OTTAWA DRY (En copa champagne por favor)

Si fuera efecto domino, y si en cada ficha estuviera el nombre de un político internacional, por ejemplo: Macron, Trudeau o Merkel ¿Quién o qué daría el último empujón? ¿Quién se reiría de ver la primera caída? ¿Trump? ¿La democracia liberal?
Estereotipos de la clase liberal mexicana: tengo en Nueva York una conocida publicista y otra amiga artista (orgullosamente guanajuatense, por cierto). No están emparentadas entre sí, es probable que no se cayeran demasiado bien si se conocieran, pero solo una cosa las une más allá de la nacionalidad, la Green Card y el cariño que me tienen: una sensación cada vez más desfavorable de Donald Trump.
Cuando un par de mujeres mexicanas, educadas, innovadoras, una progresista y otra liberal, ambas migrantes legales de una ciudad cosmopolita; ilustrada y demócrata de los Estados Unidos, coinciden en que Donald Trump no está tan mal, la democracia liberal se encuentra en graves problemas.
Brooklyn habla de desigualdad, mientras Upper West Side habla de indicadores macroeconómicos, pero ambas coinciden en una misma idea: el establishment político estadounidense – ya demócrata, ya republicano- no da más. Tampoco Bernie Sanders ni Alexandra Ocasio-Cortez. Nadie.
Mi amiga lo manifiesta con discreción en una comida que no pretendo dinamitar, por lo que no persigo la discusión. Pero me lo argumenta a detalle en tête-à-tête: es evidente que ninguna de las cosmovisiones políticas que han imperado en lo que llevamos de vida ha logrado erradicar la desigualdad o mitigar el descontento; sería loco perseverar. Tengo contraargumentos y principios, pero ella tiene un punto.
Los contraargumentos solían llevarme a la Alemania de Merkel, pero The Economist –ese bastión de la democracia liberal– la acusa de haber dejado un país “incapaz de defenderse sin Estados Unidos, que pena, para crecer sin exportar a China y depende del gas ruso para mantener su industria activa”, con poca inversión en infraestructura pública y una política migratoria que ha alimentado el avance de la extrema derecha.
Quedan los países escandinavos a invocar como ejemplos de democracia gobernada por partidos tradicionales, con Estado de bienestar, economía de mercado e instituciones sólidas; lo cierto es que nos quedan lejos, y no sólo en términos geográficos.
Más cerca nos quedaban dos figuras hoy en desgracia: al aferrarse al poder, un Emmanuel Macron de arrogancia creciente ha abusado de los mecanismos parlamentarios, enlazado los fracasos, despilfarrado su legitimidad; es previsible que entregue Francia y a la extrema izquierda a la extrema derecha.
Trapitos…al sol
En Canadá, la renuncia de Justin Trudeau le otorga una salida menos indigna –al menos frena las medidas fiscales y migratorias populistas que empezaba a desplegar en su desesperación– pero con toda probabilidad abrirá paso franco al conservador Pierre Poilièvre, escéptico ante el cambio climático y a las instituciones financieras nacionales, apologista de las criptomonedas y detractor de las vacunas.
Son tiempos de secas, Y acaso hayan de empeorar antes de mejorar. Queda preguntarse qué hacemos mientras.



