Opinión

Día setenta

Bitacora de Viaje (de Estudios Socioterritoriales)

Por: Manuel Basaldúa Hernández

Los desastres que estamos experimentando en la República Mexicana nos están indicando dos aspectos importantes, a saber: no hemos aprendido de lo que ha ocurrido anteriormente, y el fenómeno de la comunicación ha fallado respecto a la información, la evaluación, la ayuda, y la comunicación.

Las inundaciones ocurridas en años anteriores en el sureste del país debieron documentarse tanto en términos literarios como en el área videográfica. Este material debiera servir para los expertos en planeación regional, el urbanismo y las políticas públicas. Sin embargo, solamente se han llevado a cabo cuestiones meramente remediales. Los gobiernos locales y federales se han dedicado solamente a la entrega de la ayuda de un fondo de desastres que tiene un peso enorme en su carácter asistencial, el cual rápidamente se convierte en un material político, electoral y susceptible de la corrupción.

Tabasco ha sido el Estado que más ha sufrido de inundaciones y afectaciones recurrentes. La ingeniería mexicana, tan reconocida a nivel mundial no ha podido ubicar a esta entidad como un laboratorio de ejercicios, ni como un campo de estudio. Tampoco los gobiernos, el federal, el estatal y el municipal, incluso de las organizaciones no gubernamentales, han sido capaces de concretar un programa de rescate, seguimiento y solución al problema de las inundaciones y prevención de desastres.

Este aspecto tan importante debiera ser un elemento regional, la planeación regional tiene aquí un amplio campo de experimentación, lo mismo sucedería con la aplicación de políticas públicas que debieran de implementarse en el área urbanística, de administración de fuerzas hidráulicas, lo mismo y más importante ya debiéramos haber instrumentado una materia para ser incluida en las Universidades, entre las organizaciones civiles, por ejemplo, me refiero a la movilización de grandes masas en estado de emergencia.

La experiencia desafortunada del caso de Guerrero, en las distintas versiones que se han manejado de desatención por parte de las autoridades, ha sido contaminada por las cuestiones políticas. Aunque más allá de esto ha mostrado también la falta de coordinación de las autoridades al respecto. Se dice que desde el las Instituciones de detección de desastres se avisó a dichas autoridades, y estas a su vez señalan que no recibieron nada. “Manuel” estuvo en un mismo lugar aproximadamente cuatro horas. Tiempo vital para poder realizar una serie de movimientos que mitigara los efectos de la fuerza devastadora del huracán. Pero las versiones indican que el gobernador siguió con los festejos, y las autoridades federales no volvieron a checar que se ejecutara acción alguna. Se requería de una actitud determinada como cuando el capitán de puerto le dio indicaciones al capital de Costa Concordia que regresara a su nave para hacer frente a sus responsabilidades. Porque tenemos el caso del gobernador, pero también de los presidentes municipales, así como de las capitanías de puerto.

El sismo de 1985 transformó a la sociedad civil y al gobierno del Distrito Federal. Pero no se han ocupado de replicar esa forma de organización. Ahora, es cuestión de esperar a resolver este peliagudo momento en que se debe reconstruir no solo una, sino decenas de poblaciones que requieren de ayuda urgente en todos los ámbitos. Se respira un cierto aire de impotencia por parte del Gobierno Federal y de las demás autoridades, que se saben rebasadas ante el multi-desastre. No se ve por dónde empezar, continuar o finalizar. No se ha dado a conocer un plan sistemático de acciones para actuar en el país. Es un hecho inédito, desde luego, pero debería de convocarse a una junta general para resolver en conjunto con la académica, las universidades y los gobiernos. Pero no se ha dimensionado el trabajo conjunto, y tal parece que no se tiene idea de que es posible ejercerlo. Por si no fuera suficiente, tenemos más lluvias y frentes fríos que no permiten la acción fluida para la ayuda.

Quisiera seguir al respecto, pero quiero abordar brevemente otro aspecto importante. La cuestión de la comunicación. El desastre de repente ha cobrado tintes de propaganda, de espectáculo y de comercialización del espectáculo.  Por un lado la televisión se ha concentrado en una sola entidad, y ha dejado de lado la urgencia y la emergencia de otras entidades igual de importantes.  Acapulco es la estrella del espectáculo. Sabemos de la gravedad del asunto, pero de igual forma se encuentran las mismas condiciones en Tamaulipas, en Sinaloa y en Michoacán.

La propia información ha servido para entorpecer la dimensión informativa al respecto. Y luego, la intervención de la televisión ha sido un objeto de discusión entre la opinión pública que se ha distraído en ataques o defensa de tales medios.  Así mismo, ahora no hemos visto al efectividad de las redes sociales, quienes se han detenido también en esa batalla por demás inútil e infructuosa. No se trata de ver quién y cómo ayuda, se trata de ayudar de manera efectiva, ordenada y sistemática. En una entrega posterior nos debemos detener en estudiar y analizar estos aspectos, para reflexionar sobre la manera en que todo esto discurrió o está discurriendo de manera excepcional.

La geografía y el paisaje ha cambiado totalmente en el país, lo mismo que en el alma de los mexicanos ante este tipo de desastres, tan lamentables y desgraciados. Pero la academia debe decir algo de manera importante y pertinente.

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