Punto y Seguido

Examen

Se trata de describir las sensaciones, emociones y razonamientos provocados en el lector, tanto de cada uno de los párrafos, como del total del texto. Al final, y si se tiene ánimo suficiente, investigar quién es el autor de los párrafos y cuál el orden original.

  1. Para fotografiar las lagunas, Brenda se aproximó a la orillita del precipicio, y le pidió a Germán que se acercara, quería entregarle su bolso para manejar con más comodidad la cámara, a pesar del miedo al vértigo que le producían las alturas Germán caminó muy despacio hasta donde se encontraba su esposa, pero en el momento de recibir de ella el bolso, de repente, con un ademán instintivo, con un gesto que nunca hubiera imaginado realizar, le dio un empujón con la mano abierta, suficiente para que Brenda se precipitara en el vacío.
  2. Debe cuidar la redacción, la sintaxis, ¡la puntuación! Debe empeñarse en la conformación de los diálogos; la gente no habla como los hace hablar el autor, y sin un oído despierto al habla coloquial nadie puede ser un buen novelista. Debe trazar con más hondura sus personajes; en particular al protagonista que a veces parece un jovenzuelo y en otras un conservador a ultranza. Un hombre que asesina a su mujer, así sea “instintivamente”, no puede actuar como un muchacho atribulado por una moral católica estrechísima que en nuestros tiempos resulta inverosímil. Debe el autor frecuentar lecturas de novelistas importantes, sobre todo los que economizan descripciones y diálogos: desde el segundo Azorín hasta el Hemingway de los cuentos. Si le interesa tanto la novelística policiaca como lo hace sentir, el autor debe leer a escritores como Dassiel Hammet o Patricia Highsmith. Ésta última es un gran ejemplo de cómo consigue un novelista meter al lector en el alma del criminal. A la manera de un ejercicio de formación, debe intentar escribir cuentos cortos antes de saltar a la novela. Etcétera.
  3. Desde luego Mónica no era una mujer religiosa. Dejó de creer desde los catorce, quince años. Un sábado en la tarde acompañó a su madre a una misa de bodas y al regresar a casa, luego de un desorbitado banquete en la Hacienda de los Morales, experimentó una deslumbrante certeza: No creo. Así nada más: no creo y punto. Se acabó. A partir de entonces fue acumulando con la voracidad de un coleccionista toda suerte de juicios y prejuicios contra la fe de su madre y del cabrón de su marido. Quienes se decían creyentes eran de suyo desconfiables, sospechosos: seres humanos de segunda. En el ambiente de su oficio no soportaba a escritores como Javier Sicilia o Francisco Prieto que a toda costa insistían en convertir la fe de los cristianos en el asunto protagónico de sus novelas. De eso los acusó alguna vez durante una entrevista para La jornada, y algo de eso tenía desde su título, pero como inasible, como morboso y fascinante, el Sentimiento de culpa de Gerardo Mendívil.
  4. Mónica recordó entonces aquel cuento de Chéjov. Veía a la niñera Varka ⎯el nombre de la chiquilla de trece años era lo único que recordaba con exactitud⎯ arrullando en brazos a un bebé que llora y llora y llora mientras ella se muere literalmente de sueño. Tan invencible es el sueño de Varka, tan intolerable el llorido del bebé, que Varka empieza a oprimir el cuerpecito indefenso, a oprimirlo cada vez con más fuerza hasta que el llanto del bebé amaina, desaparece. El bebé está muerto y Varka duerme al fin, aliviada.

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