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Malos diagnósticos, pobres soluciones


En 2017 y 2019, respectivamente, el vocal ejecutivo de la Comisión Estatal de Aguas (CEA) advirtió sobre la crisis de agua que llegaría a la zona metropolitana de Querétaro en 2021. Tal año llegó, en medio de una sequía nacional que está agudizando los conflictos hídricos a lo largo y ancho del país, sin que Querétaro sea la excepción. El agua es el tema de coyuntura. Un tema que también- y por lo mismo- ha estado presente en las campañas para las elecciones en puerta.  

Una reciente evaluación de los compromisos electorales por el agua revela que la mayoría de las acciones planteadas derivan de la adhesión a la Plataforma Ambiental que proponen ambientalistas locales, más que de sus propias agendas de campaña (muchas de la cuales aún no se transparentan).

Hasta ahora hemos escuchado el refrito de promesas incumplidas por administraciones previas: saneamiento de los ríos, captación de lluvia, acceso universal. Nada nuevo. Propuestas sin diagnóstico que nadie dice cómo -esta vez sí- materializar. Algunas admitieron en debate que apenas “iban a revisar la situación del agua”, otros simplemente eluden el tema. Hay quien, como Penélope, tuvo la osadía de decir -parafraseando- que “el Acueducto II no ha recibido mantenimiento, ya no sirve, por eso haremos el Acueducto III”. Es decir, propone la continuidad de un modelo de trasvase que ha dejado deuda financiero-ambiental, provocando despojo de agua y desequilibrio ecológico con una alta ineficiencia: su tiempo útil de vida no fue el estimado, el acuífero del valle de Querétaro no dejó de abatirse como se esperaba y alrededor de 40% del agua traída por su conducto se pierde al entrar a la ciudad.

Sucede que malos diagnósticos conllevan malas soluciones. Cuando se cree, por ejemplo, que las inundaciones se causan exclusivamente por basura en las coladeras, se deja de lado una de las principales causas: la alteración de los suelos. Por lo tanto, queda también fuera buena parte de la solución. Aunque se acabe la basura no se acabará la inundación. En Querétaro se han hecho estudios profundos sobre el agua. Sin embargo, la agenda política sigue careciendo de buenos diagnósticos para definir el problema público.

Tres son los principales componentes de un discurso selectivo que distorsiona la comprensión: pensar al agua como tema exclusivo de consumo para uso humano, dejando de lado que los ecosistemas la proveen y la necesitan para sostener la vida -por tanto, la salud- en todas sus formas; no reconocer al acaparamiento, una de las causas más importantes de la crisis del agua en México; anteponer al factor demográfico frente a otras causas de mucho mayor impacto como la velocidad de urbanización.

Cuidemos nuestros diagnósticos. Cuando no conocemos el problema que queremos resolver, o lo conocemos parcialmente es fácil legitimar propuestas engañosas. Suponemos, por ejemplo, que una ley arreglará las fallas que la ausencia de norma permite. ¡Cierto!, es importante regular, pero no hay nada más conveniente para el estatus quo que una ley a modo. Regular no solo es de interés público, sino particular. De hecho, la Ley de Aguas para Querétaro ha estado en la agenda legislativa múltiples veces en los últimos años. Todas iniciativas con tendencia a normalizar el servicio en manos de privados, un esquema que no cuenta con evidencia de haber resultado benéfico. Por el contrario, es cada vez más patente el acaparamiento con fines de lucro y aumento de conflictos que en consecuencia ha traído. No es, por tanto, la ley, sino el tipo de ley, lo que habría que discutir.  Sobre ello ahondaremos más adelante.

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