Opinión

El selfie del mexicano

Por: Rafael Vázquez Díaz

En la era digital hay conceptos que aparecen y de pronto se encuentran inmersos en nuestro entorno inmediato. Uno de estos -surgido recientemente con la aparición de las redes sociales- es el famosísimo “selfie”.

¿Qué es un selfie? El término viene de la palabra inglesa self, es decir “uno mismo”, y en pocas palabras, es un retrato que se hace de uno mismo con una cámara digital.

Retomando algo de teoría sociológica -como George H. Mead y Herbert Blumer- el individuo es capaz de observarse a sí mismo como un objeto y tomar consciencia de lo que hace y actuar reflexivamente sobre sus propios actos. Blumer va más allá y asegura que el individuo actúa según el significado que le otorga a las personas y a las cosas en su vida cotidiana, así como la interacción, construcción y reconstrucción del entorno.

El preludio sociológico obedece a una situación reciente surgida a partir del selfie que se tomó en la pasada entrega de los Oscares Ellen DeGeneres, una conocida comediante y presentadora de Estados Unidos. Dicha fotografía fue transmitida por todas las televisoras, fue comentada en radio e impresa en miles de medios y, evidentemente, fue un éxito en redes sociales.

Quizá la reacción generada por dicha fotografía no hubiera trascendido de su contexto si el comediante mexicano Adrian Uribe no la hubiera intentado replicar en la entrega de los premios TVyNovelas.

La fotografía en sí es patética, no sólo por la deficiente calidad de la misma, el terrible enfoque y la diferencia obvia entre la resolución de una y otra; el marco del evento también es totalmente diferente, los actores y su popularidad también varía por al menos unos cuantos cientos de millones de dólares. Pero así como el selfie exhibe al que la toma, retrató también a toda una nación y su culto por la cultura colonialista.

Frantz Fanon, autor de Piel negra, máscaras blancas, explicaba en los sesenta el porqué el negro se define respecto a la caracterización que el blanco hizo del otro. El “negro” definido por el “amo blanco”. Esa misma situación ocurre con el mexicano y su postura frente al estadounidense.

La fotografía tomada por el comediante mexicano exhibió el desprecio que el connacional tiene por sí mismo. La copia de la fotografía de los Oscares pone el dedo en la llaga, nos recuerda nuestro subdesarrollo cultural -en clara imitación a la cultura yanqui (que tampoco podríamos decir que sea lo más selecto en términos artísticos)- y se viene a convertir en un ícono de lo lejano que está nuestro vecino del norte.

México no es Estados Unidos, esa es la realidad que le duele recordar al mexicano promedio que aspira a los ojos claros, a la fama y popularidad del otro, a la televisión y producción millonaria de la industria cinematográfica -que obviamente no implica calidad- y finalmente viene a sacar prejuicios aspiracionales de los que nuestra mexicanidad, de entrada, reniega, aunque en el fondo sean su objeto de deseo.

El selfie se convirtió en la radiografía de un país que ve al negro sirviente como diferente de sí, como más parecido al amo blanco sin llegar a serlo, y al criticar su negritud y negarse como tal, exhibe el desprecio hacia su propia raza. Volteemos a vernos, lo vergonzoso no fue la mala fotografía de los mexicanos, fue la sobrerreacción a la fotografía de los amos.

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