Opinión

Comentarios a “El mito de la transición democrática”

Las leyes que podrían sustentar derechos a una vivienda digna, a la recreación que propicia gusto por la vida, al encuentro gozoso con el saber en la escuela, a la comunicación reforzadora de comunidad, al trabajo que favorece construir un mundo sano y agradable.

Parte 2

Por:Guajardo González

La liberación femenina consiste, en la mayoría de los casos, en que las mujeres dejan a sus crías en la escuela, para poder trabajar más tiempo y ser explotadas más exhaustivamente. La erradicación de mitos y tabúes no ha posibilitado que cada quien decida sobre su cuerpo, ni que todos tengan un “cada-día” de alegría y gusto por la vida.

Las leyes que podrían sustentar derechos a una vivienda digna, a la recreación que propicia gusto por la vida, al encuentro gozoso con el saber en la escuela, a la comunicación reforzadora de comunidad, al trabajo que favorece construir un mundo sano y agradable; las leyes, pues, que garanticen una vida humana plena son cada vez más extrañas en México, pues aquéllos a los que se les pagan altos sueldos por promover beneficios para todos se han dedicado, más bien, a privatizar el mundo, a privatizar la calle, a privatizar aguas y tierras, a privatizar la existencia.

Por eso dice Ackerman que en México se vive doble fracaso histórico: (1) se ha vuelto esclavización –y cada vez mayor– lo que se presenta como liberación, que no es más que promover la monopolización y la explotación; y (2) la democratización política ha dado lugar a que sólo unos cuantos tomen las decisiones que conciernen al pueblo entero.

Todo ello habla de corrupción cada vez más cínica por parte de quienes ejercen el poder político; y también de ejercicio ilimitado del robo descarado por parte de quienes han acaparado el poder económico. Es decir, esos corruptos y ladrones han hecho algo más que ejercer un poder político que no les corresponde y usufructuar unos bienes que no han producido; ese “algo más” que han hecho consiste en que han despojado a los mexicanos de su humanidad, de la determinación de su propia existencia; nos han quitado nuestro mundo, nuestro hábitat y, a final de cuentas, nuestra posibilidad de ser.

Pero, peor, echan en las espaldas de los mexicanos el lastre de una culpa –no sé si es una culpa válida o no, pero al fin y al cabo es la culpa del que es testigo de un crimen y se queda paralizado por el espanto, por lo que no denuncia ni grita–; es la culpa del cómplice. ¿Es ésta la condición actual de los mexicanos? Ackerman dice que no, que la sociedad mexicana se ha vuelto cada vez más exigente y que, al menos en ciertos sectores, como los estudiantiles, los juveniles, los informados, hay manifestaciones de crítica y de exigencia cada vez mayores y más organizadas.

 

Ojalá…

El libro de Ackerman es de denuncia, denuncia que conmueve hasta las entrañas, porque no le falta razón. Y también conmueve porque, como el espejo de la madrastra de Blanca Nieves (“Dime quién es la más bonita de este reino”), la imagen que regresa a los mexicanos pone al desnudo varias razones de nuestro infortunio.

Una de esas razones es que los grupos en el poder (para este caso, encabezados por el sempiterno PRI y Televisa) monopolizan y reescriben cada día la historia del país y de cada mexicano.

Don Luis González, historiador mexicano, hablaba de cuatro intereses que guían epistemológicamente las formas de escribir la historia. El primero de ellos, y que a don Luis le interesaba denunciar, es el que da lugar a la “historia de bronce”, es decir, esa historia que se plasma en las efigies, las estatuas, los monumentos, etc., para significar los momentos culminantes y más dramáticos del acontecer nacional o local. Así, por ejemplo, está la estatua monumental de Conin sobre la autopista que va a la ciudad de México, a la altura de Miranda, y que presenta a un hombre hierático, fuerte y con gesto decidido. ¿Quién fue Conin? Un cacique, que contrajo matrimonio con una mujer de la nobleza local, en Maxei (Querétaro), cuando se estaba consumando la conquista en Veracruz y Tenochtitlan, y que se puso a las órdenes de los españoles cuando llegaron finalmente a Querétaro en su marcha hacia el norte. Fue bautizado como Fernando de Tapia, y puso a disposición de los conquistadores todas sus influencias y su capacidad de mando sobre la población autóctona, para obtener una posición de privilegio. En la historia que se enseña en las escuelas queretanas aparece como el gran apaciguador de los otomíes, e impidió las agresiones de los feroces chichimecas.

Como ésa, todas las historias locales y la historia nacional han sido hurtadas y reescritas por el poder político, económico e ideológico del país. No son lamentables esas narraciones meramente porque signifiquen un engaño, sino porque a final de cuentas son un despojo de la identidad de los pueblos, que ya no pueden contar su propia historia.

Y no queda sólo en eso, sino que la historia de bronce, a la manera descrita, también significa despojo de proyectos, de futuro. Si el pasado es hurtado y trastornado, la consecuencia natural es que también queda así cooptado el futuro; los hombres no pueden ya planear cómo construir su vida y la de sus hijos y nietos; la historia social y las historias familiares e individuales quedan en el aparador y dejan de tener significados y de ser propuestas de futuro.

Los engaños sistemáticos del PRI durante 80 años, la habilidad sistemática de los monopolios económicos, la sutileza de los aparatos ideológicos del Estado han estado sometiendo incesantemente a la población, para dejarla completamente indefensa.

 

 

 

 

 

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