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Programa Jóvenes Construyendo el Futuro

Parece que no han entendido el objetivo superior del programa: liberar las fuerzas productivas y generar riqueza con la conciencia, no conciencia con la riqueza.

Las revoluciones y experimentos socialistas y las teorías del Estado de Bienestar propusieron que sea el Estado quien, mediante la distribución equitativa de la riqueza social, genere bienestar y con ello desarrollo. Las teorías económicas del socialismo y del capitalismo jamás contemplaron ni midieron el parámetro “corrupción”, de tal suerte que, teóricamente ambas economías propusieron el crecimiento constante, considerando la infinitud de los recursos globales, es decir el cornucopianismo. El socialismo soviético y de Europa del Este, desapareció, en otros países como China, Vietnam, Cuba o no socialistas, pero con revolución popular, como Nicaragua, la corrupción y la contaminación ambiental son dos temas de su agenda no visibilizadas ni atendidas.

Un error constante del socialismo y de las revoluciones populares ha sido frenar el desarrollo de las fuerzas productivas y centralizar todo en la burocracia estatal, o liberarlas sin control como en el caso chino y con ello degradar abruptamente el ambiente natural. Pero lo más peligroso de todo este berenjenal es que, tanto en el capitalismo como en el socialismo real la superestructura social, es decir la ideología, o mundo de las ideas, penetraron a tal grado en la mente de sus ciudadanos que paralizaron la fuerza innata de los hombres y mujeres, tema profundamente tratado por el psicoanalista Erich Fromm. Situación muy similar en la época del neoliberalismo mexicano.

El programa Jóvenes Construyendo el Futuro, cuyo objetivo superior es activar las fuerzas productivas de una masa crítica adormilada por los regímenes neoliberales, se enfrenta a las propias contradicciones dialécticas. Los jóvenes, en su mayoría, miran el programa como un respiro, una dadiva, un subsidio por haber aceptado ser anestesiados por el régimen neoliberal, no como la oportunidad para capacitarse, reconocer habilidades y capacidades, y emprender su propia actividad productiva. Los tutores, miran al programa como la oportunidad de tener mano de obra gratis, no con el fin de capacitarla y enriquecer su autonomía. Los visitadores del programa se muestran como gestores de futuros empleos, al grado de que preguntan al tutor “¿usted le dará empleo a los jóvenes becarios que están en su emprendimiento?”, estos tres niveles: jóvenes, tutores y visitadores del programa parece que no han entendido el objetivo superior del programa: liberar las fuerzas productivas y generar riqueza con la conciencia, no conciencia con la riqueza.

Un año es más que suficiente para que cualquier joven normal aprenda, estudie un modelo de emprendimiento, pregunte ¿qué, cómo, cuándo, dónde, con qué, porqué? y saque conclusiones para aplicarlas en el propio emprendimiento, y con un muy pequeño capital semilla, el cual puede obtener en el banco del Bienestar, emprenda su aventura para ganar el pan de cada día. El programa no promete, sería un grave error, “convencer” a los tutores para que contraten a los jóvenes, eso sería una medicina peor que la enfermedad. Tampoco propone, sería otro error, pretender que los jóvenes se vuelvan empresarios y ricos. La fórmula es muy sencilla: aprende, produce, comercializa, genera tus ingresos y trata de ser feliz, y que las leyes sociales de selección se encarguen de definir quien crece o no, con base en las capacidades y habilidades de los jóvenes. Es decir no es la panacea, solamente la oportunidad de dar una oportunidad.

Un programa como el descrito, nunca había sido desarrollado con tal magnitud en ninguna parte del mundo, es un experimento que como todo aquel donde participan seres humanos no puede ser controlado o manipulado, a lo sumo orientado, financiado, puede tener objetivos y expectativas, se puede estimar probabilidades, pero jamás tener certezas.

Los Jóvenes inscritos no son una masa homogénea, sino diversa, lo hay con estudios incluso de posgrado, otros sin ellos. Los hay de ciudades, pueblos, algunos son urbanos otros rurales, unos indígenas otros mestizos, tal vez las únicas características que los unen son su rango de edad y que actualmente ni estudian ni trabajan, de allí el epíteto zahiriente de “nini”.

El éxito individual, y en consecuencia del programa, no reside en la puntualidad y entrega directa de las becas, o de las visitas a los emprendimientos, de los análisis estadísticos, ni de las defensas a ultranza, el éxito depende, como siempre de seres humanos: becarios, tutores y visitadores, pero fundamentalmente de los jóvenes, es para ellos todo este esfuerzo nacional, si no lo aprovechan, como decía certeramente una maestra “ni manera”.

Pero siendo estrictos y científicos, no podemos culpar al neoliberalismo de todos los males, cada ciudadano forma parte del sistema y es parcialmente responsable de lo que ocurre. Los jóvenes, efectivamente fueron olvidados por el sistema, pero, en su mayoría, se hicieron invisibles a sí mismos y se sumergieron en el silencio o en lo contestatario.

Una contribución para la mejora continua del programa sería que:

1. Todo becario tuviera la obligación de entregar, durante el primer mes de su estadía, un plan de trabajo de su capacitación elaborado por el mismo, con base en las condiciones y oportunidades del emprendimiento y del tutor, a través del cual especifica ¿qué hará cuando finalice su estancia?;

2. Realizarles revisiones bimestrales y evaluar el avance, si durante tres bimestres no cumple con sus propios objetivos se debería dar de baja, con el impedimento de volverse a inscribir en el programa;

3. Abrirles las puertas en el Banco de Bienestar para recibir el crédito semilla a la palabra y orientarlo en como obtenerlo;

4. Impedir que las instituciones públicas de los tres ordenes de gobierno incluyan a becarios, puesto que dentro de la estructura del elefante reumático y echado, no hay nada que aprender.

Para activar las fuerzas productivas no basta la buena voluntad, sino el compromiso de los participantes y sobre todo de los jóvenes. Las buenas ideas, los buenos programas deben ser estrictamente supervisados, evaluados, corregidos y re-inventados, es decir transformarlos continuamente, la Cuarta transformación no lo es si no es permanente.

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