Opinión

Eulogía para Johnny Laboriel

Por: Jorge Miguel G. Matamoros

Nunca conocí a Johnny Laboriel. Sin embargo, siento ese pesar que da cuando fallece un familiar lejano. Recuerdo las anécdotas de mi madre en las que llegaban sus primos con él a comer a casa de mis abuelos. He visto varias fotos de esas comidas. Johnny y yo teníamos algo en común: Ambos elogiábamos la cocina de mi abuela; ahora mi abuela y él tienen una cosa en común: ya no están entre nosotros. Y ese hecho me hace considerar algo, se nos están acabando nuestros ídolos.

La historia de Johnny Laboriel es muy conocida. Junto con Alberto Vázquez, Angélica María, César Costa y Enrique Guzmán formaron los cimientos del rock mexicano. Cuando el rock todavía era considerado algo para la “juventud rebelde” y no una pose. Cuando las tocadas se realizaban en cafés que derivaron en los “hoyos fonqui” y no en festivales llenos de publicidad y cerveza de a $100 el vasito.

Sin duda eran tiempos más inocentes, no tanto por la represión gubernamental, sino por el contexto de esperanza que había en el país. Sí, había protestas, había violencia. Pero imperaba el clima de conciliación; forzado quizás, pero conciliador a final de cuentas. Fue cuando empezó a surgir este movimiento para quitarse la venda de los ojos. Ese movimiento que iba en contra de “la momiza”, ese movimiento que es padre de las ya trilladas marchas de 1968.

Y  aunque Johnny Laboriel  estaba consciente de eso, él seguía cantando Melodía de Amor para darle al público el entretenimiento que necesitaba. Podríamos empezar a necear diciendo que “es que esos artistas eran unos vendidos, estaban coludidos con el régimen, etc.” pero la verdad sea dicha: Ellos se presentaban porque creían en algo. Porque le tenían amor al arte del bueno.

Hace un tiempo leí una entrevista que le hicieron para una revista independiente de Morelia: “Lo único que le envidio a la farándula actual es que todo lo hacen por dinero, y no por amor, como lo hacíamos nosotros, cuando nos trepábamos a un camión para ir a tocar a donde fuera. Imagínate cómo está la cosa que ese tal Erasmo Catarino cobra hasta 400 mil pesos; ¡no mames!, yo en mi vida los voy a cobrar”.

Eso nos hace ver una cuestión particularmente alarmante para la música. Primero, el público mexicano es ingrato por naturaleza. Así como olvidamos a los héroes que nos dieron patria, también olvidamos a los ídolos que pavimentaron el camino para los artistas de hoy. Y es por eso que tenemos el rock que nos merecemos. Y segundo, gracias a eso, los músicos de ahora ya se dan por bien servidos por ir famosear un rato en los Vive Latino como pináculo de su carrera para después olvidar sus ideales, si es que en algún momento tuvieron alguno.

No solo Johnny Laboriel está muerto. También lo comienza a estar el amor al arte.

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