Opinión

El desgraciado cambaceo; ¿una condena del sistema?

Por Juan José Patiño Martínez

Si la realidad cotidiana es un texto que se construye en un espacio, con personajes, tramas, diálogos, pausas, y puntos y comas como dijo De Certeau, caminemos un poco por la urbe…

Tarde de jueves, mes de abril, 2:25 pm. Mientras camino en dirección a Tecnológico por avenida Universidad en la ciudad de Querétaro, uno puede sentir la inmisericorde presencia de un sol fatigante y castigador, que lo sigue a uno por cualquier calle o andador.

Uno no sale a caminar en estos días y a esas horas por el puro gusto de caminar. Uno, en esos días y a esas horas, más bien busca refugio en cualquier espacio con sombra, por más pequeño que éste sea, si puede cubrir la cabeza del ardor del dorado, es suficiente.

Las razones para caminar por la ciudad en ese momento del día en particular pueden ser muy variadas, pero podría asegurar que todas ellas tienen de cómplice la necesidad y la obligación, a lo mejor, algunos cuantos sí lo hacen por mero placer, pero éstos, rápidamente regresan a sus autos o se adentran en algún restaurante o huyen en camiones y taxis a su casa o trabajo.

En fin, resguardándome como todos, debajo de una parada de camión, un joven se acercó, de apariencia agradable, vestimenta formal (negra), y una frente que goteaba como segundero de reloj.

“Está muy cabrón carnal, porque apenas te alcanza”

En el hombro izquierdo le colgaba una cuerda envuelta por un plástico rosa, muy gastada, misma que sostenía una caja de cartón de aproximadamente 60 centímetros de largo por 20 de ancho, llena de cosas envueltas, y tras haber saludado amablemente dijo al mismo tiempo que hurgaba en la caja.

“Ando ofreciendo un producto que normalmente en tiendas cuesta lo doble, ¡miren!”, mientras me mostraba una memoria USB continuó explicando que normalmente el precio, de ese producto en particular, es de 100 pesos, pero que él las tenía en 50 pesos, además de que venía con un termo de regalo.

“¡Disculpa, hermano!”, le dije mientras le daba una fumada a mi cigarrillo. Su mirada se desvió inmediatamente hacia el tabaco, revisó detenidamente como inhalaba el dulce veneno y al bajar la mano y soltar el humo al aire, su mirada regresó a la mía.

A lo que preguntó penoso y deseoso, lo que para mí, parecía inevitable: “¿Tienes un cigarro que me regales carnal?” “¡Claro, eso sí puedo!”, le dije.

Después de obsequiarle el tan aclamado cigarro, comenzó una plática que resultó la radiografía de un aspecto de la vida laboral entre otras, en nuestro país, pero desde el interior, como si el hueso de la radiografía hablara y contara su versión, su malestar y esperanzas.

“¿Cómo te llamas hermano?”, pregunté. “Me llamo Edgar Alberto”, “¿y qué dice la chamba?” A lo que respondió con un suspiro previo y una buena bocanada de humo.

“Pues está muy cabrón, carnal, porque es ponerte una madrizas bien duras y apenas te alcanza, entras ganando 900 pesos a la semana y estás de ocho de la mañana a siete u ocho de la noche, yo tengo como un año y medio en este jale, por eso es que ya gano mil 200 a la semana, pero aun así está cabrón, pero pus como no acabé la secundaria, carnal, por eso lo que caiga está bien”.

Aquella frase contenía la resignación nada conforme de un individuo limitado, su tono y gestos lo gritaban sin decirlo textual.

A pesar de esto, la pregunta inminente apareció en mí boca “¿y cómo estuvo eso, por qué no terminaste la secundaria?”, y sin expresar ningún tipo de rechazo ante la misma contó:

“Me salí en primero de secundaria porque mi jefa ya no tenía varo, mi jefe se acababa de ir a los Estados Unidos y también le fue mal allá, entonces me tuve que meter de albañil y a los 13 ya andaba de chalán de albañil”. “¿Y cuántos tienes ahorita?”, le pregunté, “23 años carnal”.

