Se dice en el barrio

Franki

Se dice en el barrio

Querétaro, Qro.

No les miento. Ese miércoles me levanté temprano porque el gerente me dijo que le hablaron de Tolimán: que se quedó pegada una plancha o se rompieron unos engranes o no sé qué pasó… (Dense cuenta, porfa, que hace apenas cinco semanas que entré a la fábrica, y todavía no acabo de saber a qué se dedica). El caso es que dijeron que no se puede quedar parada la sucursal: hay que hacer entregas los viernes y había que llevar al técnico, en un viaje de ida y vuelta el mismo día, a que arreglara el desperfecto. Como ahora soy el único chofer, no me pude negar, además de que me darían un dinerito por esas horas extra.

Recogí al especialista para llevarlo a Tolimán. Apenas acabábamos de salir, vi a un hombre que estaba saliendo del canal de allí cerca, o así me pareció. Llevaba ropa sucia y rota, extraña. Me impresionó su aspecto avejentado, tal vez por estar tan mugroso, la barba despeinada y el cabello alborotado, aunque no parecía tener más de 40 años. Pensé en buscarlo de regreso.

Días después, cuando pasaba por donde lo había encontrado antes, volteaba para todos lados, por si lo volvía a ver. No lo hallaba. En un rato libre que tuve en la chamba, me fui caminando al puente y, desde allí, me asomé al canal. Abajo, sólo se veía el agua puerca que viene de las fábricas y la basura que trae siempre; además de eso, yerbas silvestres de todo tipo y tamaño. Eso sí, con una pestilencia que para qué les cuento…

Me quedé parado un rato, pensando cómo preguntar por él y dónde. En eso, veo que viene caminando en el mismo puente en que yo estaba recargado; él, más mugroso, con su vieja ropa del otro día y con un paquete bajo el brazo izquierdo. Al verlo, le sonreí, pero creo que ni me vio. Continuó, y empezó a bajar al canal. Lo seguí con la mirada y vi que, antes de llegar al agua, apartó unos matorrales y se metió al boquete que dejó abierto. Me armé de valor y yo también bajé y entré. Estaba muy oscuro, o yo venía deslumbrado con el sol de la calle; el caso es que no veía nada. Saqué mi celular para alumbrar con la linterna, y lo vi. Con la mano, él se hizo sombra para cubrirse los ojos y me preguntó con fuerza quién era yo y qué quería allí.

Le dije que me llamo Eleazer, que trabajo en la fábrica de la otra calle; que ahora lo vi entrar a la cueva y pensé que estaba en peligro; que entré con la intención de ayudarlo. Le pregunté si estaba bien. Me creyó y suavizó su voz. Después de unos días, volví a visitarlo. Me dijo que se llama Franki y que aquí vive, que ésta es su casa. Lo que le preocupa es que, con las lluvias fuertes, puede subir el agua hasta su cueva, y él se tendrá que ir, o morirá ahogado. Pero no sabe dónde buscar ni con qué pagar casa.

Habiéndome hecho ya su amigo o, al menos, su conocido, lo visité otra vez; le llevé una bolsa de pan, dos litros de leche y algo de ropa usada. Entonces me platicó que él es de Guatemala, y que se vino de allá con interés de pasar a Florida, pero en Querétaro lo asaltaron y le quitaron su cartera, con el poquito dinero que traía y su tarjeta de identidad; en otras dos ocasiones, lo golpearon y hasta lo dieron por muerto; también se llevaron el bultito de ropa que tenía. Así, dice, no puede seguir su camino. Está más desprotegido que nunca. Comenzó queriendo hacer la denuncia ante la policía, pero allí mismo abusaron de él nuevamente; hasta lo amenazaron con sacarle los ojos si los delataba.

Desde entonces, vive buscando restos en los botes de basura que cuelgan de los postes. Antes, iba a zonas elegantes, de gente rica, pensando que le darían dinero si pedía limosna; pero siempre le fue mal y hasta lo insultaban; la gente se alejaba de él con asco y le decía que apestaba. Una señora que vio cuando lo corrían, se le acercó para aconsejarle que mejor pidiera ayuda entre los pobres; que fuera a las paradas de los buses, donde los trabajadores esperan su transporte, y seguro le darían algo. Así vive ahora.

Pero, seguro que no va a ir más con las autoridades ni con la policía. No quiere que lo maten.

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