Opinión

Noviembre ha llegado

Por: Luis Enrique Corona

In these demon days it’s so cold inside

So hard for a good soul to survive

You can’t even trust the air you breathe

‘Cause mother earth wants us all to leave

Gorillaz – Demon Days

PARA DESTACAR: Estúpidas teorías surgían tras la desaparición de Fernanda Loranca. Rumoraban que ella aparecería en la fiesta del 2 de noviembre, que saldría de un ataúd como entrada para su coreografía. Lo cierto es que de ella solo aparecerían fotos, todas coronando los altares de muertos.

Parecía un día normal de clases, otra deliciosa mañana de otoño en la preparatoria.

No faltaba ‘Migue’ en la cafetería con los primeros cafés de olla para los maestros madrugadores, o el profesor de matemáticas que con su vibrante labio aterraba a todos los estudiantes impuntuales. Pero aunque don ‘Chame’ regaba el pasto como hacía siempre, aunque las listas se pasaran en los salones, muy a pesar de la imperante normalidad, una sensación extraña se hacía presente. Todos los estudiantes en cierto grado tenían un raro presentimiento.

Pequeños síntomas de aquella mañana de finales de octubre. Para empezar, era un día notablemente más gris que otros. Además de que al ruidoso (¿?) grupo adolescente de siempre le hacía falta su elemento más notable; solo estaban el roquero de las camisas sucias, el elegante pseudovampiro y el par de mejores amigas inseparables y contrastantes. Faltaba un nombre en esas listas de presentes y faltantes, y todo mundo se pudo dar cuenta de ello. Fernanda no había llegado a la escuela esa mañana.

De pronto un aviso se extiende a todos los salones. La ausente asoma en una peculiar forma. La inquietud toma forma y escala a aires nuevos hasta formar una atmósfera de miradas colectivas llenas de interrogación. El coordinador ha puesto de su bolsillo el dinero para imprimir unos carteles con esas palabras secas y rotundas que no ocultan la desesperación: “Se Busca”, lanza el cartel.

Ahora los estudiantes tienen que ir a repartirlos en todo el pueblo ¿Qué sucede? ¿Qué no era otro día normal de clases? ¿No teníamos clase de Química a la siguiente hora? Nada de eso importa ya, porque Fernanda Loranca no llegó la noche del martes a su casa “¿Qué no es muy pronto para sacar carteles?”, se preguntan algunos, si eso fue apenas anoche.

Los alumnos pasaron alrededor de dos horas repartiendo los avisos en el centro de San Juan del Río, en plazas comerciales, en parques y gasolineras. Preguntaron por la muchacha en los lugares que solía frecuentar, después volvieron a clases. Pero sus amigos no vuelven a la escuela, de hecho, en todo el día no regresaron a sus casas, no descansaron en su búsqueda. Cuando dieron las 12 de la noche de ese día, 28 de octubre, el nombre del juego cambió, las reglas también, no más carteles, no más preguntas, ahora se trata de encontrarla a como dé lugar.

Fernanda Loranca era una joven de 17 años como tantas otras, incluso en sus singularidades siempre evocaba a alguien que todos conocen. Se trataba de ese alguien con cierta magia y rareza que tenía la extraña costumbre de estar feliz casi todo el tiempo, activa y participativa, era imposible no darse cuando hacía falta. Pero también esa fama le convertía en el perfecto objeto de prejuicios, por ejemplo, algunos decían que la coreografía que preparaba para la fiesta de día de muertos era una danza satánica.

Igual, la fecha hizo a muchos dudar de la desaparición. Parecía una broma anticipada del Halloween al estilo Tim Burton. Estúpidas teorías surgían en las ‘pedas’, rumoraban que Loranca aparecería en la fiesta del 2 de noviembre, que saldría de un ataúd como entrada para su coreografía. Lo cierto es que de ella solo aparecerían fotos, todas coronando los altares de muertos de la preparatoria.

Otra mañana llegó. Jueves 29, se suspendieron todas las clases. Toda la prepa de la Universidad debía organizarse en grupos para buscar a la joven desaparecida. La realidad parecía película de terror. Confundidos, algunos vagabundearon sin cesar por las calles del Centro, otros se reservaron a la intimidad del río para distraer su inquietud con unas chelas entre amigos, ahí donde no los veía la policía.

Por cierto… ¿y la policía? Bueno, los policías no eran de mucha ayuda en estas cosas, no es que debieran (¿o sí?); en realidad nadie servía para esto de buscar a una desaparecida, solo los amigos más cercanos se comprometían de verdad.

Y fueron precisamente ellos, sus amigos más próximos, los que entre los pastizales y matorrales de la orilla más olvidada del pueblo, encontraron a su amiga.

La imagen de esa aparición fue terrible. Se trataba de la más mórbida y ominosa de las fotos jamás publicadas en la nota roja, memoria de pesadilla en el descanso de las personas que menos la merecían. La descripción del periódico parece interesada en estimular los nervios más recónditos de los lectores. Una descripción innecesaria. Pero al tratar de evadir el morbo se inserta en aras de no olvidar cuán terrible puede ser el mundo de los humanos: el cuerpo apareció boca arriba, despojado de la ropa interior y con heridas de estrangulamiento.

De justicia no se puede decir mucho. Agarraron a un sospechoso en alguna ocasión, el operador de la ruta 28 que Fernanda usó para viajar a su casa el último día que fue vista con vida. Pero nunca hubo certeza sobre la culpabilidad de este presunto, fue liberado y nadie terminó tras las rejas por el crimen. Y entonces no queda mucho por hacer. Solo llorar, lamentar, extrañar. La desgarradura interior. Después vendrán los días vacíos, una horrible época de adicciones (¿de quién?), la confrontación, y por último, tan inevitable como lamentablemente, la vida vuelve a su pesada y ordinaria cotidianidad.

Y de pronto uno cae en la cuenta de que ya han pasado siete años, todo por un día que empezó como cualquier otro.

Más días de muertos llegarán, y sobre aquellas imágenes terribles… pues en realidad hay un punto en que ya no le sirven al alma. Mejor recordar a Loranca en sus mejores momentos, cuando sonreía y bailaba, porque como dice la canción: “la vida es para gozarla, la vida es para vivirla mejor”. Así sus amigos tuvieron que seguir con sus respectivas vidas, tristes o alegres vidas, pero jamás volvieron a ser los mismos, y a pesar de eso, prefieren para su memoria los recuerdos felices. Sin embargo, este crimen se aferra al alma del pueblo, a las miles de leyendas que por la noche grita el río San Juan ¿Por qué ha de ser tan injustamente brutal la mera existencia humana?

 

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