“Quiero seguir estudiando y terminar la prepa

El bullicio urbano seguía resonando a nuestro alrededor. Las personas iban y venían y nosotros dos continuábamos sentados en la orilla de la banqueta cuando nació mi interés por saber si tenía planes de seguir estudiando, o, si es que ya era demasiado tarde.

A esto contestó con un aire de novedad, como si ese tema no hubiera tenido espacio antes en su agenda mental.

“Pues sí me gustaría más adelante terminar la abierta y seguirme con la prepa, porque ya hasta para ‘puerco’ (policía en la jerga diaria de la calle) te piden prepa”.

A lo que completó: “Además ya estoy casado y tengo una niña de dos años, por eso quiero abrir una taquería pa’ mandar a estos cabrones a la chingada (refiriéndose a sus patrones)”.

Continuó: “Cuando entras te lavan el coco y te dicen que en tres meses puedes llegar a ser gerente y que vas a ganar las millonadas y que la chingada, para el tiempo que tengo no he pasado de aquí, de la calle, la cuota a cubrir ha subido en ese tiempo y ahora se nos pide que vendamos mínimo 15 productos diario, y para mí, un producto no vendido era, al inicio, un paquete de cigarros menos”.

“Ahora ya no compro cigarros y un producto menos es un litro de leche menos en la casa, entonces no ha habido mucha diferencia ni ascenso, más bien lo contrario”, proseguía con la plática, los datos y el sudor incesante en su frente.

“Hay chavos que si se la creen que van a subir y se gastan todo su dinero en ropa cara”, advertía.

“¡Ni pedo! De vuelta al cambaceo carnal”

Seguí preguntando y el contestando, parecía que por un momento me convertí en una especie de confidente, y como tal, estaba siendo la vía por la cual la injusticia que vive diario, se escurría goteando en desahogo, “hay güeyes que están por comisión y ganan una madre, te pagan 13 pesos por cada producto vendido”.

Al tratar de cambiar la atmósfera de la narrativa, pregunté por su lugar de origen. Después de un silencio me dijo: “Mi papá es de Durango y mi jefa de Zacatecas. Nací allá pero aquí me registraron, pero allá está bien cabrón, unos tíos tienen poquito que se vinieron, apenas este año, dicen que cualquier día a cualquier hora que sales de tu casa es bien común encontrarte un cuerpo acribillado en tu banqueta, en la entrada de tu zaguán”.

Al encontrarme con la sorpresa de que no era un tema muy agradable, preferí regresar a la temática laboral, ya que parecía estar más cómodo ahí, le pregunté el porqué del no uso de algún sombrero o gorra para cubrirse del sol.

“Si andas con la gorra y te ve el jefecillo, te caga, que porque andamos de vestir y no se ve bien, por eso yo mejor me pongo mi bloqueador”, manifiesta.

En ese momento, un compañero de él, portando la misma caja y estilo de ropa, pasa a nuestro lado y sólo le lanza una mirada rápida, a lo que yo pregunté si es que no le molestaba que se sentara a descansar y él contestó en tono sarcástico: “no, yo puedo romperme una pata y ese güey va a seguir ofreciendo, es que ese güey también la tiene bien dura. Ninguno de sus carnales chambea, su jefes ya están muy viejitos y él es quien mantiene a todos”.

Al parecer, el comentar esto le regresó la sensación de pérdida de tiempo, que es fundamental en el trabajo en general y en las ventas por cambaceo en particular, en ese momento se levanta, se despide con un estrechón de manos, se saca una cigarro apagado a la mitad, escondido al final de la caja y por debajo de todos los paquetes, lo enciende, y exclamando con irónica resignación al alejarse, concluyó: “ni pedo, ¡de vuelta al desgraciado cambaceo, mi carnal!”.

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