Punto y Seguido

Decir sin pontificar

Leo a Antonio Escohotado:

Aprender a decir sin pontificar. Se habla de economía, política, sociedad, apoyándose sobre un puñado de clichés anacrónicos, puro corazoncito sin corazón, que caben en los dedos de una mano y desafían la facultad universal de encontrarle sinónimos a todo: izquierda, derecha, extrema, ultra, fascista.

El tesoro lingüístico se cortocircuita al tocar ciertos campos. Si afortunadamente tanto el nazismo, como el fascismo no sobrevivieron a la segunda guerra mundial, y son desde entonces mini-grupúsculos muy desperdigados. El fascismo dejó hace mucho de representar a Mussolini o a Hitler, y hoy significa “ideología del que no profesa la mía”.

Al menor indicio de disidencia conceptual, sin aparato histórico y léxico pero instalados en la corrección política te mandan a freír espárragos.

Leo a Carlos Bravo Regidor:

A la promesa anticorrupción del lopezobradorismo le está llegando su momento de la verdad.

Ya no bastará con acusar la corrupción de los otros.

Deberá demostrar que él y los suyos de veras pueden gobernar diferente.

Que no incurrirán en lo mismo que denunciaron, con sobradas razones, cuando eran oposición.

Es propio de gobernantes autoritarios utilizar la historia a su conveniencia. Para darle un barniz de nobleza a sus canalladas.

Leo a Ezra Shabot

La incertidumbre es real. La cancelación del aeropuerto de Texcoco es real. Han chocado el poder económico y el político, representado por Morena y López Obrador. En campaña aseguró a sus seguidores que iba a cancelar el proyecto aeroportuario, al mismo tiempo que hizo el mismo compromiso con la Coparmex en el sentido opuesto. La lógica política de beneficio inmediato llevó al presidente electo a dejar en segundo plano a los empresarios y complacer a sus aliados políticos y económicos encabezados por Riobóo.

Si de lo que se trata es de cambiar la forma de gobernar y de resolver las enormes carencias de la mayoría de los mexicanos, deberían comenzar por el simple ejercicio de aprender a sumar y restar con la precisión necesaria para evitar desatar las fuerzas económicas, que siempre terminan por destruir lo que no tiene un sustento. El fracaso del nuevo régimen puede ser el de millones de pobladores de este país.

Leo a López Obrador:

Quiero que se ponga en la Constitución, es una propuesta para que ustedes lo analicen y en su caso se apruebe, quiero que cuando menos se ponga un renglón en la Constitución que diga: los aumentos al salario nunca serán inferiores a la inflación. Para que entre todos le demos una cachetada con guante blanco a la política neoliberal que le quitó poder adquisitivo al salario, porque durante mucho tiempo siempre estuvieron por abajo de la inflación, eso se termina”.

Leo a Enrique Quintana:

¿no sería mejor discutir una política de crecimiento económico que genere una alta demanda de fuerza laboral y que permita que todas las remuneraciones crezcan en términos reales y no sólo los salarios mínimos?

Claro, el problema es que esa política no va a generar vítores como lo hizo la propuesta de AMLO.

Leo al odiado Macario:

En México el Congreso parece un palenque. La abrumadora mayoría de Morena prácticamente impide cualquier movimiento de la oposición, pero la falta de estructura de esa organización no permite un funcionamiento lógico. Se presenta cualquier cantidad de iniciativas, sin ton ni son: eliminar la reforma educativa, sustituir la palabra “varón” por “hombre” en la Constitución, poner las reservas del Banco de México a disposición del Presupuesto, incrementar la retención de impuestos en las operaciones, lo que sea que se les ocurra.

Mientras el desorden campea en el Congreso, desde el equipo de AMLO no surgen soluciones. Pospusieron otra vez el plan de seguridad, seguimos esperando el Presupuesto, nada claro hay en educación o energía. Es cierto que su gobierno empieza dentro de tres semanas, pero fue AMLO el que quiso hacerse del poder desde el día de la elección y arrollar a la administración de Peña. El vacío actual es su responsabilidad.

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