Opinión

De lecturas, hipócritas y caramelos

Por: Rodrigo Castañeda

El verbo leer no soporta el imperativo

Daniel Pennac

No es con todo respeto, pero la verdad es que al próximo que me diga que en México no se lee le voy a mentar su madre, le pintaré mocos y le mostraré el dedo. Y no le pego nada más porque no se me da eso de los golpes. Y es que no hay nada que duela más que escuchar a los que, subidos en su caballo snob, se duelen que los mexicanos no leen y que no somos como Dinamarca, donde “sólo” el 82 por ciento de la población lee. A todos ellos, y a las autoridades de este país, ahí les va esta seña obscena:

Listo. Pero ¿por qué digo esto?, por un lado porque las personas que lo dicen en realidad no comprenden que la actividad de lectura es una actividad hedonista, y que si bien en México no se tienen en la cabecera libros como El Quijote, Los Miserables o El Lobo Estepario, cuatro de cada 10 personas, según la Encuesta Nacional de Lectura 2012, leen, nada más que no leen lo que se cree debieran de leer.

Y por el otro lado, éste es un país hipócrita. Me explico con el siguiente escenario: Supongamos que los dulces son buenos, es decir mejores de lo que ya son, en este escenario los dulces no provocan caries, bajan los niveles de azúcar en la sangre e incluso ayudan a prevenir muchas enfermedades. Nueve de cada 10 doctores recomiendan comer dulces, y el que no lo recomienda es porque es un viejito amargado que le gusta chupar limón, más por dogma que por sus cualidades curativas. Así pues, los dulces son buenos, y todos deberíamos de estar tragando caramelos como si fuera el último día de la tierra. El gobierno, por su parte, recomienda comerlos porque son mejor que el ácido fólico. Pero sólo un poco más de la población come dulce, es más, en los últimos seis años el consumo de caramelos disminuyó por debajo del 50 por ciento. Por supuesto que las autoridades están alarmadas y promueven, mediante anuncios mamilas con actores que les dan dulces de utilería a niños inocentes, que aumente el consumo de estos productos.

Pero de lo que nadie habla es que un paquete de Salvavidas le cuesta a uno 300 pesos, que los dulces Acuario están por ahí de los 390, e incluso los dulces esos que tienen la pasa dentro, o los de mantequilla, le salen a uno, por lo menos en 150 pesos.

Por si fuera poco, se está hablando en el extranjero de un nuevo tipo de caramelo que no sólo es más barato, sino que se puede mandar a la casa de todos los consumidores, aumentando así la cantidad de dulces per cápita que se comen en un país al año. En ese momento los productores de caramelos, flojos, por no decirles más feo, como son, se espantan ante tal noticia y comienzan a hacer hasta lo imposible para que este nuevo tipo de dulces no entre al país; y el gobierno se los solapa, pero insiste en que es increíble que en México no se coman más que dos dulces al año. Seis años después, el gobierno y los productores deciden que es buen momento para comentar si la idea del nuevo dulce es viable en México, mientras que en otros países es un éxito e incluso el mercado negro mexicano ya está dándose gusto con los, ya no tan nuevos, caramelos.

Esto mismo pasa en nuestro país con los libros. Es carísimo comprar un libro, más caro que comprar una película. Incluso los libros piratas salen más caros que las películas piratas. Y la verdad, la cosa no está como para andar gastando 300 pesos en una novela que no vale ni 10. La famosa “Ley del Libro Único” lo único que hizo fue encarecer los libros, evitar que las librerías puedan ofrecer libros en promoción. Evitó que los mexicanos podamos leer.

Y luego, cuando comenzó el auge de los libros electrónicos, todo en el país se cerró. Los editores y librerías, en lugar de implementar un nuevo esquema de negocios, se metieron en su caparazón y dijeron que eso nunca iba a pegar; que el libro electrónico jamás remplazaría al libro escrito y que era una moda pasajera. El mundo probó que no tenían razón.

Aún así, el año pasado sostuvieron un congreso en el que se discutió si el libro electrónico era o no una buena idea, mientras que en varios países del mundo el libro electrónico ya es noticia vieja, porque no sólo abarata el costo de muchos libros, sino que da oportunidad a nuevos escritores de poder circular su trabajo, y hace realmente cómodo e indoloro el adquirir una obra. Pero en el país estamos discutiendo si es o no una buena idea. No hay muchos libros digitales en español, y quienes tienen un lector electrónico dependen de las librerías españolas, o de Amazon, para poder comprar algún título, o de plano leerlo en inglés.

Y aún así, salen en la tele, o se observan en las paradas de los camiones, un montón de artistas, que se ve no leen mucho, y me dicen que lea 20 minutos al día. En los noticieros y en las oficinas de gobierno, en el discurso de algún candidato político o funcionario público, todavía se lamentan de que en México no se lee.

Y yo digo: Señores, no se lamenten porque no se lee, mejor yo se las miento.

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