Opinión

La causa maléfica

Los grandes odios colectivos que desgarran el mundo, no importa si proviene del miedo, la codicia o el afán de poder, se corresponden siempre por una parte con una situación real, con intereses colectivos concretos – un enemigo al que hay que abatir, las riquezas que se anhela conquistar-, al tiempo que sirven de núcleo en torno al cual se aglutinan los instintos agresivos y asesinos.

Punto y seguido

Por:Ricardo Rivón Lazcano

Augusto Peón me regaló el libro La causalidad diabólica del historiador ruso-francés León Poliakov, fallecido en 1997. El subtítulo precisa más el contenido: Ensayo sobre el origen de las persecuciones.

Se ha pretendido siempre atribuir todos los males y desgracias que se ciernen sobre la sociedad humana, se lee en contraportada, en un momento histórico determinado a una organización secreta, maléfica e invisible.

Desde las primeras páginas me doy cuenta que el ensayo bien pudiera servir, con adecuación metódica, para analizar también los pequeños odios colectivos que desgarran las organizaciones de todo tipo y diverso tamaño. Privadas, públicas, sociales. Organizaciones muy cercanas a nuestra cotidianeidad.

Durante dos milenios, los judíos han sido sistemáticamente considerados como los representantes más genuinos de esa fuerza diabólica que amenazaba el mundo entero.

Pero no han sido las únicas víctimas, también lo fueron los cristianos de la Roma pagana, los católicos papistas de la Inglaterra anglicana, los aristócratas de la Francia revolucionaria, los antisoviéticos de la Rusia estaliniana y, en algunas épocas, los jesuitas, los anarquistas, los burgueses…

La admirada revolución rusa (podríamos agregar la mexicana, la cubana), fue entendida, asegura Poliakov, desde la propaganda zarista como el resultado de un complot, una conspiración judía. Era un intento para desprestigiar a los revolucionarios, que desde el punto de vista de la historia, no se puede mantener ni se mantiene, pero que hasta 1920 fue seriamente discutido. De hecho, este ideal fue recorriendo Europa, de país en país, hasta cuajar en el nazismo.

El complot es siempre una conspiración de infieles; se trata de la voluntad maléfica de unos cuantos, siempre son otros, distintos, a los que hay que aniquilar.

Para Poliakov lo que mejor explica la historia y las historias son los fuertes componentes pasionales.

Los grandes odios colectivos que desgarran el mundo, no importa si proviene del miedo, la codicia o el afán de poder, se corresponden siempre por una parte con una situación real, con intereses colectivos concretos – un enemigo al que hay que abatir, las riquezas que se anhela conquistar-, al tiempo que sirven de núcleo en torno al cual se aglutinan los instintos agresivos y asesinos.

Las pasiones de mujeres y hombres actuales permiten descubrir, además, un tercer componente del odio y la violencia: tan solo son vestigios arcaicos, resentimientos confusos, pretextos ilusorios. Su manifestación evidente, la descalificación del adversario, su humillación, el desquite ridículo. Es también el intento de condenar al hombre por lo que es, y no por lo que hace (porque lo que realmente hace se tergiversa); como una entidad abstracta, y no por acciones concretas.

La causalidad diabólica es un libro sobre las persecuciones de grupos humanos minoritarios, y que encarnaban –y encarnan-, para la cultura mayoritaria, la idea de lo diabólico. Aunque para cada hecho, incluidos la persecución y la tortura, el exterminio o la expulsión, hay multitud de razones (económicas, políticas, de clase, religiosas), en esa idea simple y unívoca de que siempre existe un demonio detrás, como se dijo arriba, se dan fuertes componentes pasionales que nos ayudan a entenderla. Editorial Ariel.

 

Del breviario de podredumbre (Cioran)

1.      Los verdaderos criminales son los que establecen una ortodoxia sobre el plano religioso o político, los que distinguen entre el fiel y el cismático.

2.      El principio del mal reside en la megalomanía prometeica, en esa mezcla indecente de banalidad y apocalipsis, en la pasión por un dogma. De ello resulta el fanatismo -tara capital que da al hombre el gusto por la eficacia, por la profecía y el terror-, lepra lírica que contamina las almas, las somete, las tritura o las exalta.

3.      En todo hombre dormita un profeta, y cuando se despierta hay un poco más de mal en el mundo.

@rivonrl

 

 

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