Opinión

París canta la Marsellesa

Por: Efraín Mendoza Zaragoza

 

¿Desde acá qué podría uno decir sobre lo que ocurre en Francia o en Siria? ¿A partir de qué bases podría uno juzgar los actos de algo llamado Estado Islámico, ISIS o Daesh? ¿Cómo construimos nuestra idea del mundo? No son pocos los que, obedeciendo un sutil mandato, han colocado en su perfil de Facebook un filtro azul, blanco y rojo como indubitable forma de juzgar los hechos. Por supuesto, no podríamos hacer apología de la violencia ni justificar crimen alguno, pero preguntémonos cómo construimos nuestra posición política en coyunturas como la que vive hoy París.

Una primera cuestión. La imagen que tenemos del mundo nos viene inicialmente de las noticias. Sólo que las noticias no tienen autonomía, aunque los que las producen se esfuercen por presentarlas como un retrato irrefutable de los hechos. Para no quedarnos en la superficie de la descalificación ideológica, el maestro Noam Chomsky sugiere entrar en las tripas del entramado mediático, el global y el local, y ponderar cinco planos que simultáneamente condicionan el proceso de producción de noticias, a saber: la propiedad de los medios, las fuentes de ingresos de los medios, las fuentes de información y las medidas disciplinarias a las que están sometidos. Y la quinta, una suerte de atmósfera que los medios asumen como dada e incuestionable: durante la Guerra Fría se llamó anticomunismo y ahora se llama guerra contra el terrorismo. Grandes fantasmas del otro antagónico para desviar la atención hacia objetivos lejanos desde donde, se dice, vienen todos los peligros.

Contra los profetas de la red que predican que entramos ya al reino de la horizontalidad informativa, hay un dato duro, lo suficientemente duro como para cuestionar la confiabilidad de la información que consumimos: 70 de cada 100 palabras, 70 de cada 100 imágenes que hoy se distribuyen en el mundo, provienen de sólo siete poderosas multinacionales. Esas siete empresas globales controlan la televisión (sus contenidos y su operación), controlan los satélites, las cableras, las estaciones de radio, los diarios, las revistas, la industria cinematográfica, las redes de internet, las editoriales y las agencias de información. Se trata de las empresas News Corporation, Time Warner, Disney, Sony, Bertelsman, Viacom y General Electric. Me da la impresión de que ninguna tiene su matriz en Siria ni socios en Bagdad.

Lo cierto es que nuestra idea del mundo es construida por esas poderosas multinacionales que, en los hechos, fungen como auténticas agencias de propaganda con propósitos e intereses nunca explicitados. El nombre que damos a las partes en conflicto es implantado por ese núcleo mediático. En ese colosal sistema nervioso se construyen las narrativas, ahí se sube o se baja el volumen a los temas, ahí se decide que unos son la civilización y otros la barbarie, unos la democracia y otros el extremismo, siempre como una derivación de la disputa entre los buenos que somos nosotros y el enemigo que son los otros a los que hay que destruir sin piedad.

Sin preguntarse por el origen de la violencia, la gente adopta juicios y se descarga de lo lindo en sus cuentas personales contra los terroristas. Quien tenga ganas de vomitar, asómese a los montajes que ha exhibido de modo extraordinario el investigador Fernando Quirós Fernández en auténticas páginas de vergüenza para el periodismo internacional. Y dejarán de repetir como loros eso que Barack Obama ha dictado: no ha sido atacada París ni Francia, ha sido atacada la humanidad.

En segundo término, sólo algunos datos sueltos a los que, por evidentes razones, la prensa no otorga titulares ni da seguimiento. Resulta que con una velocidad mayor a la de un relámpago, el gobierno francés estableció que los atentados del viernes 13 fueron planificados en Siria, organizados en Bélgica y perpetrados con la complicidad de individuos radicados en suelo francés; lo cierto es que la mitad de los criminales suicidas son ciudadanos franceses. Resulta que a sólo unas horas de los hechos, en Viena ministros de exteriores de varias potencias globales ya habían decidido la instalación de un gobierno de transición en Siria y la convocatoria a elecciones con supervisión de la ONU (aquí debió decir EU, claro); lo cierto es que de inmediato Francia triplicó su capacidad bélica y con arrojo emocional bombardeó aquella nación. Y digo triplicó porque la aviación francesa lleva ya meses metida en Siria en calidad de primer acólito de Estados Unidos. Por ello no faltó quien sintetizara lo sucedido el 13 de noviembre de este modo: “tomen un sorbo de lo que los musulmanes en Siria e Irak viven todos los días”. Pues sí, como dicen los chiquillos cuando el juego termina en pleito: ¿Quién empezó? El del viernes 13 no fue ataque, fue respuesta al belicismo intervencionista que aún late en la Francia imperial y que hoy ha puesto a todos a vibrar con La Marsellesa.

Abrimos el año espantados con París; lo estamos cerrando con París de nuevo en el espanto. Que se pregunte Francia, que se pregunte también España y que se pregunten muchos otros estados de Occidente, cuál es el caldo de cultivo de ese otro fenómeno silenciado y creciente, que se conoce como “los lobos solitarios”, que son jóvenes que desde adentro mismo y sin recibir órdenes de Alá, fraguan la manera de vengar la exclusión y la barbarie de una economía criminal que los tiene sin empleo y que les ha cancelado las ilusiones. Jóvenes que se saben sobrantes y que están dispuestos a cobrar radical venganza, así sea con su vida. Que de por sí ya nada vale.

 

 

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