Opinión

Cuatro disidencias entre la utopía y la perdición

Por: María del Carmen Vicencio

Una vez más parece inevitable referirse a los profesores. Es mucho el escándalo que provocan y el repudio mediático y social que los persigue como para no percibirlos. La mayoría de la población, sin embargo, sólo oye un ruido tan estridente y molesto, como ininteligible.

Así cada quien interpreta lo que puede, muchas veces desde su alienación mediática. Para el común de los ciudadanos es más simple asumir la versión dominante y dejarse llevar por el morbo del rumor caníbal, que cambiar de perspectiva. Para los representantes populares, conviene más seguir la corriente y “cuidar su propio pellejo” que contradecir al poder.

En este contexto resulta poco serio hacer generalizaciones como son frecuentes en las arengas furiosas de “analistas” televisivos y en las declaraciones oficiales: “Los maestros disidentes siguen intereses egoístas; no cederemos a sus chantajes”.

Al menos debiera quedarnos clara la INMENSA diversidad cultural, ideológica, motivacional, de historias, trayectos formativos y CONDICIONES,… que tienen los profesores, a lo largo y ancho del país. Diversidad no sólo derivada de los múltiples contextos geográficos y culturales; sino de la tremenda desigualdad mexicana (mientras unos mueren hambre, otros devienen en multimillonarios). Se debe también a que, según el principio republicano, tenemos derecho a pensar, sentir y actuar de modo distinto al dominante; a buscar o inventar otros caminos.

Dicotomizar a los maestros en: “buenos” y “disidentes” es indicio de negligente miopía. En este maremágnum hay muchas razones y formas de disidencia, que no siempre se dejan ubicar siguiendo criterios geográficos o sectoriales. Reconozco al menos cuatro que se entrecruzan, mezclan, conviven y rivalizan como en una pintura de Pollock.

Una es la que los medios masivos presentan como LA ÚNICA, para justificar todo autoritarismo gubernamental (servidor del gran capital): la de los maestros “aviadores”, abusivos y corruptos, iletrados e irresponsables, negligentes y violentos, que braman porque las reformas “ponen en riesgo” su modus vivendi privilegiado. Frente a ellos cualquier ciudadano poco informado dará la bienvenida a la cerrazón gubernamental: “No hay marcha atrás”.

Pero ésta NO es la única disidencia. Hay otras ante las que hacer oídos sordos resulta irresponsable y pernicioso para la mayoría de la población.

Otra disidencia se da, sobre todo, por parte de los maestros más pobres, altamente comprometidos con sus comunidades; tan cerca de sus miserias que no se dejan engañar por las fantasías gubernamentales de “excelencia”. Maestros que entregan su vida en inhóspitos lugares, con sueldos raquíticos, esperando su paga por meses; que no alcanzan actualización (nunca hay presupuesto); que “deben” poner de su bolsa, no sólo materiales didácticos, sino agua, jabón, albañilería o electricidad para sus escuelas. Se manifiestan desesperados porque agotaron todas las vías legales, sin obtener respuesta. “Un poquito de tanta verdad” (documental de Jill Irene Friedberg) muestra cómo la supuesta “violencia” de sus manifestaciones responde defensivamente al tremendo terrorismo anterior del sistema que los margina y profana. Defienden la justicia laboral (¿quién no teme perder su trabajo?) y a la educación pública, gratuita y popular.

Otras razones de disidencia son políticas y pedagógicas. Los maestros saben que la educación colabora con un proyecto social y que los valores de la Revolución Mexicana están en peligro por las decisiones neoliberales. Defienden la educación democrática, laica, científica, popular, dirigida al desarrollo humano integral; a formar seres pensantes y creativos y no meros consumidores, seguidores de instructivos o mansa servidumbre. Muchos maestros, en esta disidencia, son cultos y bien formados; saben lo que hacen y por qué; no se mueven por “zanahorias”, sino por convicción; contagian a los chicos de su entusiasmo por las ciencias y las artes y no temen la fuerte discusión. Responden sabia y críticamente a los absurdos oficiales y desafían la subordinación casi militar del sector “oficialista”, timorato e ingenuo. A veces logran fascinar y conmover a sus superiores con sus razones y ganar autonomía. No siempre toman las calles; resisten desde donde están.

Esta disidencia no sólo es normalista, también está en las universidades. La sorprendente investigación de Hugo Aboites: “La medida de una nación” (UAM-Itaca-Clacso, de casi mil páginas) ilumina el vergonzoso origen (cupular) de la debacle de nuestro sistema escolar, lo insensato de las “políticas de calidad” y de su manía de estandarización.

La cuarta disidencia (¡mis respetos!) la ejerce la “Universidad de la Tierra”; esa maravilla que forma a indígenas de las comunidades autónomas chiapanecas; que rompió con la SEP para practicar una pedagogía crítica de primer nivel y aprender de la Historia del México Profundo. Sus miembros estudian la realidad a través del periódico, su “libro de texto”; aprenden telares, horticultura, panadería, mecánica automotriz, carpintería, internet, instrumentos musicales, cuidado de animales, a producir energía eléctrica… y a discutir con intelectuales reconocidos internacionalmente.

Veo, pues, tres disidencias, apuntando a una misma utopía social. Reducirlas a UNA cuarta, “única, caprichosa y corrupta” nos lleva a la perdición.

metamorfosis-mepa@hotmail.com

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