Palabrero (II)
Si estoy atento y no busco nada, sólo permanezco atento a mi alrededor, las palabras llegan solas.
Con razón o sin motivo aparente de pronto siento una descarga y sé que debo escribir. Comienza la lucha interna. Peor si no lo hago.
Quiéralo o no, grande o pequeño, el escritor como el político o el doctor, tiene que estar siempre disponible.
Unos son rápidos y otros son lentos, unos son largos y otros cortos, unos son torrenciales y otros contenidos. Encontrar la forma, la medida y el ritmo personal es el punto.
Tienes todo el tiempo del mundo si no pierdes tu ritmo interior.
Los intuitivos y los racionales.
Un voto de silencio y un detector de mierda siempre ayudan, como decía el viejo Hem. Y no escribir ni para las buenas ni para las malas conciencias. La espontaneidad calculada es esencial.
Un verdadero escritor baja siempre hasta el fondo y algunas veces logra salir con un puño de palabras en la mano.
En el camino se van haciendo las armas del palabrero.
Los que meten todo de pronto y luego van sacando y borrando, puliendo; los que ponen una piedra, un trazo, una ventana sin pared, hasta hacer toda la ciudad o el pueblo.
No dejes que tus palabras se calienten demasiado hasta quemarse, ni que se enfríen hasta que ya nadie las quiera.
Bajar al fondo del otro y encontrarse con uno; bajar al fondo de uno y salir al encuentro del otro.
Valorar lo que no conocemos.