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Cuando lo “políticamente correcto” deviene en injusticia

Todo esto aunado a la supremacía de los valores neoliberales (que cosifican a las personas), genera pérdida de referentes, identidades y límites.

…porque disentir es también parte de nuestra libertad, de nuestra diversidad

-Dra, Teresa García Gasca

La Rectora de nuestra Alma Mater enfatizó en su segundo informe, entre otras cosas, la defensa de la educación pública y de la autonomía universitaria.

En esa defensa, considero fundamental revisar el Artículo 3º Constitucional, cuando señala: “El criterio que orientará a esa educación se basará en los resultados del progreso científico, luchará contra la ignorancia y sus efectos, la servidumbres, los fanatismos y los prejuicios”.

Este criterio que resultó de importantes luchas históricas, parece anularse cuando las instituciones públicas son sometidas a la lógica del mercado, en especial en los últimos 10 años con la expansión de las redes sociales. Cuando se inventó la imprenta, la humanidad transitó del teocentrismo (que la hacía dependiente de fuerzas supra humanas), al antropocentrismo en que estrenó la libertad, se atrevió a comer del fruto prohibido y se convirtió en ‘medida de todas las cosas’.

Con la globalización y la enorme expansión de las telecomunicaciones, surgen nuevas racionalidades, nuevas formas de relación y nuevas confusiones, que mezclan descripciones de hechos con expresión de afectos, propagandas, mentiras y exageraciones, buscando llamar la atención para existir.

Todo esto aunado a la supremacía de los valores neoliberales (que cosifican a las personas), genera pérdida de referentes, identidades y límites; lleva al desquiciamiento, al terror y a la violencia; provoca gran vulnerabilidad y acucia la necesidad de buscar protección. Surgen entonces, nuevas divinidades, nuevas servidumbres, nuevos prejuicios y nuevos fanatismos.

El sociólogo Zygmut Bauman, en su libro ‘Modernidad y Holocausto’, señala que los procesos de exclusión que llevaron al exterminio de los judíos, no han de considerarse un evento aislado, sino un fenómeno propio de la modernidad, que busca por todos los medios, eliminar a los “incómodos”.

Esto no sólo explica el gravísimo aumento de feminicidios (tema ampliamente documentado), sino también la dramática emergencia (poco tematizada) de un patriarcado con rostro de mujer; de un sector femenino muy dañado, que vuelve su defensa, religión, y dogma toda palabra de mujer; que impone sus afectos como “argumentos”, con “el mismo valor que los hechos”.

Que se erige en ‘Torquemada’, señalando de “violador”, de “feminicida no consumado” (sic), a todo varón (por el sólo hecho de serlo); que lincha socialmente a los “molestos”; que extorsiona a otras mujeres para que mientan, exageren y griten (so pretexto de “sororidad”); que tacha de “cómplices” o “encubridores” a quienes intentan defender principios básicos de ‘presunción de inocencia’ o ‘duda razonable’…

En su informe, la Rectora señaló que: uno de los objetivos prioritarios de su administración para prevenir, erradicar y atender todo tipo de violencia y discriminación de género en la comunidad universitaria, es la revisión del ‘Protocolo de actuación e intervención en materia de violencia de género’. Esto es importante, pues en dicho protocolo, la víctima es, en automático, una mujer.

Y es que resulta “políticamente incorrecto” (una “papa caliente”) considerar ‘víctima’ a un varón, pues las estadísticas en su contra son contundentes.

La Rectora enfrenta un gran desafío al afirmar: “Es necesario que sumemos esfuerzos para que mujeres, hombres y comunidad LBGT+ cuenten con la garantía de una convivencia armónica, basada en el respeto, la igualdad y la equidad” (yo agregaría, ‘la justicia’).

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