ColumnistasOpiniónSe dice en el barrio

Ya tengo casa propia

Doña Fernanda me preguntó: “¿puedes llegar el miércoles, tempranito, a la tienda? Traerán la jarcia (que ya se agotó) y los abarrotes que pedí. Dejarán la mercancía en la bodega. Hay que acomodarla en anaqueles y tenerla lista a las seis de la mañana”.

Dije que sí, con tal de salir temprano, como siempre que acomodamos carga nueva, además de ganar algo extra, aunque termino agotada. Por eso venía cabeceando en el autobús. Me despertaron los gritos. Volteé a donde apuntaban: alguien colgaba por fuera del puente (más de 12 metros de altura). Abajo, un agente detenía a los vehículos, y le pedía a un camión con arena que se pusiera abajo del puente donde colgaba el sujeto. Quería que el camión quedara justo abajo, para recibir al muchacho del puente, pues no podría aguantar más. El camión se movió al lugar indicado, pero no llegó a tiempo. El del puente ya no pudo: se soltó. Me horroricé. El joven –de 30 años, más o menos– cayó al asfalto, de pie, y enseguida se derrumbó, como si un cuerpo de trapo. Asistentes viales lo llevaron a atención médica. Allá, expiró, en breve.

Titubeantes y espantados, los testigos debíamos narrar los hechos. No pudimos; alterados, tergiversábamos todo. La prensa indagó y, después, relató el suceso. “Tacho”, el joven del puente llevaba meses sin “chamba”. Había buscado hasta por debajo de las piedras, sin encontrar nada. No había hecho la secundaria, pero sus padres lo educaron con firmeza: “no se debe engañar, ni en defensa propia”, le decían. A él le enojaban las “trácalas”; muchos creen que, si es por sobrevivir, vale engañar a los demás.

Al buscar trabajo, se halló el folleto de una inmobiliaria que ofrecía casas en la ciudad. Con fotos en “couché”, se mostraban ofertas que enamoran: “Casas, con alberca, jardín y cochera para cinco autos y vecinos agradables y amistosos”, “¡Viva en comodidad con su familia!”, “La casa que usted siempre quiso,Departamentos íntimos a su alcance”, o más frases de ese estilo. Prometían que, si pagaban la escrituración en los primeros seis meses de hacer el contrato, los compradores entrarían al sorteo de un millón de pesos. La propaganda sedujo a Tacho: “Me encantaría algo así”, se dijo. Fotos y descripción de los inmuebles, además del millón de pesos, lo convencieron de ser parte del proyecto. Sin darse cuenta, ya pensaba “desde la empresa”, como si él fuera un miembro inversionista más. “De seguro –siguió en su mente– podría ganar un premio como mejor vendedor y dar al público lo que busca. Yo sería llave de la felicidad de los demás”. Eso lo entusiasmó.

Ya en la plaza, Tacho entró a la oficina de la empresa. Pidió hablar con el gerente. Lo guiaron ante la secretaria de la dirección de personal. Explicó, firme, por qué él sería el mejor vendedor. Le dieron hojas sobre la función comercial de la empresa. Debía ir al día siguiente, presentable para el público. Animado, estudió el material. Desde casas de cuatro millones hasta departamentos de dos y medio millones de pesos. No se hablaba de dimensiones de construcción ni materiales; eso parecía secundario. Informaba sobre precios al contado, más gastos notariales y operativos, y otros más. Por crédito, se cobraba lo mismo de arriba, más trámites de compra -venta y gastos de consulta. había más rubros, en letras pequeñas: sólo especialistas las entienden.

Para departamentos y casas a crédito, había que dar la primera de tres quincenas (25 por ciento del crédito, en total) que se modificarían en las semanas siguientes, por deuda o morosidad.

A pocos días de trabajar, se le esfumó el ánimo. Clientes le reclamaban –como si él fuese “la compañía”– que les cobraban de más, y rubros inexistentes. Muchos señalaron que la casa que habían comprado seguía en venta, aunque los primeros no habían dejado de pagar ni les habían devuelto lo que ya habían dado. Les cobraban lo que no debían: retrasos, aunque certificaran el pago oportuno de los clientes. Tacho buscó a los que tenían documentos de primeros adquirientes. Estaban desolados y denunciaban el fraude. Tacho fue a las oficinas centrales a reclamar, como vendedor, que no se respetaban los contratos. Lo único que halló fueron espacios desolados, sin muebles ni letreros o huellas de las oficinas que habían sido antes. Simplemente, se esfumaron. Por la vergüenza del fraude tan grave a los compradores, Tacho abandonó el mundo.

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