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La presión es necesaria, pero puede dañar

Se dice en el barrio…

Querétaro, Qro.

Desde niña ha estado orgullosa de su nombre; sobre todo porque sus padres se lo pusieron en honor a Edith Piaf; oían sus canciones a toda hora en un viejo tornamesa, y decían que era la mejor cantante del mundo. Pero no vaya usted a pensar que la familia tenía dinero y podía darse lujos. Todo lo contrario. Mina y Andrés presumían que −como Ignacio Altamirano− ellos eran indios de origen y, también, de un rancho cercano a Tixtla. En aquel lugar, la gente pasaba hambres y no podían ni alimentar a sus cuatro hijos. Así, tuvieron que emigrar hasta dar con Querétaro. Mina no pudo trabajar, porque ya estaba embarazada. En el vivero municipal contrataron a Andrés, aprovechando lo que había aprendido en Tixtla. La familia decidió rentar dos cuartitos en el barrio; la gente los recibió con cariño y se quedaron aquí para siempre. Hasta se compraron un tocadiscos “de segunda”. Fue cuando el jefe le enseñó a Andrés quién era Edith Piaf. Por eso le pusieron ese nombre a la hija que nació poco después de llegar al barrio.

La niña terminó la primaria, aunque a duras penas. Ya tenía 18 años, cuando su papá la llevó al vivero, en busca de empleo. El jefe se lo dio. Desde entonces, siempre ha hecho el trabajo pensando que está en Tixtla, aunque no conoce por allá; se entrega de corazón a las plantas, al cuidado de la tierra y a velar por el agua. Siempre la han querido por sus conocimientos del suelo y su espíritu servicial. Cuando, finalmente, llegó el tiempo de jubilarse, el jefe y los compañeros le hicieron una fiesta de reconocimiento y le desearon “feliz tiempo libre”. El jefe le entregó su constancia de jubilada. Los amigos más cercanos le dijeron, medio en guasa, que ahora tendría tiempo para enamorar a alguien y casarse.

Al siguiente día se despertó, dispuesta para el trabajo y, al estar tomando algo para irse, recordó que no tenía que salir: ya estaba jubilada. “¿Y ahora qué voy a hacer con mi vida?”, pensó, inquieta: sus papás ya habían muerto, y sus hermanos se habían ido a otro lado. Edith vivía sola en los cuartitos del barrio donde nació. Sus anteriores dueños le hicieron una buena oferta; ella la aprovechó, remodeló la casita, y la llenó de plantas y flores, que le hacen disfrutar todo el año. Pero no quería esa rutina en lo que le resta de vida, pues aún se siente con fuerzas y ánimos.

En algunas ocasiones ha visitado en el barrio la casa del pueblo, antes vinculada con la universidad, donde dan talleres, cursos, pláticas y cosas interesantes y valiosas. Por eso pensó Edith que, en lugar de encerrarse en su casa a envejecer ‘sin oficio ni beneficio’, podría ofrecer gratis sus servicios allí; pero no los de jardinería −que es su especialidad−, pues unos muchachos ya están enseñando a trabajar la tierra alegremente y de forma productiva. Se le antojó dar un taller de relajación, aprovechando que, en el vivero donde trabajaba, aprendió muchas cosas, no sólo de jardinería; también le enseñaron cómo combatir el estrés, una enfermedad que daña a muchos hoy: a adultos que tienen que trabajar todo el tiempo y dejan en el abandono a sus hijos; es una enfermedad fatal para enfermos y ancianos que, por la pandemia, se quedan encerrados en sus casas ‘como perros sin dueño’. Igualmente, mucha gente acaba en el abandono; o en alguna calle amanece una persona, ya sin vida, abrazada a sí misma, para protegerse del frío o el hambre; muchos centroamericanos llegan buscando trabajo, pero la desconfianza de otros los rechaza y terminan en las vías del tren.

Edith llega temprano a la casa del pueblo, pues tiene una sesión de 8 a 9 de la mañana los viernes. Tiene otra, martes y jueves, de 6 a 7 de la tarde. Recuesta a los asistentes en petates colocados sobre tablas, con el extremo donde van los pies ligeramente más alto que el de la cabeza, para favorecer circulación diferente a la habitual. Con voz suave y pausada, conduce el pensamiento y la atención de los asistentes para que vayan recorriendo su propio cuerpo, mientras Edith lleva en voz alta y suave un conteo paulatino que va del 100 al 80, para que no se dejen asaltar por pensamientos distractores y, de esta manera, ayudarles a relajar, primero, diversas partes del cráneo (la bóveda, el hueso frontal, el occipital, los parietales), después, la órbita de los ojos, los pómulos, las mandíbulas superior e inferior, clavículas, tórax, extremidades y finalmente el vientre. Al concluir el ejercicio, les ayuda, con el conteo ascendente (del 80 al 100) a despertar poco a poco. Finalmente, se levantan muy descansados, y se sientan a hablar de su experiencia en el ejercicio pasado. Edith les insiste que el ser humano, como todo ser vivo, necesita del estrés para estar vivaz; pero que las formas en que lo genera la sociedad moderna dañan más a la humanidad de lo que la favorecen.

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