Opinión

El Juárez de Cauduro

Por: Blanca Gutiérrez Grageda

El extraordinario artista plástico Víctor Cauduro nos ha congregado para brindarnos un nuevo regalo a todos los queretanos: este hermoso lienzo sobre piedra, que da cuenta de una de las etapas más importantes de nuestra historia: la de la Reforma liberal, la guerra contra Francia, el Segundo Imperio y el Restablecimiento de la República. Diez años de historia que van de 1857 a 1867, mismos que han marcado la historia de México en los últimos ciento cincuenta años.

La obra que hoy se inaugura representa la síntesis de una época cruenta y difícil, trágica y esperanzadora a la vez, de luces, luchas, muertes y combates.

En el mural encontramos a los principales actores que protagonizaron las batallas políticas, militares e ideológicas de la época, pero también los símbolos que la caracterizaron: la espada, simbolizando la guerra y la rendición; la bandera, emblemática del nacionalismo de quienes asumieron la defensa de la patria ultrajada; el Cerro de las Campanas, que representa el fin de una era y el inicio de otra; la voz del humanismo que pide clemencia, representada en la petición de Víctor Hugo, el extraordinario escritor francés; el mensaje que México quiso dar al mundo al fusilar a Maximiliano, indicando que con dicho acto se mataba no al hombre, sino a la idea de la guerra, de la invasión, de la monarquía.

El mensaje que México dio al mundo le devolvió su dignidad como nación soberana.

Tenemos en esta extraordinaria obra un colorido resumen iconográfico con personajes emblemáticos: Juárez, Maximiliano, Carlota, Arteaga, Mejía, Miramón, entre otros. En la obra destaca, omnipresente, la figura de Benito Juárez, porque omnipresente está el personaje en nuestra historia.

Benito Juárez es, ante todo, el estratega republicano, el estadista, el hombre que impulsó el proyecto que buscó modernizar México; que sentó las bases del Estado laico; que asumió la defensa de la soberanía nacional ante la invasión de las tropas francesas y que resultó victorioso; el gobernante que tuvo en la defensa de la Constitución y de la Ley sus mejores armas de lucha; que asumió el ideal federalista en oposición al centralismo conservador.

La austeridad republicana se impuso como una premisa básica de su gobierno, en un país saqueado y devastado, arruinado por las guerras, por el derroche y la opulencia en que vivían las que eran las «clases privilegiadas» de entonces. La austeridad republicana fue el sello característico de sus diversas administraciones, reconocida por propios y por extraños.

Juárez formó parte de una de las generaciones más brillantes y honestas de nuestra truculenta y zarandeada historia política y cultural.

A ella pertenecieron hombres de inteligencia prodigiosa como Vicente Riva Palacio e Ignacio Ramírez; ideólogos de primer nivel como Mariano Otero y José María Iglesias; brillantes políticos como Ignacio Comonfort y Sebastián Lerdo de Tejada; guerreros vencedores como Ignacio Zaragoza o Mariano Escobedo; políticos e intelectuales de enorme estatura como Manuel Payno, Francisco Zarco, Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez, entre otros.

Como integrante de esta generación, Benito Juárez combatió fueros y privilegios; excesos e injusticias; promovió leyes que acotaron el poder de la jerarquía eclesiástica; separó a la Iglesia del Estado; nacionalizó los bienes eclesiásticos; promovió la libertad en varias de sus facetas: de pensamiento, de educación, de creencias, de comercio; estableció la igualdad de todos ante la ley; acotó el poder de los gobernantes; sentó, en pocas palabras, los cimientos de lo que después sería el moderno Estado mexicano.

Juárez es un digno heredero de Hidalgo y de Morelos, no de Iturbide, ni de Santa Anna.

La terquedad y la persistencia, la templanza y la claridad, así como la verticalidad en la defensa de sus principios, son algunas de sus virtudes públicas.

Sus detractores de ayer y de hoy se han empeñado en opacar su estatura política, presentándolo como un hombre que gobernó al amparo de las facultades extraordinarias de que gozó, mismas que le permitieron gobernar haciendo a un lado la ley e imponiendo un sistema dictatorial de facto; se empeñan en presentarlo como el enamorado perpetuo de la silla presidencial, de la cual sólo la muerte lo separó.

Para sus críticos, Benito Juárez hizo de la política una fábrica de intrigas y conspiraciones; falseó el voto libre del pueblo para mantenerse en el poder; señalan que desnaturalizó el régimen democrático e impuso candidaturas oficiales en contra, incluso, de la voluntad de los gobernados.

En voz de sus adversarios, Juárez prostituyó la ley electoral al reelegirse por medio de la violencia y la intriga, y es considerado por ellos como un traidor, al poner en peligro la soberanía nacional con el tratado MacLane-Ocampo, entre otros de los reproches que le achacan.

Como todos los hombres que dejan huella, Benito Juárez tiene detractores y apologistas; entre unos y otros, por lo general, no hay medias tintas: o lo describen como un villano o bien, como un héroe inmaculado.

Intentando salir de los esquemas maniqueos, propongo mirar la figura histórica de Benito Juárez en sus luces, en sus sombras y en su contexto.

Debemos destacar que Juárez fue grande porque dotó al país de las instituciones democráticas más avanzadas que se conocían en su momento, porque dio muerte a la monarquía, porque fue un presidente honrado, como pocos –muy pocos– en la historia nacional. Fue un hombre de su tiempo, que supo estar a la altura de las circunstancias históricas que vivió y que supo defender con dignidad a la patria ultrajada.

