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¿Adiós también al delirio?

El obispo no detonó ninguna iniciativa pastoral disruptiva, se acomodó contento en el sitial mayor de la jerarquía institucional, en la convicción de que lo suyo era dictar cátedra.

Que Dios escribe derecho con renglones retorcidos. Que los caminos de Dios son inescrutables. Eso siempre han dicho los teólogos. Y lo dicen lo mismo ante las atrocidades del mundo que ante las nunca transparentes razones sobre las que descansa el nombramiento de obispos. El propio Faustino Armendáriz, en su video de despedida, se está yendo sin explicar por qué se va, y argumenta que nadie está capacitado para entender “la lógica de Dios”.

En sus ocho años de radicar en una las ciudades episcopales de más abolengo del corredor católico mexicano, paralelo al cinturón volcánico nacional, a don Faustino nunca se le vio acompañar causa social alguna y antes bien alentó a la feligresía ultra y cristera. Entraba en trance beatífico al lado de las potestades terrenales: cuando quiso, paseó a caballo con el gobernador Calzada y se le veía feliz al lado de la esposa del gobernador Domínguez, vestida ella de peregrina.

No detonó aquí ninguna iniciativa pastoral disruptiva, se acomodó contento en el sitial mayor de la jerarquía institucional, en la convicción de que lo suyo era dictar cátedra desde lo alto… a una población católica cada vez más menguada e indiferente. A contracorriente del olor a oveja que predica el papa Francisco, aquí se obsesionó con el narcisismo y la voluptuosidad material de una catedral de más altura que la mismísima basílica de San Pedro, sin transparentar no sólo el concurso arquitectónico sino la fuente de sus patrocinios (ver Tribuna de Querétaro 897 y 917).

Hace tres años, poco antes de la navidad de 2016, el pontífice argentino reprochó a la burocracia eclesiástica lo que denominó “resistencias malévolas” a su reforma del gobierno central de la multinacional más poderosa del planeta, y llamó a cardenales y jefes de los dicasterios vaticanos a renunciar al gatopardismo y recuperar la humildad del cristianismo primitivo. Una cosa más anunció entonces: la erradicación de una ancestral costumbre en la institución católica, consistente en ascender para remover’.

Si quien suceda a don Faustino continúa el escandaloso y desmesurado proyecto de la nueva catedral en Centro Sur, habremos entendido que la prédica franciscana del jesuita no ha encontrado tierra fértil y que, efectivamente, andan muy retorcidos los renglones celestiales. Si el sucesor abandona la delirante pretensión de don Faustino, seguramente se le removió de aquí y se le ascendió al rango de arzobispo para seguir, por los siglos de los siglos, fieles a la costumbre de castigar con un ascenso pero sin humillar a los príncipes. Si ocurre esto último, una ventaja habrá: con el adiós al obispo se le dirá adiós también a un viejo y envenenado deseo de las élites locales.

 

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