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Una noche verde en el Estadio Corregidora

Después de ocho años, la Selección Mexicana regresó al Estadio Corregidora en una noche cargada de simbolismo, seguridad extrema y un estadio que, entre el verde nacional y el azul local, vivió una fiesta que fue mucho más que un amistoso ante Islandia.

Ocho años tuvieron que pasar para que la Selección Mexicana volviera a pisar el césped del Estadio Corregidora. En 2018 no pude estar ahí cuando enfrentaron a Chile. Esta vez no la iba a dejar ir.

Llegamos dos horas antes del silbatazo inicial y desde afuera se notaba que no era un partido cualquiera. El estadio lucía renovado. Pintado, más intenso, más limpio. La palabra “Tolerancia” ya no estaba; ahora en las gradas se leía “Querétaro”. Las entradas estaban cubiertas con publicidad gigante de los patrocinadores del Tri. Las calles alrededor tenían pavimento nuevo y líneas amarillas estaban recién trazadas.

La ciudad se preparó para recibir al equipo nacional. No obstante, también se blindó.

Había Guardia Nacional, Ejército, policía estatal, municipal y seguridad privada, uniformes por todos lados. El contexto no era menor, después de los hechos violentos del fin de semana relacionados con el caso de “El Mencho”, este partido también era una prueba de organización y control, pensando inevitablemente en el Mundial 2026.

Pero al cruzar los torniquetes, lo que dominaba era otra cosa: verde.

Estoy acostumbrada a ver el Corregidora en azul y negro, a escuchar los cantos de la Resistencia y a sentir cómo el sonido local interviene cuando la porra sube demasiado el volumen, esta vez era diferente. El estadio estaba completamente vestido con la camiseta de la Selección, el “¡Mé-xi-co!” con aplausos rítmicos reemplazó cualquier otro grito.

Hasta que, por unos segundos, apareció la identidad local.

Alguien comenzó la porra de Gallos, y muchos la seguimos. Fue breve, pero significativo. Lo curioso fue que nadie la apagó. No hubo sonido local intentando disminuirla, como suele pasar en los partidos de liga. Se pudo cantar sin presión, fue un instante extraño y simbólico: el estadio recordando quién es, aun vestido de verde.

Antes del inicio del partido se realizaron los honores a la bandera. El Ejército encabezó la ceremonia y el minuto de silencio por las víctimas recientes de los sucesos de violencia ocurridos el pasado fin. Se sintió pesado, respetuoso, absoluto después, el Himno Nacional retumbó en cada rincón del estadio.

Cantarlo junto a miles de personas no es lo mismo que escucharlo por televisión. Se siente distinto. Se siente en la piel.

A las ocho en punto rodó el balón y México asumió el protagonismo desde el primer minuto presión alta, posesión constante y movilidad ofensiva marcaron el ritmo. Islandia intentaba ordenarse, pero el Tri controlaba el trámite.

El primer gol cayó y lo grité diferente. No como un gol de Gallos. Fue un grito más profundo, más nacional. El estadio explotó. Volvió el “Cielito lindo”. Antes del descanso ya eran dos y la sensación era clara: México dominaba con autoridad.

Desde mi lugar en la cabecera norte baja podía ver de cerca los movimientos, las indicaciones, la intensidad en cada balón dividido. La Selección jugaba suelta, confiada, sabiendo que tenía el control del partido.

En el medio tiempo la fiesta no se detuvo. Mariachis en la media cancha, pirotecnia iluminando la noche, humo con los colores de la bandera mexicana, más que un amistoso, parecía una celebración nacional.

El segundo tiempo confirmó la superioridad, llegaron más goles, celebraciones intensas y una afición que no dejó de cantar en ningún momento. Fue especial ver a “La Hormiga” González festejar con esa energía contagiosa. Tres anotaciones con sello rojiblanco también encendieron a parte de la tribuna.

Pero más allá del marcador, lo que quedó fue la sensación colectiva.

México necesitaba una noche así. Una noche sin sobresaltos fuera del estadio. Una noche donde el fútbol fuera protagonista. Querétaro respondió con orden, con seguridad y con un estadio lleno que respetó el minuto de silencio y vibró durante los noventa minutos.

Para mí no fue solo un amistoso ante Islandia. Fue mi primer partido de la Selección Mexicana. Fue esperar ocho años para vivir noventa minutos que se sintieron distintos. Fue descubrir que el mismo estadio puede cambiar de identidad sin dejar de ser casa.

México ganó en la cancha. Y entre el verde del Tri y el azul queretano, el Corregidora volvió a latir fuerte.

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