Se dice en el barrio

Se quedan con lo nuestro

Anastasia (Tacha) está muy preocupada, piense y piense qué hacer. Ni siquiera puede dormir bien. Se descubre, desde las primeras horas de la madrugada, despertándose a mitad del sueño, alarmada y con preguntas siempre dándole vueltas en la cabeza.

El martes pasó por la calle una camioneta, con sonido en el techo. Informaba que, a causa de la sequía, no hay agua en las tuberías del barrio. Dijo que el compromiso del presidente municipal es no dejar a la población sin abasto, aunque sea en pipas, por lo que pide a todos que tengan cubetas para recibir su ración; también informó que se repartirían 50 litros por toma de agua.

Después de eso, Anastasia menos pudo descansar. Se sintió mal con tantas preguntas que le surgieron en la mente: “¿cómo le haremos, si en la vecindad tenemos sólo un medidor para todos y, por eso, sólo una toma de agua? Se asume que aquí vive sólo una familia, pero, en realidad, somos cuatro las que estamos rentando y, si nos repartimos esa cantidad de agua de la toma única, apenas nos tocarán 12 litros y medio por cada una. ¿Para cuánto tiempo y para hacer qué? Apenas si cocinaremos un arroz para la comida; ¿y luego?”.

En vez de hallar respuesta a sus preguntas iniciales, se tropezó con otras cada vez más angustiantes: “¿Qué más comeremos? ¿Con qué vamos a lavar los trastos del desayuno, del mediodía, de la cena? ¿Qué onda con la limpieza personal de cada quien? ¿Y el excusado? ¿Y el lavado de la ropa? ¿Y el aseo de la casa? ¿De dónde tomaremos agua durante el día, ahora que los calores están tan fuertes?: ni modo que nos la pasemos tomando refrescos embotellados”. Anastasia pensó: “ni siquiera cuando vivíamos allá, por las vías, con senderos de puro tepetate, perdidos entre matorrales, tuvimos una sequía tan grave como ésta”.

Además de la preocupación por la escasez de agua, piensa Anastasia, “realmente me da muina que las zonas de privilegio ‒donde viven ricachones y los que trabajan para ellos, o sean, el gobernador, el presidente municipal y los funcionarios‒ no sufren por sequía, ni se regula a las grandes empresas. Al contrario; de ellas dicen que no se les puede negar el agua porque, supuestamente, dan empleo y servicios a la sociedad, pero, al final, se quedan con las ganancias que producen los trabajadores (aunque hablen de reparto de utilidades una vez al año)”.

Otro punto del tema que le preocupa a Tacha es que: “No tenemos agua para satisfacer nuestras necesidades básicas ni lo que hoy nos afecta. Pero no podemos resolver esa injusticia, porque la organización y la legislación están en favor de los que dominan lo económico y lo político; o sea, los poderosos son los que deciden, y parece que nosotros no podemos oponernos a sus mandatos y sólo nos toca obedecer. Me imagino que, por eso, ha habido revoluciones en el mundo: la gente está cansada de vivir sometida a los jefes y no tener de otra más que obedecer. La vida es inequitativa: a unos les da de más, abundantemente, y a otros los mantiene en la miseria”.

A fuerza de no querer aceptar lo que parece que el destino otorga, Tacha se enfrascaba en sus cavilaciones y llegaba casi siempre a la misma conclusión: “Lo que nos toca es lo que hicieron el cura Hidalgo y el cura Morelos: levantarse en armas y tomar la Alhóndiga de Granaditas, aunque, a veces, necesitemos unos pípilas; todo sea para que podamos recuperar lo que ellos nos han robado. Como dice mi comadre Consuelo: «es necesario ponernos de acuerdo y luchar codo con codo; de lo contrario, nos toman la medida, nos dan lo que les viene en gana y nos tratan como sus hilachos». Varias veces me alvirtió mi comadre que, aunque pobre, una tiene su dignidad y, por eso, no aceptamos las limosnas que nos dan los ricos; pero lo doloroso es que ellos están convencidos de que, si nos ofrecen algo, es porque son generosos; y no reconocen que nos dan sólo un poquito de lo que antes nos arrebataron. Por eso no debemos dudar en tomar de eso poco que dejan, pues es mejor que nada. Pero no es regalo: nos merecemos todas las riquezas de la vida”.

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