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La narcocultura en la red

La narcocultura no cesa de penetrar en la sociedad y de diversificarse. Lo que en un inicio se remitía al narcocorrido o a series televisivas, hoy en día incluye una amplia oferta de merchandising y de personajes utilizados para comercializar un sin número de productos. Están disponibles, por ejemplo, playeras con la imagen de El Chapo, Rafael Caro Quintero, Ernesto Fonseca Carrillo o Miguel Ángel Félix Gallardo, capos históricos del narco mexicano.

Playeras, posters o tazas con estos personajes pueden adquirirse directamente en Amazon comercializados por marcas estadounidenses como Conversation Prints, empresa con sede en Miami, Florida. Es de subrayar la importante oferta de narcomoda, prendas de vestir con las que narcos fueron captados, convirtiéndose voluntaria o involuntariamente en influencers prescriptores de marcas y modelos. Tal es el caso de la camisa con la que El Chapo fue fotografiado en su encuentro con Kate del Castillo y Sean Penn, cuya réplica se vende en Internet con un precio de 140 dólares. El Chapo Guzmán es sin duda una de las figuras más comercializables, pues lo mismo aparece en gorras o miniaturas con las siglas JGL (Joaquín Guzmán Loera) o como una caricatura estilo los Simpson.

El merchandising no es exclusivo del Cártel de Sinaloa, también es posible comprar souvenirs del Cártel Jalisco Nueva Generación con la fotografía de su líder Nemesio Oseguera Cervantes, alias El Mencho, o un termo con las siglas de su cártel. Tales productos se venden por un precio que oscila entre los cuatrocientos y cuatrocientos cincuenta pesos.

La narcocultura se manifiesta en la vida cotidiana de diferentes maneras y a través de diversas expresiones. Los ‘outfits’ narcos están en el mercado y los narcotraficantes son una suerte de íconos culturales que saltan de la narcomitología y sus historias a las prendas de vestir y los afiches para decorar. Se instalan en el centro de la vida cotidiana convirtiéndose en objetos de uso diario. Una camisa de diseñador o una playera ‘de marca’, se convierten en artículos aspiracionales para muchos jóvenes en busca de mostrar su estilo de vida o su simbólica cercanía con el poder. Así como en su momento sucedió con el Che, Frida o Madona, la imagen de los narcos es apropiada por la gente desde diferentes lecturas y miradas. Existe la pulsión por la cercanía con la fama, el uso del suvenir para representar identidad u origen, la exhibición de la prenda como una bandera o referente de un estilo de vida, pero también la comunión con ciertos valores o rasgos de carácter del narco admirado. También hay quien los recupera por su disponibilidad como discursos simbólicos representativos de una sociedad y de una era.

La normalización de estas figuras es de por si dañina, pero lo es aún más su glorificación. Su uso mediático y mercadológico está exento de crítica o condena; su representación es, de muchas maneras, una forma de reivindicación o legitimación: ¿son asesinos? sí, ¿son delincuentes? sí, ¿son traficantes? sí, pero son también íconos culturales, nuestros jefes de jefes en más de un sentido. Tal lectura contribuye a su consolidación como referentes de éxito y ascenso social para las nuevas generaciones.

La derrota frente al narco no es solo producto de una estrategia de seguridad inexistente que no solo no los combate, sino que inexplicablemente los cuida y los procura. La derrota también es cultural, pues su narrativa ha erosionado y erosionará por generaciones el tejido social y el sistema de valores que, pensábamos, servía de base para una convivencia social pacífica. Tristemente, el narco es hoy por hoy la forma cultural más expansiva disponible en México.

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