Punto y Seguido

Cioran

El que pertenece orgánicamente a una civilización no sabría identificar la naturaleza del mal que la mina. Su diagnóstico apenas cuenta; el juicio que formula sobre ella le concierne.

Del inconveniente de haber nacido; La tentación de existir; Breviario de los vencidos. Tres de la mañana. Percibo este segundo, después este otro; hago el balance de cada minuto. ¿A qué viene todo esto? A que he nacido y no sé a quién echarle la culpa.

El que pertenece orgánicamente a una civilización no sabría identificar la naturaleza del mal que la mina. Su diagnóstico apenas cuenta; el juicio que formula sobre ella le concierne; la trata con miramientos por egoísmo. Al igual que amas los libros que te hacen llorar, las canciones que te han cortado el aliento, los perfumes que te insinúan renunciamientos, a las mujeres extraviadas entre el cuerpo y el alma, así sucede con los mares: te enamoras de aquellos cuyo oleaje induce a ahogarse en su seno.

Sin embargo, el mal, el verdadero mal, está detrás y no delante de nosotros. Lo que a Cristo se le escapó, Buda lo ha comprendido: “Si tres cosas no existieran en el mundo, oh discípulos, lo Perfecto no aparecería en el mundo…” Y antes que la vejez y que la muerte, sitúa el nacimiento, fuente de todas las desgracias y de todos los desastres.

Todos sus éxitos les vienen de su salvajismo, pues lo que cuenta en ellos no son sus sueños, sino sus impulsos. ¿Que se inclinan a una ideología? Aviva su furor, hace valer su trasfondo bárbaro y les mantiene despiertos.

El mismo hombre que va de puntillas por las losas de la iglesia, escupe en los jardines. Elevemos lo que se ve al rango de alucinación; lo que se oye, al nivel de la música, y es que en sí mismo, nada es. Nuestras vibraciones constituyen el mundo; la relajación de los sentidos, sus pausas.

La imposibilidad de encontrar un solo pueblo, una sola tribu donde el nacimiento provoque duelo y lamentación, prueba hasta qué punto la Humanidad se encuentra en estado de regresión.

El intelectual fatigado resume las deformidades y los vicios de un mundo a la deriva. No actúa: padece; si se vuelve hacia la idea de tolerancia, no encuentra en ella el excitante que necesita. Es el terror quien se lo proporciona, lo mismo que las doctrinas de las que es desenlace. ¿Que él es la primera víctima? No se quejará.

Las doctrinas carecen de vigor, las enseñanzas son estúpidas, las convicciones ridículas y estériles las florituras teóricas. De todo lo que somos, vida no hay sino en las potencias del alma. Cuando estoy despierto, no sé en qué creer; cuando estoy atribulado, menos aún. Pero ¿por qué cuando estoy así, carente de toda fe, la vida se transforma en yo y yo estoy en todas partes?

De todas formas, no estamos al servicio de los mismos dioses. Si los míos son impotentes, no hay razón para creer que los vuestros lo sean menos. Y aun suponiendo que sean tal y como los imagináis, todavía les faltaría el poder de curarme de un horror más viejo que mi memoria.

En lo más íntimo de los individuos, como de las colectividades, habita una energía destructora que les permite desplomarse con cierto brío: ¡exaltación ácida, euforia del aniquilamiento! Entregándose a él, esperan, sin duda, curarse de esa enfermedad que es la conciencia.

Los pensamientos se han encariñado de forma pasajera con la existencia y presumimos de que somos. También nuestros pies, faltos de una soñadora timidez, profanan las sombras cuando las pisan con confianza y seguridad. Un instante de lucidez, sólo uno; y las redes de lo real vulgar se habrán roto para que podamos ver lo que somos: ilusiones de nuestro propio pensamiento.

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