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Ecuador y la necesaria crítica al progresismo

La agresiva andanada de las reformas neoliberales que dieron al traste con el Estado Benefactor que fue resultado de la industrialización de América Latina.

 

Ecuador vive uno de los momentos más tensos de su historia reciente: Su presidente, Lenin Moreno, acaba de declarar el Estado de excepción y replegó su gobierno a la segunda ciudad más grande del país, Guayaquil. Los antecedentes son fantasmas en movimiento; las protestas indígenas han tirado a tres presidentes.

Aunque aparentemente el motivo del problema es el paquete económico planteado por Moreno, que provocó un súbito aumento a los combustibles a cambio de un jugoso préstamo del Fondo Monetario Internacional (FMI) por 4 mil 200 millones de dólares, la recomposición de relaciones con este organismo —que aplaudió las medidas tomadas por el gobierno— está siendo tomada con mucho recelo debido a la dependencia que puede generar una deuda de ese tamaño.

A partir del llamado “Consenso de Washington” en el cual los países americanos suscribieron una agenda de medidas económicas a finales de los años 80; tales como la privatización de servicios, la disciplina fiscal, la reducción del Estado, la liberación de las fronteras —para los productos, no para las personas, obviamente— y el sometimiento a las instituciones internacionales como el FMI y el Banco Mundial, los países cedieron soberanía a cambio de dinero líquido que, en su mayoría, dilapidaron o fueron a parar a bolsillos privados para generar un número exagerado de millonarios en países donde la mayoría de la población vive en situación de pobreza.

La agresiva andanada de las reformas neoliberales que dieron al traste con el Estado Benefactor que fue resultado de la industrialización de América Latina en la primera mitad del siglo XX, crearon una especie de frente progresista que comenzó con Hugo Chávez en Venezuela pero que en el apogeo de su popularidad contó al mismo tiempo con varios representantes en diferentes países sudamericanos.

Los avances y los retrocesos en los países latinoamericanos tienen diversos factores de análisis —quizá el más importante sea la presencia de Estados Unidos y su injerencia mediante el chantaje militar, económico y político— pero sin duda alguna también el factor interno es trascendente para entender cómo algunos gobiernos progresistas, dentro del cual podemos ubicar la semilla del conflicto en Ecuador, crearon sus propias burocracias doradas que repitieron los males de las anteriores administraciones y generaron una nueva élite política que siguió con prácticas de corrupción e impunidad que se protegió desde el propio gobierno pero cuyas raíces alcanzan los partidos políticos que buscaron posicionarse como una alternativa diferente ante la corrupción imperante… ¿Les suena?

Gran parte de los escándalos y golpes políticos por los cuales los gobiernos progresistas fueron atacados provinieron desde la indisciplina y corrupción de muchos de los integrantes de los partidos políticos que después de alcanzar el poder, actuaron como la clase política saliente y generaron a sus propios privilegiados olvidando al grueso de la población que les había confiado su voto.

Quizá no haya mejor ejemplo que la “traición” de la que se acusa a Lenin Moreno, vicepresidente durante la administración de Rafael Correa, y heredero de los progresos y conflictos que dejó en 2017 al terminar su mandato. Por cierto, en México están por celebrarse las asambleas en los estados para renovar a los consejeros y, por tanto, las dirigencias de Morena. Siendo el partido hegemónico, debería ocupar mucho más a la ciudadanía y a la prensa. Aguas con lo que se siembre ahí.

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