Opinión

Los diez mandamientos del chilango

Por Edmundo González Llaca

Por azares del destino las placas de mi automóvil son del Distrito Federal, como de vez en cuando viajo a la provincia me he percatado que la hostilidad hacia los capitalinos está a la orden del día y en aumento. El origen está en que los defeños al llegar a provincia se hacen anárquicos, insolentes, ingobernables. Mi abuelita –obviamente queretana de tiempo completo– diría: “son gente muy de a tirito”.

 

Aunque es necesario reconocer que después de los levantones a los chilangos se les ha quitado un poco lo pantera. Mi primera recomendación es que al llegar a algún lugar de provincia aclare, a la primera persona que se le aparezca, la que sea, desde el sujeto que lo recibe al registrarse en el hotel o al primer ambulante: no formo parte de ningún cartel; no soy periodista en busca de reportaje; no vengo a levantar ninguna encuesta.

 

Grítelo, sin importarle que la gente empiece a murmurar y a burlarse diciendo: el “Ánimo queretano” ya está haciendo escuela. Es más, aunque esté parado debajo de un colgado y descabezado, de inmediato busque una tarima y pregone: “Si bien en este lugar de nuestro México son un poco radicales en la solución del problema demográfico, no hay duda que aquí se respira la paz, la armonía y el amor al prójimo”.

 

Después de esta aclaración les sugiero a los chilangos que cumplan los siguientes mandamientos. Todo sea por conservar su seguridad.

Primero. Ame al lugar al que llegue sobre todas las cosas. Borre de su mente la idea de que fuera de México todo es Cuautitlán. Demuéstrelo. Si llega a Ciudad Juárez, baje del avión gritando: “Viva Juan Gabriel, si no me llevan a bailar el Noa Noa, puedo morir, es más, pido que me traten como mujer desaparecida”.

 

Segundo. No jure el nombre del DF ni en vano ni en serio. No presuma, no dé lecciones de nada. Antes de salir asesine a la neurona de Hugo Sánchez que todos llevamos dentro. Está bien que haya sobrevivido a temblores y a la contaminación, pero eso no tienen por qué admirarlo los provincianos. Cada quien su masoquismo.

 

Tercero. Santifique no sólo las fiestas del estado, sino también las comidas. Esté listo para comer a las seis de la mañana grillos en Oaxaca; pozole de puerco y lengua de res de postre en Guerrero o mole poblano de cadera de chivo a las 12 de la noche. Más vale que se arriesgue a morir de indigestión que despreciar un platillo.

 

Cuarto. Honre a los padres, a los hijos, a los nietos y próceres del estado. Evite las bromas. No se le ocurra decir que la heroína de la localidad le parece poco feíta o pasadita de carnes, o que el laureado poeta del ateneo cultural es bastante cursi.

 

Quinto. No mate. Cuando en los coches lea el texto: “Haga patria. Mate a un chilango”. Sonría, respire lentamente y diga: “¡Qué fino humorismo este de los provincianos! Son siempre tan ocurrentes y hospitalarios”.

 

Sexto. No sólo no fornique. En provincia quítese todo aire de “ligón”. Cuando hable con las mujeres mantenga la cabeza gacha.

 

Séptimo. No hurte, no harte, no raye los monumentos. Sé lo difícil que es acatar este mandamiento, pues los defeños, al sentir el rechazo, aumentan su dosis de agresión al exterior. Mejor deje todo plumón en su casa.

 

Octavo. Levante falsos testimonios y mienta, pero para atacar al DF. No hay mejor fórmula para diluir la hostilidad provinciana que atizar los males que flagelan a la capital. Puede decir: “¡Qué afortunados son Ustedes respirando polvo de obras que no terminan! En el DF pura cochinada, con decirles que sentimos como perfume la gasolina Premium”.

 

Noveno. No desee a la mujer de provincia, menos aún a la «flor más bella del ejido». Si algún provocador le pregunta la causa de su rechazo tan marcado, no vaya a contestar porque son “fresas”, “viven obsesionadas por casarse” o “vírgenes irredentas”. Invente frases como: “Se ven tan puras”; “Después de todo, es imposible”. “Sabrá usted, es que yo soy del DF”.

 

Décimo. Codicie las cosas de provincia, pero no confiese su íntimo secreto de trasladar ahí su domicilio. Resulta tan peligroso para su integridad que un provinciano descubra su desprecio como saber de sus pérfidas intenciones de ocupación.

 

Estos diez mandamientos se encierran en dos: amar y respetar a la provincia como si fuera el lugar donde pronto, acá entre nos, va usted a llegar a vivir. Después de todo, no hay lugar más inminente perecedero que esta locura temblorosa, congestionada y absurda del Distrito Federal. Por cierto, si tiene placas del DF, mejor cámbielas.

 

Espero sus comentarios en www.dialogoqueretano.com.mx donde también encontrarán mejores artículos que éste.

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