Educar en tiempos confusos


Ahora —con la “Revolución informática”— desde mediados del siglo XX, parece que llegamos al extremo opuesto; es decir, sufrimos diversas “descentraciones” o “rupturas epistémicas”.
Con la globalización neoliberal y el caótico flujo de información en las redes sociales (entre otras razones) se ha producido un fenómeno quizás más impactante que la invención de la imprenta y el Renacimiento.
Entonces (primero en Europa y luego en otros lados) se transitó de un “modo de comprensión feudal, teocéntrico” (centrado en un dios) a otro “moderno-antropocéntrico” (centrado en el humano). Los libros sagrados dejaron de estar en manos de unos cuantos, se publicaron y se dio cierta libertad a los creyentes para interpretarlos. Así —de creer en verdades absolutas— creció la idea de que “el humano es la medida de todas las cosas” y la verdad es relativa. Aunque esto último se viene diciendo desde la Grecia Antigua —con Protágoras— la “verdad teológica” prevaleció alrededor de mil años, durante el feudalismo (y sigue vigente o está resurgiendo en algunos lugares).
Ahora —con la “Revolución informática”— desde mediados del siglo XX, parece que llegamos al extremo opuesto; es decir, sufrimos diversas “descentraciones” o “rupturas epistémicas”, y todo lo que antes teníamos por conocimiento verdadero o sólido, “se desvanece en el aire”. Con la teoría de la relatividad, la física cuántica y el principio de incertidumbre, ahora sabemos que lo que se llama “realidad” depende mucho del observador. A esto hay que agregar las múltiples confusiones generadas por el llamado “libre mercado”, que permite a los pudientes acaparar los medios masivos e imponer al resto de la población mentiras disfrazadas de “verdad”, acordes con sus intereses.
En este contexto ¿cómo saber si la información que recibimos es confiable o no?
En la escuela habíamos aprendido el contraste entre los términos: “verdad-validez/falsedad-error-mentira”.
En el contexto de las ciencias, se contrasta verdad/falsedad, para distinguir las proposiciones acordes con los hechos empíricos, de aquellas que no lo son o que son ‘incontrastables’. P.e.: señalar que “ha estado lloviendo toda la semana” es un ‘enunciado contrastable empíricamente’. En cambio, no se puede comprobar la afirmación: “no llueve por castigo divino”, que pertenece al plano de la fe, no al del conocimiento.
El contraste verdad/falsedad también se emplea para analizar discursos, buscando la ‘coherencia lógica’ entre una conclusión y sus premisas: P.e.: de la afirmación: “Juan, Pedro, Sebastián… son perezosos y pobres”, no se puede derivar la conclusión: “todos los pobres son perezosos”. Esto es una opinión mal fundamentada o ‘inválida’.
El contraste: “verdad/error-equivocación” se emplea para señalar como “equivocada” a una proposición que no corresponde con la realidad empírica, quizá porque le faltó información a quien la emite; “no lo dijo de mala fe”.
En cambio el contraste “verdad/mentira” tiene que ver, en el plano subjetivo-moral, con la conformidad entre el pensar y el decir o entre el decir y el actuar; entonces se busca la “congruencia”.
Uno de los problemas con la época actual es que todos los planos se confunden: el de los hechos, el de la percepción de los hechos (por parte del sujeto-observador), y el de los intereses del observador.
En un mundo tan incierto, en el que impera el sistema neoliberal, y en el que la ganancia egoísta se convierte en el “valor fundamental, cueste lo que cueste”, la mentira se confunde y termina por tolerarse o normalizarse como “opinión válida” o incluso como “verdad”.
Cuando los poderosos mienten para imponer su orden mundial, los políticos, para ganar las elecciones, las autoridades formales, para no perder poder, los científicos para ganar prestigio, la gente vulnerable para sobrevivir, o cualquier ciudadano(a) para vengarse de un supuesto daño sufrido, cuando “no hay ley ni justicia”, ¿qué brújula pueden ofrecer los educadores a las nuevas generaciones para no naufragar?
*Miembro del ‘Movimiento por una educación popular alternativa’ (MEPA)