Opinión

Las falacias de la capacitación “fast track” (Segunda parte)

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

metamorfosis-mepa@hotmail.com

En un artículo anterior reflexionaba sobre los desafíos de la llamada “sociedad del conocimiento” y los complejos procesos de modernización que sufrimos, en donde nos vemos obligados a manejar grandes cantidades de información y a operar nuevas tecnologías de modo rápido y eficiente. Algunos plantean que la modernidad ha facilitado considerablemente la vida; otros piensan, en cambio, que la ha complicado y que requerimos involucrarnos en un proceso permanente y complejo de alfabetización para entender y manejar los nuevos códigos, sintaxis y herramientas.

¿Cambia usted frecuentemente su NIP para trámites por internet o por cajero automático (según se recomienda)?; ¿aprovecha todas las funciones que su ordenador le brinda?; ¿sabe interpretar el MENÚ DE OPCIONES que le ofrece la empresa a la que trata de comunicarse?; ¿alcanza a digitar los números de su TOKEN, antes de que cambien?; ¿ya ESCANEÓ su documentación y la colocó en la nube de su DROPBOX para liberar su CPU?; ¿su SMARTPHONE cuenta con GPS satelital?; ¿se le activó sin querer el CONTESTONE en su CEL y está pagando de más?

Las cosas se complican especialmente cuando la burocracia se trepa al tren del desarrollo tecnológico.

Supeditados a los tratados internacionales, funcionarios (públicos y privados) de altos rangos y de diferentes dependencias deciden, sin pensarle mucho (porque “es obvio que debemos adecuarnos a las exigencias del progreso”), imponer a toda la ciudadanía, a través de sus instituciones “de clase mundial”, el uso de las nuevas herramientas. Así, cada vez más trámites han de realizarse vía internet o mediante tarjetas y cajeros “inteligentes”, etc.

Tales decisiones no consideran las precarias condiciones que tiene nuestro país y no prevén opciones alternativas para casos de dificultad (que son muchos).

¿Cómo le va a usted con el prepago en la REDQ?; ¿ya tramitó su CURP?; ¿ya pagó su ISR?; ¿está usted en paz con el SAT?; ¿ya tiene su FIEL?; ¿ya sabía que se eliminó el IETU?; ¿conoce su CLABE (con b de burro) interbancaria?; ¿ya pagó en el CFEMÁTICO con su tarjeta inteligente?; ¿descubrió cobros indebidos en su tarjeta de crédito y la contestadora del 01800, al que llamó para reclamar, le exige dar una clave que usted no tiene?; ¿está pagando por un seguro que usted no contrató, pues no sabía que debía desactivarlo de su cuenta, a partir de cierta fecha?

Según los funcionarios, promotores de la modernidad, la gente no tiene pretexto si no sabe emplear las nuevas herramientas; basta con poner atención, con que les pierda el miedo, con que vaya a un ciber y pida apoyo a quien sí sabe; basta con que el Ogro Filantrópico (El Estado mexicano, según Octavio Paz) regale computadoras a diestra y siniestra, o con colocarlas en las oficinas públicas, ofreciendo a los usuarios una breve orientación.

 

Sin embargo, la cosa no es tan simple. No es suficiente una capacitación “fast track” que enseñe a presionar los botones adecuados, a manejar diversos programas computacionales, “gadgets” o aplicaciones; tampoco estar al pendiente de los cambiantes formatos, siglas, rutinas, rutas y normas, etc., para sortear dignamente los múltiples desafíos que se presentan en las urbes modernas.

 

Se ha vuelto imprescindible una nueva alfabetización integral (informática, tecnológica, mediática, burocrática, política, ecológica, etc.), que no se adquiere del todo en las escuelas y menos de manera rápida.

 

Esa nueva alfabetización implica participar de manera sistemática y de largo plazo en diversas redes sociales; capacitarnos para poder realizar múltiples operaciones con diferentes propósitos; para interactuar con diversos textos y herramientas; para reconocer los contextos comunicativos en los que dichos textos circulan.

 

Implica también saber cómo dar con la oficina, la casilla y el funcionario correctos, (así como que ese funcionario comprenda lo que uno le pregunta y tenga la información pertinente, precisa y actualizada para orientarnos).

 

Sin embargo, esto tampoco es suficiente. Requerimos, además, aprender a diseñar formas más eficientes de organizar nuestro tiempo, para dedicar largas horas a resolver los trámites en los que nos vemos involucrados; fortalecer nuestras mejores actitudes, como la perseverancia y la paciencia infinita (cuando se cae el sistema, la máquina se atora, la fila es larga o “todos nuestros ejecutivos están ocupados”); como la tolerancia a la frustración y la capacidad de colocarnos en el lugar de quien nos atiende (o de quien atendemos), para no agredirlo, reconociendo que en nuestra inmensa sociedad anónima, nadie es ni se hará responsable de una falla del sistema, porque esa persona es un simple eslabón en una compleja cadena de subordinaciones.

 

Una alfabetización integral implica, sobre todo, aprender a plantearnos preguntas sobre el sentido de lo que hacemos o nos vemos obligados a hacer.

Al respecto me inquietan tres cosas:

1)      ¿Qué porcentaje de la formación, educación o capacitación que damos o recibimos se reduce simplemente a aprender a hacer trámites?

2)      ¿Qué porcentaje de nuestro tiempo dedicamos a la burocracia en relación con el que dedicamos a vivir plenamente?

¿Cómo podemos liberarnos de estas formas de control social que el capitalismo ejerce sobre nosotros?

{loadposition FBComm}

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba