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Futbol: industria, mitos y violencia

El tema de la violencia en los estadios es un fenómeno complejo y de carácter global. Algunos la relacionan con el tercer mundo.

La semana pasada vimos escenas muy fuertes de violencia en las tribunas del estadio Alfonso Lastra en San Luis. Parafraseando al gran Jorge Valdano, dentro del espectro futbolístico, un Querétaro vs San Luis sería el encuentro más intrascendente de los menos trascendentes: no representa absolutamente nada, quizá sea hasta una pérdida de tiempo dedicarle 90 minutos de nuestro ocio desde el punto de vista simbólico. San Luis es una franquicia nueva recién ascendida y Querétaro es el resultado del reciclaje de no sé cuántas franquicias, lo que achacarle al encuentro algún tipo de “rivalidad histórica” responde más al afán por encontrar el mito.

Jamás había escuchado semejante mamarrachada de “el clásico de la 57”, como algunos bautizaron el partido. Cualquier manifestación de violencia siempre será reprobable, pero, más ahora en el terreno de lo políticamente correcto, será fácil condenarla en los 280 caracteres que nos ofrece Twitter; lo que a veces viene acompañado de un tufo hipócrita de quienes, por un lado, la condenan, pero que por otro la alimentan.

Las mesas de análisis deportivo, como en el patético Futbol Picante, han sido escenario de violentos intercambios de opiniones. David Faitelson, jugándole al sociólogo, escribió en Twitter que el futbol mexicano es un claro reflejo de lo que ocurre en la sociedad; pero no haría falta señalar esa decadencia después de lo sucedido en San Luis, sino bastaría haber visto varias ediciones de los programas donde colabora para entenderla.

Hace poco más de un mes, se enfrascó en una discusión con Francisco Gabriel de Anda que terminó con ataques personales ente ambos. Faitelson llamó alcohólico a de Anda, y este, en un video que subió después, lo llamó cerdo; y son estos analistas los que reprueban la violencia.

El tema de la violencia en los estadios es un fenómeno complejo y de carácter global. Algunos la relacionan con el tercer mundo; tesis que se cae cuando se ven escenas de violencia en Inglaterra, Alemania o España. Los medios de comunicación se han convertido en los grandes “amarranavajas” con la intención de elevar los niveles de rating. Hay que entender el futbol como industria, donde alentar la violencia deja ganancias.

Cuando se va a jugar un clásico internacional pasan días hablando de él y recuperando material que abra viejas heridas deportivas, lo que modifica el ánimo de los aficionados. Se hablan de deudas pendientes e intensifican la mitología que acompañan estos encuentros; irle a un equipo de futbol trae consigo un impacto psicológico, que a veces se traduce en violencia, misma que tiene que ver con las frustraciones no del juego sino de la vida misma, lo que nos lleva a entender al juego como válvula de escape.

Hace un año se tuvo que suspender la final de la Copa Libertadores que iban a disputar River Plate y Boca Juniors en Buenos Aires: un grupo de aficionados de River apedreo el camión de los de Boca. Este encuentro puso en jaque al gobierno de Mauricio Macri en Argentina —el futbol también trae consigo una carga política— porque ante la situación económica y social, persistente en ese país, esa final era un nervio sensible: las políticas de un gobierno no impactan igual si tu equipo resulta ganador; el problema ahí fue que los aficionados, tanto ganadores como perdedores, eran parte de la misma sociedad.

Pienso que hay que analizar la violencia en los estadios no como un fenómeno aislado, sino como el resultado de una sociedad muy enferma que necesita ser entendida desde diferentes puntos de vista.

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