos mismos, aunque el mundo que los espera fuera de la esfera familiar sea hostil y amenazante porque, como bien escribe nuestra autora, “la vida es así, la realidad se viene encima sin previo aviso ni piedad”.

Festejemos que ahora Sabina Pacheco Guerrero, egresada de la Facultad de Filosofía de la UAQ, escritora y ama de casa, coloque ante nuestros ojos estos capítulos que nos muestran el rumbo de su narrativa, en la que encontramos la luz, la oscuridad, la plenitud de la existencia humana y el inevitable retorno a la tierra.

Detrás de la cordillera será presentado el 20 de febrero, en el Centro Cultural Ignacio Padilla, a las 6 de la tarde.

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