El “lifestyle” de la soledad

Llevamos algunos años presumiendo en redes sociales la soledad como el mejor estilo de vida. Una señal de amor propio. Hacemos de un desayuno sin conversación una victoria. Celebramos los viernes en casa, solos con wifi, como el triunfo de paz. Al principio pensé que era una cana de la edad, entrar a los treinta no solo te exige frenar un poco, sino que le agarras cariño a otras rutinas. Pero no se trataba de eso.
Comenzó a pasar por los adolescentes. Por los veinteañeros y treintañeros. Por los que apenas se asoman a la universidad. O por los que aún no saben ni qué estudiar. El plan perfecto para aquellos se convirtió en no salir de fiesta, sino que ansían que les cancelen. Que nadie insista. Que les dejen tirarse en la cama a deslizar en tiktok hasta que el mundo se vea lejano y no sea un riesgo latente. Prefieren que les cause eso que llaman FOMO a estar ahí presente.
Y no me malinterpreten: no escribo desde la nostalgia. Ni desde la superioridad moral de “en mis tiempo hacíamos esto”. Mucho menos es una crítica generacional. Es más bien una sensación de preocupación que me hace ruido y que ya no cabe en lo privado, porque se ha convertido en un problema de salud pública. Una epidemia de la que hace unos días la Organización Mundial de la Salud le puso nombre: aislamiento social y soledad.
Basta decir que una de cada seis personas en el mundo se siente sola. Pero si eres joven (entre 13 y 19 años) la cifra aumenta. La soledad nos está matando silenciosamente. El informe publicado recientemente nos alertó de 100 muertes por hora vinculadas al aislamiento. Se están generando muertes prematuras; provocando enfermedades como la hipertensión y diabetes; y las personas se vuelven más propensas a la depresión o el suicidio.
Pero de todas las causas posibles que lo provoca, hay una que no me saco de la cabeza: la manera en que comenzaron a vendernos el aislamiento como una virtud y la soledad como el gran “lifestyle”.
Navegamos en un mundo digital lleno de páginas de “coaching” que hablan de desapegos como forma de sanación. Nos enseñan la falsa idea de soltar lo que no nos sirve. A alejarnos de quienes no vibran tan alto como nosotros. A despreocuparnos por el resto de la gente. En fin, no les debemos nada. Nos pidieron normalizar romper de tajo con familiares que nos incomodan o dejar atrás a todo aquel que no sume en nuestra vida. A mejor solos que mal acompañados cuando no nos acomodan. Nunca construir. Mucho menos dialogar.
Lo vendieron disfrazado de autocuidado pero en realidad es una sociedad que nos empuja a la separación y al individualismo emocional. A la idea de que ya no nos necesitamos mutuamente y ¡sálvese quien pueda!
Vamos por la vida afinando tanto los filtros de las amistades, que perdimos la capacidad de estar con quienes -nos dicen- no están a nuestra altura. Y en esa segregación hemos olvidado que convivir también es aprender a quedarse con los imperfectos. A aceptar que estar con otros implica tiempo, fricción, desacuerdos y platicas incómodas. Pero también sostén, refugio y cariño.
Por eso, vale la pena resignificar ese “lifestyle” y reaprender la vida en común. Volver a la tribu, a la plaza, a lo colectivo, y a esas formas viejas de estar juntos. Sin algoritmos.
En una sociedad cada vez más individualista y solitaria, la cúspide del amor propio no puede ser el aislamiento y la soledad, sino el cuidado mutuo. Porque por más que lo intentemos, la historia nos ha enseñado que en este mundo NADIE SE SALVA SOLO.



