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Guerrilleros y autodefensas

La caída de la Unión Soviética caló profundo en las izquierdas Sin embargo, con el neoliberalismo las condiciones de pobreza y explotación se acrecentaron, por lo que la resistencia armada siguió siendo una opción.

La llamada guerra sucia de los sesenta y setenta, así como la actual guerra contra el narcotráfico, que suma ya más de 10 años, son dos de los momentos más difíciles de nuestra historia contemporánea. Orillados por la represión del Estado, con su casi típica cerrazón autoritaria hacia las vías democráticas y, por supuesto, por las propias condiciones objetivas, se da la rebelión de ciertos sectores que tienen un ciclo latente en México. Las luchas sociales, la insurgencia armada, la guerrilla recurrente diría Carlos Montemayor, son uno de estos pulsos con los que se puede medir el desarrollo o, en su caso, la desigualdad del país.

A mediados de los sesenta, el brutal asesinato del líder rural Rubén Jaramillo y buena parte de su familia el 23 de mayo de 1962 en Xochicalco, Morelos, y el fallido asalto al cuartel militar de Madera, Chihuahua, por el Grupo Popular Guerrillero de Arturo Gámiz y Pablo Gómez, el 23 de septiembre de 1965, coinciden muchos historiadores, marcó el inicio del movimiento armado socialista. Un par de años después, en la sierra de Guerrero, entre Iguala y Ayotzinapa, surgieron los proyectos político-militaristas de Genaro Vázquez Rojas, la Asociación Nacional Cívico Revolucionaria, y de Lucio Cabañas Barrientos, el Partido de los Pobres y la Brigada Campesina de Ajusticiamiento. Todas ellas, buscaron primero resolver sus demandas por las vías legales, supuestamente democráticas. Todas ellas, se encontraron con el rostro sanguinario de un Estado que defendía los intereses de unos pocos en detrimento de los de la mayoría. Eran los años dorados del PRI. Genaro y Lucio, también pagaron con la vida por su afrenta. No así los narcotraficantes de la zona, no así los caciques y sus pistoleros.

Con el movimiento estudiantil-popular de 1968, que ya cumple 50 años de distancia, y la nunca olvidada represión con la que el gobierno quiso ponerle punto final el 2 de octubre en Tlatelolco, se reconfiguró la violencia del Estado. Tres vías tomarían las y los estudiantes más politizados: la búsqueda para democratizar las vías legales, la construcción de un movimiento de masas fuera de los partidos políticos y la vía armada. Las guerrillas urbanas surgirían por decenas a lo largo y ancho del país, sin embargo, quizá la mayor organización con este esquema fue la Liga Comunista 23 de Septiembre, conformada en Guadalajara, Jalisco el 15 de marzo de 1973, la cual, dicho sea de paso, no se quedó en los límites que imponía la ciudad.

Aisladas entre sí y del movimiento guerrillero latinoamericano, las guerrillas mexicanas serían aplastadas. La Dirección Federal de Seguridad dio casería a las y los guerrilleros, dejando a miles de arrestados, torturas, asesinatos y desapariciones forzadas a su paso. Finalmente, el cuerpo de seguridad fue desintegrado en 1985 por sus altos índices de corrupción y por sus clarísimos vínculos con el narcotráfico recientemente evolucionado a cárteles del crimen organizado, no sin antes autootorgarse una amnistía general en la que quedaban perdonados por todos sus crímenes. El olvido le ganaba a la memoria. La supuesta democracia que daba sus primeros pasos no incluyó a la justicia como uno de sus pilares. En cambio, la impunidad se institucionalizó.

La caída de la Unión Soviética y el mentado fin de las utopías caló profundo en las izquierdas. Ya cada vez menos organizaciones se califican como socialistas o comunistas. Sin embargo, con el neoliberalismo las condiciones de pobreza y explotación se acrecentaron, por lo que la resistencia armada siguió siendo una opción. El Ejército Zapatista de Liberación Nacional, con su impactante levantamiento el 1 de enero de 1994 en los Altos de Chiapas, y las guerrillas surgidas tras las matanzas de Aguas Blancas, Guerrero, en 1995, y en Acteal, Chiapas, en 1997, así lo demuestran.

Dados los pasos hacia la transición electoral en el 2000, Felipe Calderón Hinojosa declaró la guerra contra el narcotráfico a finales del 2006, más no se la declaró a la pobreza y a la desigualdad, fuentes que nutren a los cárteles. Extremada la violencia, con un número cada vez más creciente de desplazados, muertos y desaparecidos, en Michoacán surgen las autodefensas, grupos que, haciéndole frente al miedo, hartos de la inimaginable situación en la que sobrevivían, tomaron las armas para acabar con los criminales. José Manuel Mireles Valverde, presente en la UAQ el jueves 19 de abril, describió cómo el gobierno se movilizó para desarmar y arrestar a los integrantes de las autodefensas. Todos y todas lo vimos en los medios de comunicación en su momento. ¿Por qué no se movilizó del mismo modo frente a los cárteles? La historia nos vuelve a dar una lección. Genaro y Lucio fueron las autodefensas de su tiempo. El gobierno, entonces como ahora, permite y se beneficia del narcotráfico. El pasado se refleja en nuestro presente.

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