Pero también debemos señalar que ciertamente manifestó una desmedida ambición de poder, misma que en no pocas ocasiones lo hizo actuar en contra de los principios por los cuales luchó, particularmente en los últimos años de su vida; que llegó a poner y a quitar gobernadores en función de sus alianzas políticas, contraviniendo incluso la voluntad ciudadana; que solapó fraudes y que se hizo cómplice de usurpaciones políticas, siendo Querétaro y el gobernador Julio María Cervantes un caso emblemático al respecto.

El incienso que se ha quemado al pie de su pedestal nos ha hecho olvidar sus sombras; los férreos ataques de sus detractores pretenden ocultar sus virtudes.

Ni héroe inmaculado, ni villano cruel.

Ante sus apologistas y detractores, hay que señalar que no es lo mismo hablar del Juárez que encabezó el proyecto de la reforma liberal, cuyo momento culminante se vivió con la proclamación de la Constitución de 1857, al Juárez que asumió la defensa de la soberanía nacional ante la invasión extranjera o el presidente de la primera mitad de la república restaurada, época en la cual fueron más evidentes sus sombras.

Dicen que Juárez era inmune al viento; que podían caer sobre su persona todo tipo de tormentas y azotarlo todo tipo de vendavales, y que él permanecía impasible, inmune, sereno. A poco más de doscientos años de su nacimiento, y ante su vigencia, podemos señalar, sin temor a equivocarnos, que Benito Juárez García también es inmune al tiempo.

Juárez ha sobrevivido a todas las tempestades, a todos los pedestales y a todos los denuestos: sobrevivió al torbellino de su época, con todo y Ejército francés en territorio nacional; a la beatificación de que fue objeto durante el porfiriato, cuya figura de bronce dio legitimidad al régimen dictatorial; sobrevivió al vendaval revolucionario y ha sobrevivido al manoseo político e ideológico de los gobiernos posrevolucionarios, quienes utilizaron al personaje para buscar legitimar lo que fueron, en no pocos casos, gobiernos caracterizados por el derroche y la corrupción.

Benito Juárez es, hoy en día, un símbolo fundamental en el imaginario político de México.

Como símbolo, la figura de Juárez tiene una función indiscutible, particularmente en estos tiempos, en que negros nubarrones han desatado tormentas sobre este, de nueva cuenta, devastado país.

El México de Juárez fue un país fracturado, polarizado, agraviado y saqueado. El México de nuestros días también lo es.

Ante el momento que como país vivimos, retornemos al Juárez histórico, a la brillante y lúcida generación de la Reforma, para devolverle la esperanza a nuestro presente. Recuperemos al Juárez que luchó con la claridad de un estadista, en contra de las canonjías y de los privilegios.

Recuperemos al Juárez histórico, que lejos de hacer alianza con los grandes poderes de la época, los combatió de frente, buscando hacer de México un país de ciudadanos libres con instituciones democráticas. Ante los escándalos de corrupción y derroche de nuestros días, retornar al Juárez de la austeridad republicana y del gobernante honesto se torna imprescindible.

Ante la maltrecha vida institucional de nuestro tiempo, urge la visión de un estadista como Juárez García, que contribuya a restaurar nuestra república, el Estado laico, la división de poderes, la firmeza en el mando con apego estricto al estado de derecho. Ante los retrocesos históricos que han representado las reformas constitucionales a los artículos 27 y 130, es necesario recuperar al «Presidente vitalicio de México», como lo nombró el gran Carlos Pellicer.

Ante una clase política que está vendiendo nuestros recursos naturales a los intereses trasnacionales, urge la voz firme de un presidente que le recuerde al mundo que México es de los mexicanos.

Este lienzo sobre piedra representa la guerra y la paz, la tragedia y la esperanza, la ambición imperial y la austeridad republicana; representa también la historia indeleble que debe recordarnos cotidianamente de dónde venimos. La perdurabilidad de la piedra sobre la que trabajó la fina mano del artista, nos recuerda la persistencia de la memoria. El mármol montado sobre bastidores de acero, nos recuerda que este país tiene sólidos soportes para salir victorioso de este complejo momento que vivimos: aquí está la historia para recordárnoslo.

En el mural, el rostro de Benito Juárez nos mira, nos cuestiona, nos interpela. No es el Juárez adusto e impasible, sino sonriente. Su sonrisa lo humaniza, lo hace terrenal, lo baja del pedestal al que historiadores y políticos lo hemos elevado, pero también lo rescata del infierno al que sus detractores lo han querido condenar. Quedémonos con el Juárez sonriente, que triunfó ante las grandes adversidades de su tiempo y que supo darle rumbo y sentido a la nación mexicana.

El regalo que hoy nos brinda a los queretanos el pintor Víctor Cauduro lo entendiendo como un gesto con que nuestras generaciones damos gracias a quienes nos precedieron en la construcción de nuestra patria; pero también debe ser una invitación para pensar, desde el pasado, nuestro presente.

Agradezco a Víctor Cauduro este hermoso regalo que nos brinda y a las autoridades por la distinción con que me han honrado al invitarme a dirigir estas palabras, porque me permiten reafirmar lo que es, para mí, una clara convicción: «¡cuánta falta nos hace Benito Juárez!»

Texto leído durante el acto encabezado por el gobernador José Calzada Rovirosa con motivo de la apertura del mural de Víctor Cauduro, en el Palacio de la Corregidora, el 22 de marzo de 2014.

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