Opinión

Diferentes posturas ante las reformas estructurales

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

Antes de irse, Felipe Calderón envió al Congreso dos iniciativas de ley (“reformas estructurales”), con carácter “preferencial”. Una, la de la Ley Federal del Trabajo (que según diversos analistas, no es distinta a la polémica “Ley Lozano”) implica una grave regresión, pues cancela diversos derechos que los trabajadores habían conseguido a través de históricas luchas.

La expresión “reforma estructural” (que no revolución) resulta muy atractiva, pues connota la idea de “cambio de fondo”. ¿Quiénes (de la gente común) no estarán a favor de una transformación profunda de las condiciones actuales tan injustas?

Sin embargo, en el contexto neoliberal, las “reformas estructurales” son las que se necesitan para poder aplicar sin traba el Consenso de Washington (1989). Éste define la lista de criterios que, según grandes organismos internacionales (FMI, BM…) y “expertos” en economía (think tanks), requieren los países subdesarrollados para progresar, y que se sintetizan en la ley del más fuerte: liberación o desregulación financiera y comercial, creciente privatización de lo público, eliminación de barreras a la inversión extranjera y recortes presupuestales a los programas sociales.

Las leyes federales mexicanas tienen varios “candados” (como las garantías individuales) que dificultan dicha aplicación, por eso es necesario reformarlas.

Los grandes empresarios y altos mandatarios públicos neoliberales suelen hablar en favor de las reformas estructurales, alegando buscar “el progreso” del país (más bien de sus privilegios). A la vez, tachan de “obsoletas” las demandas de quienes exigen respeto a los derechos del pueblo, en proceso de extinción.

Su postura es básicamente pragmática; ven a su empresa o al servicio público sólo como medio de enriquecimiento y por eso les resulta tan fácil hacer trampa, evadir impuestos, aumentarse el sueldo, concederse bonos o renunciar a un cargo o partido para saltar a otro. Hay que tomar en cuenta que, en el neoliberalismo, la codicia o la voracidad no son defectos, sino virtudes, pues “generan prosperidad” (para unos cuantos). (Naomi Klein, La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre, Ed. Paidós).

“Evitar la corrupción es algo muy complejo (me confesó en una ocasión cierto funcionario público); ¿cómo multar a esa empresa, si su dueño ofrece cien millones de pesos a cada miembro de la comisión auditora?”

No sólo el grupo de encumbrados son pragmáticos. En todos los niveles del sistema hay espacios de oportunidad para hacerse del botín y cada quien justifica de muchas formas su apropiación.

La de los tecnócratas es otra postura que puede asumirse frente a las reformas estructurales. Éstos, como fieles intelectuales orgánicos del poder, también son pragmáticos, pero con el valor agregado de su discurso técnico y brillantes credenciales, adquiridas (sobre todo) en Harvard o Chicago. Según ellos, las advertencias de quienes les reprochan su estrechez de miras, o su falta de consideración de la diversidad humana, son “rollos románticos”, “populistas” o “de resentidos sociales”; así como las exigencias de quienes apelan a la historia, para trascender el aquí y el ahora y reconocer las consecuencias que pueden tener ciertas decisiones en la población. “Eso a mí no me toca”, suelen responder quienes, en su microscopio, sólo se ocupan de la eficiencia en la aplicación literal de las recetas neoliberales. Si los resultados no son los esperados (porque tratamos con seres humanos y no con cosas), “la culpa no es de la fórmula, sino de quienes no supieron aplicarla”.

Mucha gente (también en todos los niveles y ámbitos del sistema) asume la postura del ingenuo confiado (e ignorante), que cree en la bonhomía de quienes mueven nuestros hilos, suponiendo que por ocupar el puesto que tienen, saben lo que hacen o se mueven según el criterio del bien común, antes que el de su egoísmo. Estas personas no soportan el conflicto, ni los cuestionamientos, ni la crítica a quienes ostentan algún puesto de autoridad. Prefieren no saber, pues la ignorancia parece protegerlos.

Luego vienen los disidentes simuladores, que repudian los discursos dominantes, pero no se manifiestan, para evitarse problemas. Aparentan, soslayando cualquier señalamiento que vulnere su situación y andan ariscos, añorando el pasado.

Finalmente están los disidentes abiertos e informados, que saben atar cabos sueltos y leer entre líneas; que no se dejan embaucar por los discursos “novedosos” y reconocen el gran peligro que corre el pueblo con las “reformas estructurales”, cuando éstas son de corte neoliberal. Ellos lucharán abiertamente a través de todos los medios para impedir su ejecución; no por atavismos trasnochados, sino porque saben que hay, y vale la pena experimentar, mejores caminos que el capitalismo voraz.

La concreción de estas posturas en cada individuo adopta mezclas insospechadas. Nadie es puro y, en su búsqueda de supervivencia o de acomodo, se contorsiona hacia una u otra. Por eso conviene preguntarse, de vez en cuando, ¿a qué intereses sirve lo que estoy haciendo?

A propósito, no se pierdan “La pregunta… del águila que se levanta”, un programa radiofónico sobre educación; los sábados, 12 horas, 89.5-FM (Radio UAQ).

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