La frustrada reforma electoral y el plan B

Como era totalmente previsible, el pasado 6 de diciembre, la oposición, en bloque, votó en contra de la iniciativa de reforma electoral que había propuesto el presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador. Aunque a favor de la reforma votaron 269 diputados, 225 votaron en contra y uno se abstuvo, no se alcanzó la mayoría calificada de las dos terceras partes de los presentes, que en caso de que estuviera el total de 500 diputados, sería de 334.
Sin embargo, también como era previsible se puso inmediatamente en acción el “Plan B”, es decir una serie de cambios en leyes secundarias relativas a aspectos del monstruoso aparato electoral que funciona en nuestro país, uno de los más caros del mundo, si no es que el más caro.
Poco le duró el gusto a la oposición de haber rechazado, de manera maniquea, una reforma electoral bastante racional, pues casi inmediatamente después, fueron aprobados cambios en leyes secundarias. Cambios que, al no modificar artículos constitucionales, sólo requieren de mayoría simple, es decir, la mitad más uno, por lo que Morena y aliados aprobaron, sin problema, dichas leyes secundarias, con 267 votos a favor por 221 en contra.
En el momento de escribir este artículo, la ley ya pasó al senado en donde también deberá discutirse y, en su caso, aprobarse, para que los cambios en las leyes sean publicados en el Diario Oficial de la Federación. Una vez publicados, los cambios entrarán en funcionamiento inmediatamente.
El esquema de previsión del ejecutivo fue exactamente el mismo que se aplicó en el caso de la también frustrada reforma constitucional del sector eléctrico nacional, casi inmediatamente después del rechazo de la oposición, en bloque, fueron aprobados por mayoría simple cambios en leyes secundarias.
El hecho de que una mayoría intente modificar leyes electorales no es nuevo ni se da sólo en México. Es algo que sucede, ha sucedido y seguirá sucediendo en muchos países, de los Estados Unidos a España, de Argentina a Brasil. Se trata de un proceso democrático, legal y legítimo.
¿De dónde saca entonces la oposición que el partido en el poder no puede modificar leyes electorales? ¿No lo hicieron en su momento el PAN y el PRI cuando tuvieron en sus manos el gobierno federal y la mayoría en ambas Cámaras? ¡Claro que sí!, ¿y entonces?
Es una verdadera falacia lo que señaló José Woldenberg, expresidente del instituto electoral, en la marcha de la oposición dizque “para defender al INE”, de que se debería rechazar en bloque la reforma, sin analizarla, sólo porque la había propuesto el presidente de la república.
Me parece verdaderamente increíble que un profesor universitario, de la UNAM, sociólogo con maestría en estudios latinoamericanos y doctorado en ciencias políticas razone de una manera tan patito y con un desconocimiento casi total de lo que ha sucedido y sucede en otros países en donde, cuando se tienen mayorías calificadas, se modifican las respectivas constituciones en aspectos electorales, por ejemplo, cambios en la distritación o en el monto del “bono de mayoría”. Y lo hacen las derechas, las izquierdas y el centro. Para eso se ganan las mayorías en los congresos, para modificar leyes que atiendan a los deseos de la mayoría de la población que llevó a determinados partidos a ganar el poder ejecutivo y el legislativo.
Así que, nada nuevo bajo el sol, nos tenemos que acostumbrar a esta nueva realidad política en México. Forma parte de la transformación de la vida nacional impulsada por el gobierno de la 4T.



