Opinión

Twitter, Ayotzinapa y 1968

Por: Omar Árcega E.

Twitter.com/Luz_Azul

Reflexionar sobre las dinámicas sociales que se han producido a raíz de la desaparición de 43 jóvenes normalistas y la muerte de otras seis personas no es tarea simple, en buena medida porque los hechos aún están ocurriendo, la historia se está escribiendo, los actores involucrados siguen moviéndose. Más allá de la indignación y de las plumas que escriben con la adrenalina de los acontecimientos, hay dos aspectos que despiertan mi curiosidad como científico social.

El primero tiene que ver con la relación entre las acciones disruptivas dadas en el “mundo real” y las expresiones de rechazo vertidas desde las redes sociales. Algunos estudiosos de las redes sociales señalaban que éstas generaban el peligro de la despolitización, pues auguraban que la gente, al mostrar su indignación con un par de clicks, perdería la motivación para salir a las calles a protestar por sus derechos. Lo que nos muestran las movilizaciones por Ayotzinapan es que, al menos en este caso, esos pronósticos son totalmente falsos. Las redes sociales han sido un medio eficaz para convocar marchas, para informar acciones de protesta. A juzgar por la afluencia en las concentraciones, no se percibe que los jóvenes se hayan escudado tras su computadora para no participar en el mundo real.

Por otra parte, el impacto mediático de estas protestas se ha visto potenciado gracias a las redes sociales. Los hashtag han sido valiosos difusores y a la vez congregantes de las expresiones de protesta. El sentido de pertenencia que debe tener todo movimiento social exitoso también se ha visto potenciado; a través de fotos y frases se ha creado un reconocimiento básico entre personas en todos los puntos del orbe y de todas las nacionalidades. Los memes han cumplido su función de comunicar mensajes claros y contundentes que mantienen vivo el sentimiento de indignación y rabia.

En otras palabras, lo que se tuitea o se vierte en Facebook corre a la par de lo que se vive en las calles. La tan temida reducción de las acciones disruptivas a una democracia del señalar con el cursor y hacer click no parece tener fundamento. Y sí va teniendo peso la idea de que lo virtual y lo real pueden y deben ir de la mano en un movimiento social del siglo XXI.

El segundo punto que llama la atención es el paralelismo y las diferencias que tienen las actuales movilizaciones con lo que ocurrió en el verano de 1968 en México. Aquellos acontecimientos de organización social y de disrupción fracasaron en el corto tiempo, aunque en la mediana y larga temporalidad fueron un éxito, pues sembraron dinámicas que serían parte de los procesos democratizadores que vivió México. Al igual que en 1968, amplios sectores de la juventud se sienten con rabia e indignados; las causas, ayer y hoy, tienen que ver con represión policial y falta de diálogo con las autoridades. En 1968, el éxito de las movilizaciones llevaron a la impensable toma del Zócalo en dos ocasiones, acción que llevó a los participantes a la sensación de que “El país era nuestro”, según palabras de uno de los dirigentes; y es que en la tarde noche del 27 de agosto de ese año, los estudiantes gritaron insultos contra el presidente, tocaron las campanas de la catedral, se pintaron consignas en los muros de Palacio Nacional y se retó, como hasta el momento no se había hecho, a las autoridades. Años después, los propios líderes reconocerían que esa noche se sentían invencibles y esto mismo los había llevado al fracaso del movimiento. Hoy vemos que las acciones violentas son más frecuentes en las movilizaciones; al escribir estas líneas, ha sido quemadoun autobús en la Ciudad de México, pero detrás hay una larga lista de acciones como toma de casetas, destrucción de oficinas gubernamentales, insultos a reporteros. A mi modo de ver, se está retando innecesariamente al orden y la legalidad; otra vez parece estar cuajando esa sensación de que “el país es nuestro” y esto puede llevar a abortar posibles esfuerzos de diálogo.

En 1968, a pesar de que había un pliego de peticiones relativamente concretas, la mayoría de los jóvenes no estaban suficientemente informados, ellos aspiraban a “más libertad”, es decir, a algo muy amplio y muy abstracto; cuando las peticiones son así, es muy fácil que generen frustración, pues no hay hechos palpables de cómo darles satisfacción. Hoy, el reclamo concreto es que los desaparecidos aparezcan. Más pronto que tarde se dará con su paradero y la pregunta es: ¿qué pasara con toda la energía social movilizada? Convendría empezar a socializar que el drama de Ayotzinapa es la oportunidad para plantear temas de fondo como el papel de las redes de tráfico de influencias, la creación de reglas de juego para impedir la aparición de narcopolíticos y el respeto al Estado de derecho.

Si nos quedamos en 43 normalistas desaparecidos y seis muertos, la movilización social está condenada a desaparecer en el corto plazo; si vemos las razones estructurales que llevaron a eso y se socializan, entonces estaremos construyendo para el futuro.

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