Opinión

Yo estuve ahí

Por: Rodrigo Castañeda

Yo estuve ahí, no en la primera, hubo muchas batallas antes, pero me tocó ser testigo de las mejores, las más emocionantes, las más encarnizadas; aquellas donde uno estaba forzado a elegir un bando y donde no siempre ganaban los mejores. Estuve en la mayoría de las batallas donde se luchaba por definir qué formato se quedaría en el mercado y cuál sería exiliado al olvido de las masas.

Y comienzo haciendo memoria de aquellas batallas porque acabamos de ser testigos de una de ellas, tal vez un poco más silenciosa que las otras, pues en este caso el fin del caído fue a causa de sus propios hermanos, quienes en un acto de fatal canibalismo, dictaron la obsolescencia del iPod.

Este es un evento sobre el que vale la pena reflexionar, y más ahora con tanta red social y tanto “nuevo” medio, pues es un reflejo de los tiempos que vivimos, y hemos vivido desde hace rato, donde nadie tiene su sitio comprado en el panteón de las plataformas y en donde todas las muertes ya están anunciadas.

Para nuestras generaciones, desde el walkman hasta la fecha, la portabilidad ha sido la meta, el sueño, según cuentan los libros de mercadotecnia, de los visionarios que construyeron los imperios de los aparatos electrónicos, o por lo menos pusieron su nombre en el mapa. De alguna manera todo comenzó —si vamos a ponernos nostálgicos— con Masaru Ibuka y su deseo de salir a correr mientras escuchaba música. En ese instante, que pudiera parecer de inspiración mágica —aunque en realidad tendríamos que agradecer más a Nobutoshi Kihara, quien construyó el primer prototipo—, nació el walkman. El sueño del hombre de moverse con la música, sin la necesidad de andar cargando una pesada grabadora al hombro, o un tololoche recargado en la barriga, había comenzado.

Y hay que tomar en cuenta este momento, pues a final de cuentas fue aquella casetera portátil la que inspiraría la creación del reproductor de Apple.

Y yo estuve ahí. En esta esquina, el primer reproductor digital del Apple; en la otra, el MiniDisco de Sony. Uno el retador; el segundo, el viejo campeón con el deseo de conservar la corona. El año: 2001.

Un mes después de que se suscitara el evento más importante en la historia moderna de la humanidad, salía el primer iPod al mercado. Era un aparato raro. Blanco como fantasma, cuadrado y con la rueda característica para controlarlo. Según cuentan —no que me conste— Steve Jobs se inspiró en las cápsulas de 2001, Odisea del Espacio para crear la peculiar imagen del artefacto.

iPod no fue el primer reproductor digital —antes de él estuvieron el IXI, el reproductor de Audible, el Rio, el Nomad, por mencionar algunos—, pero sí fue el primero en ser más portátil; el primero en ser un objeto de deseo, no sólo por su función, sino por su diseño, del que Apple hacía gala con una campaña publicitaria icónica, donde todo el mensaje era que con el iPod: ¡podías bailar!

Es difícil pensarlo hoy en día, pero el tener un reproductor de música digital que no fuera un ladrillo fue un gran avance en la historia, si a eso le suman el furor que provocaban, tanto a los usuarios como a las fuerzas “antipiratería” —a unos, bueno; a los otros, el furor era más bien una combinación de nefastés y miedo—, programas como Napster, la era de los reproductores digitales había comenzado.

Y yo estaba ahí, como muchos otros, sólo que yo estaba en el bando equivocado.

No me da pena admitirlo, pero cuando salió el iPod, yo apostaba por el MiniDisco, y mi idea no estaba tan equivocada, a fin de cuentas el minidisco ya llevaba diez años en el mercado, nadie lo conocía, pero ya tenía sus años, lástima que no le quedaran más que dos, pues el iPod lo iba a mandar a la lona en K. O., y yo me quedaría con mis minidiscos, al igual que me quedé con mis cintas BETA, temeroso de ya no poder reproducirlas, pues como bien señala Jenkins, y estoy parafraseando; lo que muere no es la media, sino sus plataformas.

Pero poco le duraría el gusto al nuevo campeón. Hoy lo vemos derrotado, igual que el HD DVD, o los MemoryStick, o los Vochos. El 9 de septiembre del 2014, mientras se daba el anuncio del nuevo iPhone, también se anunciaba que el iPod clásico, el que salvó a Steve Jobs y a Apple, el que se volvió un ícono de la década pasada, que sobrevivió seis generaciones —que en tiempo vida de productos Apple fueron sólo trece años— sería descontinuado.

Si analizamos por un momento el anuncio vamos a descubrir al nuevo campeón; el teléfono celular inteligente. Estos aparatos se han convertido en el verdadero Walkman; una plataforma capaz de albergar a toda la media, materializando así el sueño que tenía Sony y que intentó hacer realidad con el Playstation Portable.

Pero ¿qué dice esto de nosotros?, ¿seremos acaso las generaciones del úsese y tírese?, ¿lo hacemos con todo; nuestra vida, nuestras relaciones, nuestras ideas, nuestros gustos?, ¿tanto nos ha degenerado la tecnología? Y creo que la respuesta es no. Para muchos, el anuncio cayó como cubetada de agua fría, en especial para los que nos gusta mantener las cosas por separado, los que tenemos una plataforma para leer, una para escuchar música, una para el internet, e incluso una, aparte de todas las demás, para jugar. Para nosotros la noticia fue triste, mas no fatal. Porque lo que queda de manifiesto es que la sociedad, estas sociedades de consumo —y no lo digo de manera despectiva, sino todo lo contrario— han definido muy bien lo que les gusta y cómo les gusta. Algunas veces ganamos la batalla en esta eterna guerra de plataformas, y otras la perdemos, igual como perdió la arcilla contra el papiro, o la letra de molde contra la manuscrita, y ambas contra el teclado.

Claro que podemos aferrarnos a lo que va quedando atrás, a fin de cuentas todos tenemos algo de romántico y sufriremos la pérdida de la memoria —no me refiero a que ya no recordaremos el iPod, sino que perderemos los fabulosos 120 gb del iPod clásico, mientras que los touch, los mini y todos esos con trabajos llegan a los 32.

Pero así es esto, todo sea por ser testigos de lo que sigue (la nube), ahora nos queda pelear porque las empresas no se manchen con los precios de sus “nuevas ideas”, pero sin aferrarnos demasiado a los productos venideros, que si algo nos han enseñado todas estas derrotas y victorias es que los tiempos cambian —aunque cuando se trata de Apple, cambian muy rápido al inicio y como para la cuarta versión ya son exactamente lo mismo, basta ver el nuevo iPhone—, y cambian rápido, y nos siguen sorprendiendo, sólo que ahora nos dan menos tiempo para maravillarnos. Ya veremos qué más viene. Aún así, con toda esa tecnología que está por aparecer, nosotros somos parte de las generaciones iPod, y eso nadie nos lo va a quitar. Le diremos, entonces, a los más jóvenes, a aquellos que no conocieron los teléfonos de disco, los chicles motita, o el Nintendo, o a los que pagan más de $500 pesos por un disco de acetato, a ellos les diremos: “Yo estuve ahí”.

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