La guayaba
¡No sé si lo mío fue presagio o destino! Dice mi mamá que, desde que el doctor le dijo que estaba embarazada, ella supo que yo iba a ser niña. Se la pasaba acusando a mi papá porque se le reía en la cara, pues ella seguía firme en su presentimiento, mientras que él aceptaba lo que viniera, diciendo que eso depende de la naturaleza. En cambio, ella aseguraba que les llegaría una mujercita.
Vivían en una vecindad del centro. El doctor les dio la noticia de que yo venía, y fue cuando, por coincidencia, la dueña les pidió la casa. Fue cuando, busque y busque, dieron con una casita aquí, en el barrio. Fue donde nací y crecí.
Aunque tenía dos cuartos grandes y otro, chico, como para una cocina, la renta era mucho más barata, porque ya estaba en las orillas de Querétaro. Más que eso −me contaban mis papás cuando yo ya estaba grandecita y entendía las cosas−, lo que realmente les encantó es que el terreno era grande, como de 200 metros o algo así, y tenía muchos árboles; hasta había algunos frutales y la tierra se veía muy buena. Me decían que es porque antes era un lugar de cultivo y para la cría de animales de granja.
En esa casa crecimos mis dos hermanas y yo. Nos poníamos unas buenas friegas, porque mis papás siempre nos pedían que les ayudáramos a cosechar jitomate, chiles, cebollas, calabazas y todo eso, y nos hacían que quitáramos las piedras y volteáramos la tierra con una pala. Pero teníamos que hacerlo tempranito, para que, a eso de las once de la mañana, cuando ya está el sol muy fuerte, dejáramos en paz “la labor”, como decían ellos. Nos ponían enfrente una jarrota de agua de limón y, a trago y trago, nos refrescábamos para, después de un regaderazo, sentarnos a comer y, enseguida, irnos a la escuela.
Siempre nos quejábamos de que mis papás nos trajeran en joda, pero bien que nos gustaba ese lugar, grato para nosotras, lleno de plantas y con árboles tupidos de pájaros que, desde muy temprano, comenzaban a cantar y, ya en la tarde, regresaban a pararse, como si cada uno tuviera ya apartado su lugar. Acurrucados, allí pasaban la noche y, al otro día, iniciaban su concierto.
En aquella época murió mi papá. Nunca supe bien por qué. Sólo recuerdo que un día, vi a mi mamá llorando, y se la pasó hablando por teléfono. Luego, llegó mucha gente; mi mamá nos la presentó, y decía que eran tíos, primos y amigos de la familia. Ellos cargaron el cadáver y todos, en procesión y cantando, nos fuimos caminando hasta el cementerio. Lo enterraron, varios hablaron muy bonito de mi papá y, luego, se regresaron a sus casas. Mi mamá estuvo varios días muy triste, pero luego retomó el ánimo y se hizo cargo de nosotras por completo.
No sé si por la muerte de su esposo, mi mamá insistió en que gatos y perros son, junto con los amores de la vida, nuestros mejores compañeros. Eso me recuerda que en la casa vivieron siempre “Zaz”, “Solovino”, “Güera”, “Nagual”, “Loba”, “Escuincla” y muchos más, hasta que, al hacerse ancianos, entregaban el equipo. Hubo una perrita de la que me enamoré; le pusimos por nombre la “Guayaba”. Yo ya estaba en la prepa y mis hermanas iban a la secu. Encontramos a la Guayaba, resguardándose, en un rincón de la puerta; temblaba como si tuviera frío; mi mamá la envolvió en una cobijita; con un biberoncito de juguete, le dio leche y así la estuvimos cuidando hasta que sanó y fue creciendo. Era muy juguetona, y siempre se nos echaba encima, de gusto, cuando llegábamos de la calle. Le encantaba salirse cada que abríamos la puerta; al rato regresaba, se echaba frente a la reja y nos esperaba allí, quietecita; cuando abríamos, se metía a la carrera, como si le diera mucho gusto estar otra vez con nosotras.
En una de esas ocasiones, salió cuando pasaba un camión de refrescos. Con la llanta de la izquierda le pasó por la cadera y las patas traseras. Allí se quedó echada, y volvía los ojos hacia nuestra casa, como queriendo gritarnos. Salimos preocupadas mis hermanas, mi mamá y yo. La envolvimos con cuidado en la vieja cobijita con que la cubrimos cuando llegó a nuestra casa, y fuimos a buscar al veterinario de la calle siguiente. Durante tres días seguimos al pie de la letra las recomendaciones del médico, pero no se salvó. Al morir, la enterramos en la parte de atrás del terreno de la casa. Fue cuando me decidí: Voy a ser veterinaria.