Los narcocorridos, los culpables de todo

Hace días, una masacre sacudió a la sociedad queretana. Cuatro hombres fuertemente armados descendieron de una camioneta para entrar a un bar muy cerca del centro de la capital, vaciando sus cartuchos y acabando con la vida de todo aquel que se cruzó en su camino.
Las imágenes no son nuevas. Los atentados contra jóvenes que disfrutan de la convivencia en un bar son la rutina de cada fin de semana en cualquier rincón del país, desde Culiacán hasta la península yucateca. Pero en Querétaro era la primera vez.
Frente a estas tragedias, las personas siempre hacemos un esfuerzo inmenso para contestar a la pregunta: ¿Qué lleva a alguien a convertirse en sicario y cometer actos tan atroces como el que ocurrió en Los Cantaritos? Constantemente buscamos respuestas que calmen nuestra ansiedad, que nos alivien el alma y nos permitan establecer una distancia moral entre “aquellos” y “los buenos ciudadanos”.
El enemigo parece ser siempre el mismo: la narcocultura, en particular, los narcocorridos, esas canciones que en los últimos años se han popularizado más entre los playlists de los jóvenes.
Pero culpar a los narcocorridos tiene sentido cuando vemos que es el camino más fácil. Nos ahorra la incomodidad de mirar los problemas estructurales que alimentan el narcotráfico. En otras palabras, se ha vuelto un atajo que simplifica y estigmatiza a quienes escuchan esta música.
La realidad —y hay datos que lo prueban— es que los narcocorridos no fabrican sicarios; narran las historias de un país donde miles de jóvenes encuentran en el narcotráfico una alternativa para escapar de la pobreza o alcanzar un éxito que el sistema siempre les ha negado. Son la crónica de una desesperanza, combinada con un entorno que glorifica el consumo, el lujo y el poder como la única medida de éxito.
En los últimos años, el narcotráfico se ha convertido en una alternativa económica viable para miles de niños y jóvenes. Según un estudio de la revista Science, publicado en El País en 2023, los cárteles de la droga cuentan con un estimado de 175,000 integrantes, superando a grandes empresas como Oxxo. Cada semana, el crimen organizado recluta a 350 nuevos miembros, consolidándose como el quinto mayor empleador del país.
Por eso, la raíz del problema no puede reducirse a la música que consumimos. Culpar a los narcocorridos nos libera de enfrentar nuestras responsabilidades como gobierno y sociedad.
A las autoridades les ahorra el trabajo de combatir la desigualdad, erradicar la pobreza, dejar de marginar a los jóvenes y construir una sociedad más empática, que incluya a quienes viven en la precariedad. Es más fácil prohibir canciones que abordan el narcotráfico que implementar políticas públicas efectivas para reducir las desigualdades, ignorando que es el hambre y la desesperación lo que en su mayoría empuja a miles al crimen organizado.
Estas narrativas, que también salen de la sociedad, hacen que los narcocorridos y la narcocultura en general se conviertan en el chivo expiatorio de la violencia, mientras la pobreza y la exclusión permanecen intactas.
Si queremos un cambio real, debemos atacar las causas estructurales que llevan a los jóvenes a tomar un arma y acabar despiadadamente con la vida de cientos de personas por un sueldo base.
Prohibir la música que refleja la desesperanza no acabará con la desesperanza misma. Solo nos está contando una herida que no hemos sabido sanar en el país.



