Opinión

Una Universidad amorosa…

Por José Luis Álvarez Hidalgo

La expresión una “República amorosa” ha sido acuñada por Andrés Manuel López Obrador a raíz de que fue designado el candidato a la Presidencia de México por parte de los partidos de izquierda PRD, PT y Movimiento Ciudadano. La frase resulta afortunada en momentos en que la crisis económica, la inseguridad, el hambre, el desempleo y los 50 mil muertos de Calderón han colocado al ciudadano promedio al borde de la desesperación. Admito que suena bastante cursi y que puede ser parte de una estrategia de promoción electoral que ya se ha echado a andar y que tuvo su manifestación plena durante la entrevista que, por fin, concedió Joaquín López Dóriga, ogro filantrópico de los noticiarios de Televisa, al todavía presidente legítimo de México.

 

El encuentro entre los dos López fue muy extraño, casi desagradable; ver frente a frente a dos enemigos históricos y que representan a dos proyectos de nación totalmente contrapuestos entre sí, en un intento de reconcialición despide un tufo de falsedad que no podemos obviar. Sin embargo, la comunicación empleada por AMLO en esta entrevista le dejó muy bien posicionado de frente al espectador televisivo habituado al discurso descalificador de los informadores de la empresa televisiva. Andrés Manuel se plantó muy bien frente a las cámaras, de entrada le puso una sacudida bastante enérgica al conductor y a la televisora que representa que le hizo agazaparse en un mutismo desconcertante.

AMLO le expresó con toda claridad y dignidad su pensar y su sentir respecto a la cobertura informativa que Televisa le ha dado al movimiento que encabeza López Obrador desde sus inicios. López Dóriga no supo que responder e incluso le sorprendió la mano extendida del ex candidato presidencial en señal de reconciliación y del inicio de una nueva relación. Ese gesto amoroso fue demasiado significativo como para ignorarlo y no someterlo al análisis respectivo y tiene su equivalente en los besos que Javier Sicilia reparte amorosamente a los funcionarios del Gobierno Federal. ¿Ése es el camino? ¿Ofrecer la otra mejilla, cristianamente, en vez de blandir las espadas y cortar cabezas a diestra y siniestra? ¿Ponderar nuevamente, la vieja consigna sesentera de hagamos el amor y no la guerra?

También nos recuerda la ingeniosa consigna que fue empleada durante las manifestaciones en contra del desafuero de López Obrador que le pretendía Vicente Fox en su contra y que rezaba así: “Te AMLO desaforadamente”. Andrés Manuel se paró dignamente frente a las cámaras de Televisa y acaba de fundar una mística comunicativa y de relación frente a los adversarios políticos, al puro estilo de Mahatma Gandhi, de luchar pacíficamente y renunciar a su acostumbrada rudeza para mostrar una cara más amable, benigna y amorosa. El nuevo rostro de AMLO. Son tiempos electorales.

En ese sentido son las reflexiones de Dominique Wolton al plantear que la comunicación ha evolucionado en dos claras direcciones: las técnicas y los valores de la sociedad democrática. Señala que la comunicación se mueve en una dualidad constante al dudar siempre entre un sentido normativo (del orden del ideal) y un sentido funcional (del orden de la necesidad). Concluye diciendo que la comunicación está en el centro de la modernidad y que resulta inseparable de ese lento movimiento de emancipación del individuo y del nacimiento de la democracia. La comunicación como un movimiento liberador, plantea Wolton.

Ahora tenemos que preguntarnos con toda claridad, ¿cuál ha sido la comunicación que hemos realizado los universitarios durante el actual proceso electoral de renovación del Rector de la UAQ? Me pesa descubrir que no hemos sabido comunicarnos en el sentido que pondera Wolton; que hemos desarrollado unas prácticas comunicativas más cercanas al sentido funcional, aquello que sirve para posicionar a mi candidato y hacerle ganar la elección, sin importar el contenido ético y verdadero de la comunicación. En esta guerra comunicativa del todo se vale, se ha degradado el valor de nuestra comunicación y nos hemos alejado, una vez más, de esa comunicación que antepone la emancipación del hombre y los valores de una sociedad democrática. Estamos atrapados en la telaraña de la incomunicación absoluta y nos empecinamos en asfixiarnos cada vez más.

Es necesario realizar un examen minucioso de nuestros modos comunicativos y de cómo evitar el lodazal en el que estuvimos inmersos durante todo este agobiante y funesto proceso electoral que debe tener como saldo benéfico el análisis y la reflexión científica y académica (¡somos universitarios, por Dios!) que permita modificar nuestros patrones comunicativas para orientarlos a la sociedad de la convivencia, tal y como lo plantea el mismo Wolton.

¿Será necesario fundar una Universidad amorosa, a la usanza de López Obrador con su propuesta de una República amorosa o vamos a continuar empeñados en destruirnos los unos a los otros? Ya me lo espetó un buen amigo de nombre simbólicamente bíblico que no voy a revelar pero que se hace llamar Job, por cierto rival en estas lides electorales, y me lo dijo con toda convicción: ¿Y ahora qué sigue? Es el tiempo de la reconciliación. ¿Seremos capaces de ello o nos vamos a enfrascar en el revanchismo y en el rencor electoral cada vez que enfrentemos un proceso de definición institucional?

Éste es el reto que tenemos ahora los universitarios. Es el tiempo de las definiciones.

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