Nuestra deteriorada conversación pública

Creo no necesitar mucha justificación para el título que, además, es premisa: nuestra conversación pública está muy deteriorada. Vale la pena en cambio preguntarse porqué. Se me ocurren varias hipótesis, conjeturas o argumentos.
Antes que los argumentos, ensayo una definición no académica de la conversación pública. Se trata de la discusión sobre temas que trascienden el interés individual y que afectan nuestra vida como comunidad política. Se pueden determinar los temas, pero por lo general los definen quienes forman parte de ella. Y justamente de esto último, es que se suscitan los problemas que padecemos actualmente, el lamentable estado de nuestra conversación pública.
El primer argumento tiene que ver con la ruptura del monopolio de la palabra. La figura de las personas intelectuales públicas acaso ya no exista. El problema lo han abordado algunos especialistas, pero es lo de menos. Sin suponer que el pasado solía ser mejor, la conversación pública solía estar dirigida por un puñado de personas que, sin necesariamente tener un área específica de especialización, podían —y solían— elaborar argumentos sólidos o plausibles respecto a un puñado de problemas políticos, sociales y, en menor escala, jurídicos.
El segundo, es consecuencia de lo primero. Actualmente, los temas que ocupan la conversación pública resultan inabarcables. Como ya no se trata de un puñado de personas (oh, sorpresa, en su mayoría hombres, blancos, heterosexuales y entre los 40 y 65 años) quienes expresan o dirigen las principales preocupaciones en torno a los problemas de la comunidad política, surgen nuevos actores relevantes que van colocando en torno a la política reivindicaciones y demandas diversas que trascienden por mucho los temas que una sola persona puede abarcar.
Me concentro, sólo para ejemplificarlo y porque tiene un interés particular, en el tema lingüístico. Es un hecho que las lenguas cambian, como en principio cambian todas las estructuras sociales; es decir, los factores externos a nosotros que orientan nuestro entendimiento y relación con el mundo. Pero esos cambios estructurales desde luego influyen los usos individuales, en este caso, de la lengua. Y vemos disputas sobre el uso de los plurales para los pronombres personales, por ejemplo. O, sobre la conveniencia de aprender o no, tal o cual lengua.
Las personas no expertas en lingüística nos vemos francamente tontas a la hora de decir una u otra cosa, porque sólo podemos articular respuestas de (algo así como) sentido común: es decir, lo que se nos ocurre que es, de acuerdo con una manera de entender las cosas, compartida por algún número de personas. O sea, opinamos sin mucha idea, legitimados por las personas que piensan igual. Y no habría mayor problema, a menos que quienes opinen tengan alguna influencia en la conversación pública; porque además de hacer evidente su ignorancia, lo cual no sería un problema salvo para la persona declarante, banalizan temas que deberían preocuparnos un poco más.
Pero hay una tercera hipótesis o argumento, bastante más negativo: la costumbre dicta que hay que dejar lo peor para el final. Tal vez siempre ha sido bastante mediocre, pero apenas ahora tenemos maneras de, a través de las redes sociales, poder socializar que notamos que los supuestos reyes, siempre han ido desnudos.